EXPOSICIONES

Caillebote, pintor y jardinero

'Paris, a Rainy Day', 1877

Gustave Caillebote (1848 – 1894) es un nombre que, al lado del de otros pintores de la misma época como Monet, Van Gogh o Degas suele pasar bastante desapercibido, hasta el punto de que para la gran mayoría es uno de los grandes desconocidos de la pintura impresionista. Sin embargo, pocos pintores han sido capaces de reflejar como él la principal idea de esta corriente pictórica del siglo XIX, caracterizada por ser al aire libre para plasmar el efecto de la luz sobre la naturaleza y los objetos.

El museo Thyssen-Bornemisza ha conseguido reunir un numeroso conjunto de cuadros de Caillebote, traídos desde todos los rincones del mundo, en los que pueden verse perfectamente la temática que siguió Caillebote a lo largo de su carrera artística y donde tan pronto destacan los paisajes urbanos de Haussman, el gran arquitecto que transformó la ciudad de París, como los jardines de su casa con un detallismo en las flores que bien merecen que sea llamado “pintor y jardinero”.

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Precisamente este es el título que se ha dado a la muestra que ofrece el museo Thyssen-Bornemisza: Caillebote, pintor y paisajista, y que sin duda es de lo más acertada. Y es que las pinturas en las que representa los jardines de su casa en Petit Gennevilliers, la finca familiar, los campos verdes de Argenteuil, región francesa en la que estaba construida la casa, o las flores que plantaba en su invernadero, consiguen transportar al espectador a esos escenarios en plena naturaleza como si realmente los estuviera viendo a través de una ventana… En ese sentido, sólo los cuadros de un buen impresionista como es Caillebote, son capaces de reflejar perfectamente el dicho de que la pintura es una ventana abierta al exterior.

Pero estamos ante una ventana, que no una fotografía. Esa es precisamente la gran diferencia perseguida por los impresionistas: la facultad de crear paisajes a base de pinceladas sueltas, sin nada de dibujo o nítida precisión, para que sea el ojo humano el que cree el resultado final… Dicho en otras palabras: en esta exposición lo de acercarse al cuadro para ver mejor los detalles es una muy mala idea, y lo mejor es contemplarlo desde al menos un par de metros de distancia para que se vea y disfrute mejor.

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Es a esa distancia cuando, si me permitís la exageración, se obra el milagro y lo que parecían pinceladas sueltas dadas sin ningún sentido, se convierten en una auténtica ventana al exterior, donde es la luz la que contribuye a dar ese realismo.

Porque atrapar la luz va a ser la norma a seguir en Caillebote, al igual que en la obra de los principales pintores impresionistas. Por ello, como hicieran en su día Monet o Turner, los dos grandes pioneros de este movimiento artístico, en la muestra se pueden ver paisajes similares pero donde sólo cambia la posición del sol. Y ese “simple” cambio es el que va a permitir que el paisaje cambie completamente y de un amanecer con apenas sombras pasemos a un precioso atardecer en el que las sombras se alargan y, sinceramente, entran ganas de estar en ese escenario para poder pasear por el jardín.

Gustave Caillebotte (French, 1848 - 1894 ), Skiffs, 1877, oil on canvas, Collection of Mr. and Mrs. Paul Mellon

Así ocurre con dos de los cuadros centrales de la exposición por su gran tamaño y por la calidad de la obra, como son “Barquero con sombrero de copa” o “Piraguas en el río Yerres”. El reflejo de la luz sobre el agua, perfectamente captado por la paleta suelta de Caillebote, consigue que nos veamos trasladados a ese relajado paraje… especialmente si lo estamos contemplando en una época en la que el calor y el sol apenas dejan respirar.

Algo similar ocurre con las pequeñas obras en las que se han representado los márgenes del camino o los bucólicos bosques que rodeaban la finca del pintor, y donde uno se lo puede imagar pintando de sol a sol para captar el escenario en el momento de luz perfecto.

En todas estas obras la sombra que oculta parte del sendero, el verde del césped que crece a lo lejos o el llamativo color de las flores plantadas bastan para representar una imagen increíblemente realista pero donde el detallismo del dibujo brilla por su ausencia… ¿No es esto contradictorio?

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Creo que el mejor ejemplo lo encontramos en la obra de mayor tamaño de la exposición: “El Sena y el puente del ferrocarril de Argenteuil”. Nada más verla queda claro que la obra está incompleta, pues aquí no se trata sólo de ausencia de dibujo, sino sobre todo una pincelada suelta que no ha llegado a ocupar todo el lienzo. Sin embargo, pese a no estar completada, la imagen de un paisaje al aire libre con el sol cayendo a plomo sobre el puente y el tren acercándose rápidamente al espectador, está perfectamente reflejada. Un ejemplo perfecto de que en el impresionismo “menos es más”.

Caillebote en la gran ciudad

Pero paisajes no fue lo único que pintó Caillebote. En una época en la que París era la capital del arte y la ciudad donde había mayor concentración de pintores que en el resto del mundo, las calles de la ciudad de la luz no podían faltar dentro del repertorio artístico de los impresionistas. Así, dentro de la obra de Caillebote también encontramos algunas instantáneas de las calles de París.

Boulevard Haussmann

Destacan, eso sí, las calles del Boulevard Haussman, caracterizadas por un urbanismo que no se había visto hasta entonces en la capital francesa, caracterizado por la homogeneidad de sus calles, el negro de las pizarras que cubrían los tejados abuhardillados o el verde de la arboleda que crecía en las amplias avenidas, dotándole de un aspecto de lo más bucólico que todavía hoy se contempla en la capital francesa.

Así, en las obras que Caillebote hizo sobre París las calles son el único protagonista de su pintura. No hace falta contar una historia cuando la simple imagen de una calle parisina, incluso en un día lluvioso, es más que suficiente para retratar la ciudad.

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Y qué decir de la genialidad de “El boulevard visto desde arriba”, un cuadro que destaca por su punto de vista cenital de lo más original. De este modo, un sencillo trozo de acera, un árbol rodeado de adoquines y unos cuantos hombres de los que sólo podemos ver sus sombreros y chaquetas son más que suficientes para trasladarnos a esa ciudad… ¡y encima dando la sensación de que lo ha hecho sin esfuerzo!

Los acullichadores

Y es que un artista demuestra su genialidad gracias a obras en las que aparentemente no se está representando una escena trascendental, pero a la que consigue darle una importancia sin precedentes. Así ha ocurrido durante toda la historia del arte, por ejemplo con esculturas de niños que se quitaban una espina (hay miles de representaciones de spinarios en todos los museos de Europa debido al éxito que tuvo esta escultura), o con una “simple” estancia donde se ve a las damas de compañía de la futura reina de España, como ocurre con Las Meninas.

Los acuchilladores (1875)

Algo similar ocurre con uno de los cuadros más conocidos de Caillebote. Y aunque en la exposición del Thyssen no podemos contar con el original (imagen), sí que tenemos una obra similar que refleja igualmente esa idea de que algo tan sencillo como dos hombres acuchillando un suelo de madera, es tema más que suficiente para realizar un cuadro que ha pasado a la historia.

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Por supuesto, como ha sido costumbre dentro de esa historia del arte, en su día el cuadro de Caillebote fue rechazado y criticado por todos porque el tema representado era demasiado bulgar… sólo par que años después su autor fuera considerado como uno de los mejores pintores impresionistas del momento. Eso sí, primero tuvo que participar en una exposición de pintores franceses en Estados Unidos para que los críticos parisinos le concedieran la importancia y mérito que se merecía el artista.

El Affaire Caillebote

Fue gracias al prestigio obtenido tras su paso por Estados Unidos que Caillebote consiguió hacerse un nombre dentro del impresionismo. Sin embargo, un estilo artístico en el que se dieron a la vez tantos genios en vida como Monet, Degas, Renoir o Cezanne (Van Gogh no cuenta, porque el pobre murió antes de que se reconociera su genio), estaba condenado a hacer aguas tarde o temprano. Así, las diferencias de opinión en cuanto a estilo que separaban a Degas de Caillebote obligaron a este último a dejar el grupo de impresionistas y dedicarse a pintar por su cuenta, lo que explica que sea menos conocido que sus coetáneos .

Por último, una curiosidad que confirma, una vez más, esa gran verdad que es que deben pasar años para que los grandes artistas sean reconocidos: Además de pintar por su cuenta, lejos de los grandes círculos de artistas parisinos, Caillebote se dedicó a comprar obras de los pintores coetáneos. De este modo, acabó contando con una impresionante colección de Cezannes, Degas, Van Goghs y Monets que, a su muerte, quiso ceder al Estado de Francia.

Pero sorprendentemente el estado de Francia no creyó en la autenticidad de esas obras y debieron pasar más de 20 años hasta que finalmente se reconoció que Caillebote fue quien había comprado y regalado unas obras que hoy en día se encuentran en el museo D’Orseay, la pinacoteca del siglo XIX más importante de Francia y del mundo entero… Este escándalo se conoció como “el Affaire Caillebote” pero desgraciadamente en ningún sitio del museo D’Orseay se explica que esos cuadros están allí gracias a un pintor llamado Caillebote.

Más info

Lugar: Museo Thyssen-Bornemisza.

Fechas: Hasta el 30 de octubre.

Precio: 12 € entrada general, 8 € (mayores de 65 años y estudiantes), gratis (menores de 12 años y desempleados).

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Pop Arte: Donde lo cotidiano se hace arte

9cba0b225721bd4fcd8f6caddfb9058bEl Pop Art es un estilo artístico que no suele pasar desapercibido. En realidad, si nos encontramos con un cuadro o escultura Pop, y no nos quedamos contemplándola con curiosidad, es que no se trata de auténtico arte Pop. Y es que el Pop Art es una corriente que nació por y para sorprender al espectador.

Madrid se ha llenado de arte pop este verano, y no sólo uno sino dos sedes acogen las obras de los grandes artistas del Pop Art de todos los tiempos. Mientras que en el Museo Thyssen-Bornemisza se reúnen obras de varios artistas como Warhol, Lichestein o Tom Wesselmann; en el Reina Sofía la exposición se centra exclusivamente en uno de los pioneros de este movimiento: Richard Hamilton.

Fue precisamente Richard Hamilton quien definió esta corriente artística de un modo que, a día de hoy, sigue resultando sorprendentemente cierta: “El Pop Art es popular, efímero, prescindible, barato, producido en serie, joven, ingenioso, sexy, divertido, glamouroso, un gran negocio”.

Aunque parezca una definición llena de muchos aspectos contradictorios entre sí, no es así. El pop art no dejó de nacer en los años cincuenta del siglo XX. Una época en la que estaba plenamente asentado el famoso “American way of life”, y que tanto la revista Life como su popular presidente Kennedy, se encargaron de promocionar al resto del mundo.

El arte popular por excelencia

Eso es básicamente el Pop Art. Un arte que es más propaganda que arte, si bien esa no ha dejado de ser una de las funciones del arte desde todos los tiempos. La única diferencia es que con esta corriente, lo que se promociona son los elementos más populares del momento. No por otro motivo este estilo se llama pop (de popular), pues está plagado de elementos reconocidos en todo el mundo.
Y si no ahí tenemos a la coca cola, Marilyn Monroe o el hombre en el espacio. Elementos que, por mucho que duela reconocer en nuestro orgullo patrio, aun siendo propios de la cultura americana, se han convertido en símbolos de toda una forma de entender la vida, y de ver el mundo que nos rodea.

mitos-del-pop-L-170MhT“Retroactivo II”: Robert Rasuchenberg (1963): collage de los símbolos americanos por excelencia

La expresión “American way of life” describía un tipo de vida donde todo eran prisas pero donde, a diferencia de las nefastas décadas anteriores (acababan de terminar dos conflictos mundiales), también había facilidades para todos: El coche dejó de ser un lujo para la clase obrera, que también podía tener una bonita casa e ir todos los fines de semana al cine. Algo que a día de hoy supone el pan nuestro de cada día, seamos americanos o no, pero que entonces supuso una auténtica revolución.

Parte de esa propaganda del “American way of life” fue gracias al Pop art. Un arte que, como su propio nombre indica, salió de las galerías de arte para ofrecerse a todo el mundo. Pues qué sentido tiene un arte llamado popular, sino se comparte con esa población mundial. Sobre todo si se nutre de elementos, personajes y símbolos que gustan a todos por igual, consiguiendo así que tenga un éxito asegurado.

Entre esos elementos populares que llenan las obras de los artistas pop, los hay para todos los gustos. Uno de los pioneros de este estilo, como fue Roy Lichestein, siempre se vio atraído por el mundo del cómic. Y antes de perfeccionar su técnica puntillista (en realidad se trata de una ampliación tan grande del dibujo del cómic, que son visibles los puntos que componen la tinta a gran escala), lo intentó con el mítico Mickey Mouse, el ratón americano por excelencia.

 Pop Art: Donde lo cotidiano se hace arte “Look, Mickey”: Roy Lichestein (1961)

Roy Lichestein es uno de los artistas pop más conocidos, sobre todo por la singularidad de su técnica y temática, pero también porque ha tenido la suerte de ser usado para campañas de publicidad muy conocidas que le han sacado del cajón de los recuerdos. Esto es algo con lo que cualquier artista menos conocido siempre tiene que pasar, y para lo que existen muchos ejemplos (Haring, Lempicka, Matisse, etc). Baste que salga en la campaña de publicidad de un móvil, de fondo en la casa del Gran Hermano, o como telón de un espectáculo de magia; y de pronto todo el mundo quiere saber de quién son esas pinturas tan originales.

Pero un artista pop que nunca sufrió ese problema, sin duda fue Andy Warhol. Uno de los artistas más conocidos de todos los tiempos, también porque supo rodearse de las personas adecuadas para que su fama y su nombre nunca cayeran en el olvido.
Por un lado, sus carteles de publicidad coparon las revistas de aquella época de una manera aplastante, consiguiendo que todo el mundo supiera qué era Coca Cola o las Sopas Campbell… Incluso aquellos que jamás comprarán ni se comerán una Sopa Cambell.

wahol-campbell-soup1-520x316Sopas Campbell: Andy Warhol (1962)

Junto a estos carteles, enseguida Warhol demostró un interés por la repetición y las series. De este modo, son muy conocidos sus cuadros gigantescos donde aparece Elvis o Marilyn repetidos en la misma pose, y cambiando los colores del fondo. Algunos podrán decir que esos cuadros son exageradamente sencillos, y que ni siquiera se puede llamar cuadro ya que consiste en la ampliación y modificación de una fotografía que Warhol ni siquiera ha hecho. Pero no hay duda de que son cuadros llamativos que sorprenden y que son divertidas, con lo que son arte pop 100%.

Popular, pero variado

Lo bueno de esta exposición es que, aunque no ofrezca un repertorio muy amplio de los autores más conocidos del movimiento, como son Warhol, Lichestein o Richard Hamilton; lo que sí presenta es un conjunto más variado, con obras de prácticamente todos los artistas considerados pop en todo el mundo.

Al ver las obras de todos ellos, una al lado de la otra, lo que sorprende es ver el modo en que cada uno de estos artistas trataba de sacar su lado pop. Y si algunos preferían seguir los pasos de Warhol y modificar cuadros o fotografías de Marilyn, Elvis, Cleopatra y tantos otros personajes del momento (la presencia de la familia del presidente Kenedy fue constante incluso después de su asesinato); otros prefieren centrarse sólo en la parte del color.

Surgen así cuadros donde lo que más llama la atención son los colores planos y muy chillones, que de paso ofrecen un aspecto nuevo del Pop art. En algunos de ellos destaca un exagerado erotismo, al tratar el cuerpo de la mujer como el centro del cuadro y sin ninguna excusa para hacerlo (antes sólo podía aparecer una mujer desnuda en las obras de temática mitológica… Y por eso precisamente tuvo tanto éxito esta temática hasta el siglo XX); si bien algunas artistas femeninas se quejaron precisamente de esta objetivización de la mujer, usando el propio arte pop.

Wesselmann Mona Lisa“Gran retrato americano” Tom Wesselmann: No sólo se muestra la importancia de los símbolos antiguos, sino también como en el pop la mujer es un objeto más

Destacan algunos autores pop que, con esta nueva corriente artística, lo que hacen es recuperar los símbolos del pasado y representarlos al modo pop. Así ocurre con Alain Jacquet o Tom Wesselman, que con su obra “Almuerzo campestre” y “Gran desnudo americano”, reúne a ejemplos de símbolos pasados y presentes, que siempre serán recordados en el futuro. Por un lado tenemos a la Gioconda y Kennedy, reunidos en una misma obra, y por otro la reinterpretación de uno de los cuadros más conocidos de la época de las vanguardias de inicios de siglo en París.

Alain Jacquet. Almuerzo campestre. 1964       1862-3 manet desayuno en la hierba

“Almuerzo campestre”: A la izquierda, obra de Tom Wesselmann, y a la derecha, el original de Manet en que se inspiró

Una de las obras que creo que mejor define el movimiento pop, y que puede verse en esta exposición, es la denominada “Naturaleza muerta”. Pero como es fácil de deducir, no puede tratarse de una naturaleza muerta al uso, y donde las piezas de caza, los jarrones o las frutas dispersas por la mesa, era lo único que el espectador podía ver. A la contra, en una naturaleza muerta “a lo pop art”, lo que se presentan son esos elementos propios de la nueva sociedad y forma de vida, y del que ya resulta imposible deshacerse.

mitos_del_pop-arte-pop_arte-museo_thyssen-exposicion-madrid_EDIIMA20140606_0745_13“Naturaleza muerta” Tom Wesselmann (1963)

También hubo (y hay) artistas pop españoles

Por último, quiero hacer un apartado sobre los artistas pop españoles, que hubo unos cuantos. Muchos de ellos seguro que ya los conocéis. Si algo bueno tiene el arte pop, es que al ser popular, la publicidad está siempre implícita, y no en pocas ocasiones han aparecido estos cuadros en películas o series de televisión bastante populares… Si no es popular, no puede ser pop.

loffit_los-mitos-del-pop-museo-thyssen-bornemisza_05-900x893“La salita”: Equipo crónica

Aunque Antonio de Felipe es posterior al resto de artistas Pop, ha sido sin duda uno de los artistas que más éxito ha tenido a la hora de jugar con los elementos propios del arte pop. Así, las copias de sus retratos de los artistas más reconocidos del momento, tanto americanos como españoles, adornan las paredes de muchas casas, ofreciendo un ambiente original, llamativo y joven. Arte Pop en su máximo esplendor.

DE FELIPE. Black Audrey fondo rojo (130x130)“Audrey Hepburn”: Antonio de Felipe

Más info:

Lugar:
– Museo Reina Sofía: hasta el 13 de octubre
– Museo Thyssen-Bornemisza: hasta el 14 de septiembre

Precio:
– Museo Reina Sofía: 5 €. Gratis para jubilados, desempleados y estudiantes
– Museo Thyssen-Bornemisza: 11€ (7 € reducida) Gratis para desempleados

– Tarifa conjunta para las dos exposiciones: 13€

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Memoria de España a través del turismo

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La nueva exposición que vengo a recomendaros es un tanto original no solo por su temática, sino también por el lugar en que se celebra: La Biblioteca Nacional de Madrid. Un edificio histórico y espectacular, que hasta el mes de mayo ofrecerá una muestra dedicada a la propaganda turística.

En un principio, el tema de esta exposición puede resultar un tanto peculiar. No, no se trata de una variante de Fitur donde todas las regiones españolas alaban las virtudes de su gastronomía y lugares emblemáticos. Por el contrario, se trata de un repaso por la publicidad que empezó a hacerse del turismo en España, desde inicios del siglo XX.

Y es que el turismo, esa práctica tan común hoy en día y que ha adquirido tantas variantes: turismo cultural, de salud, de relax, rural, gastronómico o incluso de deportes de lujo como es el golf; hasta hace no mucho era un concepto extraño para la gran mayoría de la población.

En concreto, no sería hasta los años 20 del pasado siglo, que hacer turismo era una práctica sólo apta para las clases pudientes. Aquellas familias ricas, de la aristocracia la mayoría, que decidían viajar por todo el mundo para cambiar un poco de aires, ya cansados del trajín del día a día… Un lujo que, por desgracia, la clase obrera no podía permitirse por aquel entonces.

Democracia del turismo

La democracia del turismo, esto es, la posibilidad de que todos pudieran conocer otros lugares en su tiempo libre o de vacaciones, llegó cuando tuvieron lugar dos grandes adelantos: el de los transportes y el de las vías de comunicación. No deja de ser esto algo lógico, ya que cuando un viaje de 200km requería un día entero, a uno se le quitaban las ganas de viajar por muy interesante que pudiera ser el destino. Sin embargo, cuando las rutas de ferrocarril se vieron ampliadas por toda la geografía española, y el avión empezó a ser un transporte más accesible, todo esto cambió.

No obstante, fue el automóvil y la mejora de las carreteras lo que terminó de catapultar el turismo. Y es que con el coche uno tenía (y sigue teniendo) mucha más libertad a la hora de viajar, ya que el turista podía llegar a donde quisiera y cuando quisiera, sin depender de otras instalaciones como estaciones de tren o aeropuertos, o incluso de horarios concretos.

ImagenVieja fotografía de los primeros automóviles para la clase obrera. Pese a sus pocas prestaciones comparadas con los coches de hoy en día, el automóvil supuso una mejora increíble a la hora de viajar

Fue a partir de este momento que se puede decir que llegó el turismo a España. Y en un país con tantos kilómetros de costa y días de sol, es lógico suponer que pronto empezaron a verse las posibilidades que esta práctica traería a la economía española. Sin embargo, como ocurre con todo, los inicios no fueron fáciles, ya que contaba con una organización que dejaba mucho que desear.

Lo que ocurrió fue que los primeros hoteles que surgieron, prestos a dar alojamiento a todas clase de turistas (de clases obreras y otras más pudientes), no estaban preparados para atender las peticiones de ciertos turistas extranjeros, que notaron cierta falta de calidad en las prestaciones.

Asociaciones de turismo: Unas grandes aliadas

Para poner remedio a este desorden, empezaron a crearse asociaciones destinadas a diseñar unos estándares de calidad. Gracias a estas asociaciones, junto a nuevos moteles de carretera y albergues económicos, se empezaron a crear hoteles de lujo, y que eran a los que acudían los primeros turistas extranjeros (mucho más exigentes que los nacionales) que empezaron a ver en España un destino de vacaciones. Nacieron así el Ritz y el Palace en Madrid, y el hotel María Cristina en San Sebastián.

Junto a hoteles de lujo y cadenas hoteleras por toda la geografía española, también se dio un auge a los balnearios. Esos centros que nacieron con el fin de mejorar la salud de la aristocracia y realeza, y que con el tiempo se fue desarrollando para dar servicio también a las clases medias. En la exposición de la Biblioteca Nacional, a este respecto, se pueden ver numerosas fotografías y reportajes que se publicaban en las revistas de la época, publicitando centros de salud caracterizados por la calidad de sus aguas termales, sus variados tratamientos, y sus empleados tan profesionales.

ImagenPrimeros ejemplos de guias turísticas

Otra parte interesante de esta exposición es la dedicada a las guías turísticas. Algo a lo que hoy en día todos estamos habituados y que llevamos allá donde viajamos, pero que en esa época (años 20), supuso una auténtica innovación. Estas guías, publicadas por las revistas más prestigiosas del momento (ABC, Blanco y Negro, etc.) ofrecían mapas de la ciudad o una lista de albergues donde dormir a precio económico para que el viaje del turista fuera lo más placentero posible.

El turismo y la clase obrera

Y es que parte del auge del turismo español se debió a una clase media obrera que, además de trabajar y sacar adelante el país, podía permitirse contar con tiempo libre y disfrutar de él. Así, el trabajador común se encontraba con dinero ahorrado y, en la mayoría de los casos, con un coche que tenía ganas de utilizar con la familia. Por tanto, la posibilidad de alejarse de la ciudad, que era el lugar donde vivía y trabajaba, al menos durante el fin de semana, resultaba una opción perfecta. Más si cabe si podía alojarse en hoteles, moteles y albergues más económicos.

Pero este auge de publicaciones, dedicadas a satisfacer los intereses de turistas tan variados (de clase media y de lujo, junto a extranjeros y nacionales), requirió una necesidad de organización. Y en ese sentido, su máximo exponente será la Comisaría Regia del Turismo, creada en 1911. Su labor era la de promover el turismo español por medio de exposiciones y la creación de guías oficiales, además de conservar la España artística, monumental y pintoresca. A esta organización se le debe la construcción, entre otros edificios, de la Casa Museo del Greco en Toledo, la Casa Cervantes de Valladolid, o el primer Parador Nacional, en Gredos.

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Parador de Gredos: Primer Parador que se creó dentro de la lujosa cadena de hoteles nacionales, no apto para todos los bolsillos

Sin embargo, la Comisaría Regia tuvo una breve trayectoria, ya que tuvo que cesar sus actividades en 1928 (pese a que contó con pocas ayudas desde el inicio), siendo sustituido por el Patronato Nacional de Turismo. Entre los primeros proyectos de esta nueva organización, destacó la creación de la Red de Paradores Nacionales y de Albergues de Carretera. También creó algo tan habitual hoy en día como es el Libro de reclamaciones, pero que en aquella época supuso una auténtica novedad para defender los derechos de los turistas.

Otras formas de propaganda turística

No sólo a base de carteles y guías se promocionaba el turismo español. Por aquella época comenzó a ser común que empezaran a realizarse películas que alababan la naturaleza y patrimonio histórico-cultural de distintas regiones españolas, y aparecen los primeros souvenirs: Esos objetos tan comunes y de todo tipo (baratos, de lujo y algunos tirando a cutres) que todo turista se lleva después de visitar el lugar al que ha ido de vacaciones. Así mismo, por aquel entonces empezó a verse cómo el rey del país, Alfonso XIII en este caso, viajaba por todo el mundo para promocionar la marca España.

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Aunque parezca mentira, y hoy en día sea visto como una antigualla, los souvenires siempre han sido una excelente forma de promocionar el turismo por todo el mundo (Imagen cedida por el periodistadigital.es)

El turismo durante la Guerra Civil española

El estallido de la Guerra Civil supuso una ruptura en la trayectoria y labor de todas estas asociaciones, que tanto habían hecho por el turismo español. En concreto, el Patronato Nacional de Turismo se dedicó solamente al bando republicano; mientras que la parte bajo control de los sublevados creó su propia organización: el Servicio Nacional de Turismo, que con el final de la Guerra pasaría a denominarse la Dirección General de Turismo. Ambas instituciones, el PNT y el SNT, durante los años de la contienda bélica se dedicaron a hacer propaganda de cada bando, permitiendo incluso que los albergues y Paradores se usaran como cuarteles y hospitales de campaña.

Entre las medidas más llamativas sorprenden las “rutas de guerra” que el bando sublevado creó en 1938, y que recorrían las zonas conquistadas a la República. Su objetivo era que el turista extranjero viera en persona cómo era un frente de guerra, y las promocionaban a través de revistas, folletos y carteles expuestos en las Ferias Internacionales, con títulos tan sugerentes como “La España Nacional os invita a visitar las Rutas de la Guerra en España”. Estas rutas, cuando la Guerra terminó, serían sustituidas por el actual servicio de Rutas Nacionales de España, todavía en vigor.

ImagenFachada principal de la Biblioteca Nacional de Madrid, espectacular edificio del siglo XVIII, y cuya visita es otro buen motivo para acercarse a esta exposición

Más info:

Lugar: Biblioteca Nacional de España y Museo Nacional del Romanticismo

Fecha: Hasta el 18 de mayo

Precio: Gratuita

Para visitar el interior de la Biblioteca es necesario pedir cita previa. Toda la información la podéis encontrar en su web www.bne.es

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De Furias y tormentos

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Como viene siendo habitual, el Museo del Prado sorprende con una exposición original y perfecta en cuando a obras escogidas. Aunque, en esta ocasión, no se trata de una exposición apta para todos los públicos, pues son las Furias el tema escogido. Esto es, los cuatro moradores del Infierno de la mitología clásica, castigados de por vida al haber osado desafiar a los dioses.

Sin que sirva de precedente, quiero comenzar esta reseña con el que creo que es un fallo por parte de la exposición. Me refiero al título dado a la muestra: “Las Furias”, y que en mi caso me llevó a creer que la exposición trataba de una temática totalmente distinta a la que acabó siendo. Pues en realidad no son Furias los personajes retratados en las 28 piezas de la exposición, sino los Titanes que moran la parte más profunda del Hades (El infierno de la mitología clásica).

Pero como este blog no está hecho sólo para conocer exposiciones, sino para Conocer, dejar que haga un aparte para explicar la diferencia entre Furias y Titanes. En realidad, “furia” es una de tantas palabras que usamos de forma habitual y que proceden de la antigüedad. En este caso, de la mitología clásica. Y es que cuando decimos que estamos furiosos, no hacemos sino referirnos a las Furias: deidades femeninas que perseguían a los culpables de ciertos crímenes especialmente sangrientos, y que acababan llevándoles a la locura.

Titanes, que no Furias

El motivo por el que en esta exposición se habla de Furias cuando realmente no lo son, es porque sus protagonistas también cometieron unos crímenes atroces (aunque en este caso contra los dioses), y motivo por el cual fueron castigados por toda la eternidad. De este modo, es cierto que a veces se denomina Furias a estos personajes, pero en realidad se trata de Titanes. En concreto, de cuatro Titanes que viven en el rincón más profundo del Hades, el Tártaro: Sísifo, Tántalo, Ticio e Ixión.

Seguro que alguno de estos nombres os suenan, e incluso conocéis el castigo al que fueron sometidos: Sísifo debía subir una enorme roca a lo lato de una montaña sólo para que esta volviera a caer al segundo después, en castigo por haber delatado a Zeús. Ixión debía dar vueltas sin fin en una rueda ardiente tras haber intentado seducir a Hera. Tántalo, que llegó a ofrecer a su propio hijo como banquete a los dioses, se veía obligado a estar atado a un árbol repleto de fruta y junto a un estanque de agua, pero sin poder comer ni beber nada. Y por último, Ticio veía cómo cada día su hígado era devorado por un buitre, sólo para estar intacto al día siguiente. Era su horrible castigo por haber intentado violar a una amante de Zeus.

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“Ixión”, José de Ribera (1632)

Junto a los cuatro Titanes eternamente condenados en el Tártaro, la exposición también ofrece varias obras sobre Prometeo. Él es otro Titán que también fue castigado por los Dioses, pero en su caso no fue por cometer crímenes sangrientos, sino por desobedecer a las deidades. Según cuenta la mitología, hasta que Prometeo no les enseñó a hacer fuego a los hombres, estos creían que Zeus era el único capaz de tal proeza. Por ello, conocer la existencia del fuego, supuso el punto de inflexión para que el hombre comprendiera que podía vivir sin depender de esos dioses.

Zeus no quiso que tal afrenta quedara sin castigo, y por ello le condenó a vivir en lo alto de una montaña (que no en el Tártaro), siendo su hígado devorado cada día. Pero en este caso el responsable era un águila, que era el animal que representaba a Zeus, al ser la única ave que puede volar mirando directamente al sol.

Por qué las Furias

Una vez ha quedado clara la diferencia entre Furias y Titanes, pasemos a ver qué de especial tenían estos personajes. Y es que estos personajes ya formaban parte de la cultura general desde época clásica, pero no sería hasta el año 1548 que irrumpieron en la Historia del Arte. En concreto, fue gracias a María de Hungría, quien encargó a Tiziano (pintor más que célebre por aquel entonces) un conjunto de cuatro cuadros que representaran a estas “Furias”.

Sin embargo, la elección de este tema no se debió sólo al puro interés mitológico, sino sobre todo como alegoría política. Ya que Tiziano representó a estos cuatro condenados con los rostros de los cuatro príncipes que habían osado levantarse contra el emperador Carlos V (que era también hermano de María de Hungría), y que acabaron pereciendo por ello.

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“Prometeo encadenado” de Rubens (1618) Para diferenciarlo de Ticio, con un castigo similar, a Prometeo le suele acompañar una antorcha como recordatorio del motivo de su castigo

La idea de comparar a Carlos V con los dioses, y a sus enemigos con los eternamente castigados por su osadía contra los dioses, causó más que sensación. Y en seguida toda Europa se llenó de representaciones de los cuatro Titanes del Tártaro. No obstante, el interés por estos personajes respondía a otros motivos que iban más allá de la temática.

Sólo para expertos

Representar estos personajes no era un trabajo para cualquier pintor. Pensar que, para representarlos, era imprescindible plasmar varios elementos importantísimos: Unos cuerpos enormes de anatomías perfectas y bien desarrolladas (los Titanes eran gigantes al fin y al cabo). Cuerpos retorcidos al no dejar de estar sufriendo castigos inhumanos, con lo que se creaban escorzos más que interesantes. Y por último expresiones de dolor absoluto.

Todos estos elementos: las anatomías gigantescas, los escorzos y el dolor; son los puntos clave para entender el arte del Barroco. Un arte que tendrá su época de mayor apogeo, en el s. XVII.

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“Sísifo”, de Tiaziano (1549), copia del original

No quiero aburriros con una clase de arte, y explicar las peculiaridades de esta época en concreto. Sólo diré que la Historia del Are no deja de ser, usando palabras llanas, una sucesión de modas pasajeras. Y al igual que ocurre en la actualidad, cada una de esas modas lo que intenta es diferenciarse de la estética anterior.

Pues bien. En el Barroco ocurrió justo eso. Y los artistas que habían crecido viendo un arte del Renacimiento caracterizado por la simetría, la perfección y una serenidad absoluta; ahora querían todo lo contrario: Escenas sin nada de simetría, sin tanto colorido y sin tantas expresiones de felicidad. Y no hay duda que representar a los Titanes durante su tormento, era una manera más que perfecta de reunir todos esos elementos.

Inspiración clásica

No obstante, pese a querer alejarse de la norma establecida, los artistas del Barroco sí que acudieron a los clásicos para buscar la inspiración necesaria. En concreto, se fijaron en una escultura clásica que preside la exposición, y que es considerada la mejor obra de la antigüedad clásica: El Laocoonte.

El Laocoonte es un grupo escultórico que representa al adivino Laocoonte y sus dos hijos siendo devorados por unas serpientes gigantes. Un hecho que, dentro de la mitología, pertenecía a la célebre historia de la guerra de Troya, pero que aquí interesa por otro motivo. Y es que en esta escultura, que es una de mis favoritas con diferencia, se representa de un modo increíble no sólo el dolor de los hijos al ser devorados, sino también del padre al ver que no puede salvarles.

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“Tántalo” de Giacchino Assereto, (1640)

Ese dolor es el que se define con la palabra “pathos” (dolor en griego), y del que han derivado otras palabras más conocidas como “patético” o “patetismo”. Palabras que en la actualidad han desarrollado otro significado (algo absurdo o lamentable) pero que realmente hacía referencia a ese dolor absoluto.

Ese pathos, hablando en términos artísticos, es uno de esos elementos que perseguía el arte barroco que he comentado antes. Por ello no es de extrañar que Tiziano quisiera inspirarse en esta escultura a la hora de plasmar el dolor de los Titanes, pues era en la que mejor estaba representado. Un detalle que, en nuestro caso particular, nos viene de perlas para observar esta escultura recién traída del museo de escultura de Valladolid, y cuyo original sólo puede encontrarse en Roma.

No apto para todos los estómagos

Al principio he comentado que esta exposición, a diferencia de las que ofrece el Museo del Prado, no está hecha para todos los públicos. Ojo, que esto no significa que piense que el tema es demasiado complicado para que todos lo entiendan, pues difícilmente pasa eso si la exposición está bien tratada. Lo que ocurre en este caso es que el tema de los Titanes, y más en el Barroco, es llevado a un tremendismo que llega a ser desagradable. Dicho en otras palabras, es como el gore del mundo de la pintura.

Y teniendo en cuenta que estamos hablando de cuadros enormes que muestran a hombres con los intestinos siendo devorados y con los rostros desencajados por el terror… pues sobran las explicaciones. Sobre todo en aquellos casos en los que el deseo de causar desagrado, parece que gana a la intención de simplemente impactar al espectador.

El experto en esa materia, sin duda era José de Ribera. Pintor español que trabajó gran parte de su vida en la corte italiana, y que siguió los pasos de Caravaggio con la llamada “estética del horror”. Esta estética, a diferencia de lo que se había visto en el arte en épocas pasadas, aceptaba que se retrataran asuntos desagradables. Pero sólo en aquellos casos en que dicho “horror” ayudara a entenderse el mensaje, y partiendo siempre del talento del artista para que no le resultara angustioso al espectador.

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“Martirio de San Bartolomé” de Ribera (1619) Otro ejemplo de su gusto por el horror

Un simple vistazo a algunas de sus obras más conocidas, deja claro que pronto se olvidó de ese intento de no angustiar. Si no baste mencionar, junto a sus Titanes, la completa colección de mártires que realizó, y donde el realismo llega a ser a veces excesivo. Y es que la recreación de los detalles más grotescos, que además quedan resaltados al estar el resto de la obra casi en penumbras, no puede ser ni mucho menos casual. Ni con él, ni con un fiel seguidor suyo, y cuyo objetivo no era otro que el de superar el dramatismo de Ribera.

Me refiero a Salvador Rosa y su “Prometeo”. Una obra que le reportó fama casi en el acto, pero que no suele gustar a los espectadores. Porque la verdad es que hay que tener mucho estómago para quedarse más de un minuto viendo los intestinos fuera, y con la boca abierta en gesto de absoluto dolor. Tanto, que uno puede incluso llegar a imaginarse ese grito desgarrador.

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“Prometeo”, de Salvatore Rosa (1640)

Por desgracia, o por fortuna, el interés que despertó la recreación de las Furias, pronto se agotó. Era normal, después de todo. Casi cien años retratando con tanta crudeza el sufrimiento humano, por muchos pecados que hubieran cometido, acabó cansando. Y con la llegada del nuevo siglo, como ocurre y siempre ocurrirá con las modas, los artistas cambiaron de tema, volviendo a quedar las “Furias” enterradas en el abismo del olvido.

Más info:

Lugar: Museo del Prado

Fecha: hasta el 4 de mayo

Precio: 14€

Reducida para mayores de 65 años, carnet joven y familia numerosa: 7€

Gratuita para desempleados que acrediten la tarjeta del paro, menores de 18 años y estudiantes. Y para todos los públicos, de lunes a sábado de 18:00 a 20:00, y todos los domingos de 17:00 a 19:00 horas.

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Tiempo de Belenes

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Como cada año, la llegada de las Navidades trae consigo un lavado de cara. Las calles se llenan de luces de todos los colores, y desde las ventanas de las casas resuena la música de los abetos que presiden el salón familiar. Pero otra de las tradiciones propias de estas fiestas, y una de mis favoritas, es la de montar el Belén. Una práctica casi ancestral, y que en algunos casos se convierten en auténticas obras de arte.

La tradición de montar el Belén en Navidad, sin embargo, es tan antigua como desconocido es su origen. Si preguntáis a varias personas sobre el origen de los Belenes de Navidad, no obtendréis dos respuestas iguales. Por supuesto, depende de dónde lo preguntéis. Y es que salvando el hecho de que es una tradición cristiana que sirve para recordar el nacimiento del niño Jesús, hay teorías para todos los gustos.

Los italianos aseguran que es de Nápoles de donde procede esta tradición. Y si alguien tiene la fortuna de acudir a esta ciudad en Navidades, no puede perderse el recorrer las empinadas calles del centro, atestada de puestos que venden todo tipo de figuritas para el Belén. Algo así como la Plaza Mayor de Madrid, pero mucho más agobiante porque apenas hay sitio para moverse.

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Puesto de la avenida principal de Nápoles, donde cada año se coloca el tradicional mercado navideño

El origen de los Belenes

Donde no parece que existe controversia, es que a partir del siglo XIV el montaje de los nacimientos o misterios (la palabra Belén hace referencia a la ciudad donde tuvo lugar el nacimiento de Jesucristo) se consolidó como tradición en toda Europa. Al principio sólo se hacía en las iglesias, dentro de la liturgia de estas fechas. Pero poco después la aristocrática adoptó esta práctica, y finalmente se extendió por toda la población. Sería a mediados del siglo XVIII cuando, gracias al rey Carlos III de España y VII de Nápoles, que esta tradición plenamente instaurada en Italia pasó a la aristocracia española, y posteriormente a América.

Actualmente, la costumbre de montar el Belén en Navidades, se puede encontrar en España, Portugal, Francia, Italia, Alemania, Austria, Hungría, Chequia, Eslovaquia y Polonia dentro de Europa; así como en toda Latinoamérica. Incluso en Estados Unidos se ha empezado a propagar esta tradición, lo que no está del todo mal: Si nosotros nos hemos quedado con el Santa Claus vestido de rojo, es bueno que ahora ellos adopten algo nuestro.

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Detalle del Belén Monumental de San Sebastián de los Reyes

Por supuesto, cada país ha ido incorporando sus propias tradiciones, para otorgar así a su nacimiento un toque autóctono: Así ocurre en los países del hemisferio Sur, donde nos encontramos con misterios más veraniegos, llenos de árboles y plantas propios de esos parajes. En Cataluña es común la figura del caganer, aunque ya se puede ver este personajillo en misterios de toda España. En la Provenza francesa están los santons: figurines que representan todos los oficios de la región. En la región andina de Venezuela, se utilizan hojas de plátano y casitas coloniales de múltiples colores. Y como dato curioso, en la gran mayoría de los países Sudamericanos, además de en México y Canarias, la figura del Niño se coloca sólo después de la llegada de la Navidad.

Asociaciones Belenistas

Si bien en el siglo XV fue cuando se generalizó la costumbre de montar el belén, sólo será a partir del XIX cuando surgió el arte del belenismo, y que en general se practica a través de las Asociaciones Belenistas. Dentro de la Comunidad de Madrid, una de las asociaciones Belenistas con más solera es la que nació hace 20 años en San Sebastián de los Reyes. Desde entonces, cada año ofrecen un Belén Monumental para disfrute de grandes y pequeños.

Y es que el Belén monumental de Sanse sorprende por el cuidado con que están tratadas todas las figuras. Pero también por el mimo que han sabido darle a todo el escenario. Y es que para montar semejante obra de arte, 35 miembros de la Asociación se han encargado de representar el nacimiento de Cristo durante un periodo de seis semanas, y utilizando todo tipo de materiales naturales: unos 2500 kg de corcho bornizo, 3000 litros de agua, 1 m3 de tierra, y 200 cajas de musgo natural de vivero.

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Vista general del Belén Monumental de San Sebastián de los Reyes

Tanto material y trabajo no hace sino recordar lo peculiar de los grandes Belenes monumentales. Generalmente, un Belén se compone de la escena principal centrada en el nacimiento del niño Jesús, y en torno a ella que se sitúan el resto de personajes: Los Reyes Magos llegados de Oriente, y los pastorcillos que, guiados por el ángel, acuden a presentar sus respetos al recién nacido.

Pero en muchas ocasiones, y sobre todo cuando hablamos de Belenes monumentales, como éste que recomiendo visitéis, se le suman muchas otras figuras que consiguen enriquecer la historia narrada. Tal es el caso del rey Herodes que, en lo alto del castillo, observa con celo el nacimiento del nuevo Mesías. O la visita del ángel a la Virgen María para anunciarle que está embarazada.

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Muchos de estos episodios, tal vez son menos comunes en los Belenes que montamos en nuestra propia casa. Pero en aquellas ocasiones en el que el espacio y el trabajo no es problema, sin duda son dignos de contar. Entre estos episodios destacan las distintas paradas que tuvieron que hacer San José y la virgen María hasta encontrar cobijo en un pesebre medio derruido; la huída a Egipto cuando supieron que Herodes estaba matando a todos los recién nacidos; o simplemente el largo recorrido que tuvieron que hacer los Reyes Magos hasta llegar al lugar señalado por la estrella.

A veces cuesta encontrar estos episodios. Pero parte del encanto de los Belenes, creo que reside precisamente en esta búsqueda. En contemplar con detalle todos los elementos que se presentan ante nosotros: los rebaños de ovejas, los puentes de piedra, un lago a los pies del castillo y lleno de barcas, o la hermosa vegetación que aporta ese toque bucólico tan propio de los Belenes. Y entre una oveja en lo alto del cerro, y un pastorcillo que está pescando, de pronto nos encontramos con la virgen María que, a lomos de una mula, debe huir de Belén.

Lo mejor de visitar estos Belenes, aparte de maravillarse por el trabajo realizado, tan minucioso; reside en la propia experiencia de la visita. Y más si se tiene la suerte de hacerlo acompañado de niños, siempre ansiosos por saber dónde está el niño jesús o los Reyes Magos. Es en esos momentos cuando parece que el tiempo ha vuelto atrás, y que somos nosotros esos niños que disfrutan de sus primeras Navidades.

IMG-20131203-WA0009Y es que estas fiestas, tan llenas de tópicos y consumismo, también son las fiestas donde todo se mira de un modo nuevo. Donde se descubre todo como si fuera la primera vez. No sé si os pasa a vosotros, pero cada vez que monto mi propio Belén en casa, lo hago con la ilusión del primer año en que lo hice. Y aunque mis figuras no estén hechas a mano, o el camello sea más pequeño que el propio Rey Mago, el ingeniárselas para conseguir crear una escena creíble con todas las figuras que se tienen, aporta si cabe una mayor ilusión a la experiencia. Una que no tiene precio. Y, lo mejor de todo, es una ilusión que pase lo que pase, el año próximo volverá a aparecer, como si el tiempo se hubiera detenido.

Más info:

Lugar: Edificio municipal polibalente (Corrales de suelta del encierro) C/ Cristo de los Remedios

Fecha: Hasta el 6 de enero (cerrado 24 y 31 de diciembre)

Horario: Lunes a Viernes, de 17:30 – 20:30, Sábados, Domingos y festivos, de 17:00 – 21:00

Entrada gratuita.

Más imágenes en: belenistasdesanse.blogspot.com

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El Escorial en El Palacio Real

ImagenPara los que estas Navidades tenéis la intención de ir al centro de Madrid, que seguro no sois pocos, os recomiendo que aprovechéis la ocasión para visitar la exposición que el Palacio Real ofrece sobre El Escorial. De este modo mataréis dos pájaros de un tiro: hacéis las compras de Navidad mientras contempláis la iluminación navideña, y de paso disfrutáis de uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad.

El Palacio Real es uno de esos grandes olvidados en cuanto a oferta cultural se refiere, ya que no recibe tantas visitas cómo cabría pensarse. Aunque en su caso sorprende incluso más, puesto que no deja de ser también uno de los edificios más fotografiados de la capital. Y es que la mayoría nos quedamos fuera de las verjas de hierro y oro que protegen el palacio, perdiendo con ello la oportunidad de disfrutar de su interior. Uno que, todo sea dicho, poco tiene que envidiar a los otros grandes palacios europeos, como son el Backingham o Versalles.

Así pues, sirva esta exposición temporal para conocer todo el Palacio como es debido: Para pasear por la Plaza del Reloj y por el famoso Patio de Armas, tan imponente como acogedor, y que además ofrece unas vistas espectaculares de Madrid. Seguro que muchos habéis pasado al lado, pero pocas veces os habéis parado a mirar. Esta es la ocasión perfecta para hacerlo.

De El Bosco a Tiziano: Arte y maravilla en El Escorial

Ya centrándonos en la exposición en sí, esta sirve para acercarnos a un edificio por todos conocido: El Monasterio de El Escorial. Probablemente conocéis mucho sobre esta obra magna de la arquitectura de época de los Austrias: Que se construyó para conmemorar la victoria de Felipe II sobre el rey de Francia en la batalla de San Quintín. Que sólo se tardó 21 años en construirse (1563-1584). Que su arquitecto principal fue Juan de Herrera, también encargado del Palacio Real de Aranjuez. O que en su interior están enterrados todos los monarcas españoles desde Carlos I hasta Juan de Borbón, junto a sus correspondientes esposas y reinas.

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Alzado del monaterio de El Escorial donde destaca la sencillez de sus formas, de una geometría total, y su característica planta en forma de brasero

Lo que tal vez sea menos conocido, es que El Escorial es llamado “La octava maravilla del mundo” (una de tantas, eso sí), no sólo por la grandiosidad del edificio en sí, sino también por las maravillas que alberga en su interior. Y de eso precisamente trata esta exposición. De dar a conocer las miles de pinturas religiosas, relicarios y cantorales que Felipe II encargó para las salas del Monasterio.

Felipe II era un ferviente católico. Parte de su devoción procedía de su propio padre, el Emperador Carlos I, quien pasó los últimos años de su vida en el monasterio de Yuste, para sentirse así más ligado a Dios en la hora final. Y Felipe II no quiso ser menos. Pero, en su caso, decidió construirse su propio monasterio, a tan sólo cincuenta kilómetros del Real Alcazar de Madrid. La que era por aquel entonces su residencia, y sobre cuyos restos se edificó más tarde el Palacio Real.

Un edificio consagrado a la devoción

El monasterio está consagrado a San Lorenzo, en tanto que fue un diez de agosto (festividad de S. Lorenzo), cuando se colocó la primera piedra. Pero Juan Bautista de Toledo (primer arquitecto del conjunto) como sobre todo Juan de Herrera, quisieron que esta consagración del monasterio al Santo, se reflejara también en la propia forma del edificio. Y es por ello que la planta del monasterio tiene una forma tan peculiar como es la de un brasero. En tanto que fue de este modo como murió el Santo durante su martirio.

La primera sala de la exposición, que nos recibe con cantos gregorianos de fondo, está dedicada precisamente a los muchos grabados que existen sobre los planos del edificio. Gracias a ellos podemos ver que para Juan de Herrera la arquitectura era geometría pura. Pues no hay un solo elemento de los que componen la fachada, planta o interior del monasterio, que no pueda descomponerse fácilmente en formas geométricas. Esta forma de proceder no dejaba de ser la más acorde durante el Renacimiento. Época en la que se construyó El Escorial, y cuyas formas deben mucho a un San Pedro del Vaticano levantado por Miguel Ángel Buonarotti.

La mayor colección de reliquias

A medida que se suceden las salas de la exposición, el visitante puede disfrutar también de los “Santos archivos” de los que hablaba Fray José de Sigüenza. Este fraile fue el mayor cronista de El Escorial, y en sus recopilaciones se dedicaba a detallar las “grandes maravillas” que albergaba el monasterio, entre las que destacaban la colección de relicarios. Y es que Felipe II, como ferviente y devoto católico que era, dedicó toda su vida a ir recopilando reliquias de todos los santos habidos y por haber.

Esta práctica de atesorar reliquias, en un momento en que el temor a Dios estaba bien inculcado, pero muchos reyes sabían que sus actos no habían sido precisamente de buenos cristianos; estaba bien extendida por toda Europa. Pero en el caso de Felipe II llegó a cotas desproporcionadas, siendo común que mandara emisarios por todos los confines de su Imperio (uno donde no se ponía el sol) para buscar cualquier reliquia.

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Estas partidas de cazatesoros, puede explicar la ingente cantidad de reliquias que se conservan en El Escorial y que en conjunto bien valdrían para componer diez esqueletos completos de Jesucristo, con toda la dentadura incluida, o una cruz de madera más propia de un gigante que de un ser humano… Algo que hoy en día resulta absurdo, pero en aquel momento nadie osaría contradecir al rey. Y si el rey quería una muela de San Bartolomé, si era necesario el párroco ofrecía su propio molar para gran alegría del monarca, que podía añadir así otra reliquia a su colección.

Toda esta historia, viene a explicar la asombrosa colección de relicarios (el lugar destinado a cobijar y proteger las reliquias) que se presentan en esta exposición, y que no dejan de ser una mínima parte del conjunto completo. La mayoría de estos relicarios presentan la forma tradicional de arqueta, ricamente decorada en oro, marfil y cristal. Pero otras son más originales, presentándose en forma de altar, o incluso con forma de rostro humano… Espeluznante, un poco. Pero sin duda cumplía su objetivo de sobrecoger.

ImagenOtra de las maravillas que descubre esta exposición con respecto a El Escorial, son los enormes cantorales que llenan la biblioteca del monasterio. El cantoral es el libro que usaban los monjes durante las misas, y donde estaban escritas las distintas piezas que debían cantarse en las liturgias. Pero al tratarse de cantorales hechas expresamente para la misa a la que acudía el rey, está claro que no valía un libro cualquiera. En este caso, los cantorales estaban decorados con representaciones religiosas que suponen auténticas obras de arte. No sólo por la belleza de las mismas, sino también por los materiales empleados: los mejores pigmentos, y añadidos de oro y plata.

Grandes pintores para un gran Monasterio

Por último, esta exposición va a permitirnos conocer de primera mano las obras de los más grandes pintores de todos los tiempos. Y es que para un rey que no escatimaba en gastos a la hora de conseguir lo mejor, no le valía un cualquiera para decorar las paredes del monasterio. Por ello, no dudó en llamar a Tiziano para que realizara numerosas obras piadosas que colgarían de las paredes del monasterio, junto a algunos de los retratos más espectaculares del monarca. El Bosco fue el otro gran artista idolatrado por Felipe II, y son varias las obras de este artista que por primera vez salen de El Escorial. Entre ellas, sin duda destaca su “Cristo coronado de espinas”.

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Más info:

Lugar: Palacio Real de Madrid

Fecha: Hasta el 12 de enero

Precio: 11€ (gratuito para los ciudadanos de la Unión Europea, todos los días de 16:00 a 18:00

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De papiros y volcanes

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Para esta semana, vengo a recomendaros una exposición que tal vez se salga de la norma, en tanto que no ofrece una muestra de pinturas o esculturas. Por el contrario, los papiros son los protagonistas indiscutibles de la exposición que el Matadero de Madrid propone a sus visitantes.

No, no habéis leído mal. Realmente hay una exposición que tiene como tema central los papiros, así como las distintas herramientas que se utilizaban en la época clásica para escribir sobre ellos. En concreto, son los papiros y herramientas que se encontraron en la llamada “Villa de los Papiros” de Herculano, y que quedó sepultada por la lava del Vesubio en el año 79 d. C.

Por supuesto, esta no es una exposición al uso, como ocurre con todas aquellas que propone el centro cultural del Matadero. Por ello, no penséis que vais a encontraros salas repletas de vidrieras con papiros, o con infinitas inscripciones en griego clásico y latín que, evidentemente, pocos pueden traducir. Si acude alguien que está estudiando filología clásica, por supuesto, puede aprovechar para practicar. Pero para el resto, no temáis, que no va de eso la exposición. Villa-de-los-papirosUna biblioteca única en el mundo

Para entrar en materia, con esta exposición descubrimos cómo vivían los romanos en la época clásica. Y de cómo estudiaban o disfrutaban del placer de la lectura. En concreto, los romanos que vivieron en esa famosa Villa que se descubrió en el s. XVIII, y que contaba con una impresionante biblioteca compuesta por más de 2000 rollos de papiros. Se trata así de la única Biblioteca de este tipo que ha llegado a nuestros días, gracias a haber sido sepultada por la lava del Vesubio, tras la erupción que acabó con Pompeya y Herculano.

Para ayudarnos a conocer mejor el estilo de vida de sus antiguos inquilinos, las distintas salas de la exposición están presentadas de tal modo, que reproducen las habitaciones con las que contaba la Villa. Incluso una grabación del mar (la Villa estaba en la orilla), nos ayuda a entrar en ambiente, al trasladarnos con los cinco sentidos a un lugar hoy desaparecido, pero que en su día fue impresionante.

La simple reproducción que hay de la planta de esta Villa, ya nos indica que no era ni mucho menos la norma en cuanto a tamaño: Para que os hagáis una idea, las Villas italianas de época clásica, contaban con un patio principal llamado peristilo, en torno al que se distribuían todas las estancias de la casa, y en cuyo centro había un pequeño estanque llamado impluvium, y que recogía el agua de lluvia que caía desde los tejados. Pues bien. En este caso, el famoso impluvium era más bien una piscina enorme, y en torno a ella había un nada discreto jardín, decorado con numerosas estatuas de mármol y bronce… Vaya, algo que no todos los romanos podían permitirse. Ni siquiera los más pudientes.

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Reproducción del Peristilo con el estanque de la “Villa de los Papiros”

Por ello, no resulta del todo extraño que la Villa contara con una biblioteca tan extensa, ni que haya habido tantos esfuerzos por intentar averiguar qué era lo que había escrito en los rollos guardados en dicha Villa.

Cuando no existían los libros

Pero vayamos por partes. Antes de conocer un poco más sobre lo que vamos a encontrar en esta exposición, no está de más conocer la terminología de la época. Primero de todo, a estas alturas ya os estaréis preguntando qué es eso de un “rollo”. Un rollo no era más que la forma por antonomasia de los libros de aquella época. Una época en la que eso de la encuadernación aún no se había descubierto, y por supuesto, tampoco la imprenta. Por aquel entonces, todo se hacía de manera artesanal, escribiendo sobre papiros: el soporte por antonomasia para escribir.

Cada papiro se enrollaba a la hora de guardarlo en las estanterías de la biblioteca, para preservarlo mejor. Y de esa manera, también se localizaba más fácilmente el pequeño cordón que colgaba del mismo, con una etiqueta en la que se escribía el título del rollo. Una manera tan sencilla como eficaz para encontrar el rollo que nos interesaba leer, sin necesidad de estar desenrollando todos los papiros.

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Reproducción de la biblioteca de la “Villa de los papiros”

Los papiros se traían directamente desde Egipto. No porque los dueños de los mismos fueran muy exigentes y sólo quisieran el mejor material (que también). Sino también porque los papiros de Egipto eran los únicos que permitían un soporte flexible y duradero. Pues la planta de la que se extraían sus hojas para la fabricación del papiro, al estar durante semanas sumergida en agua gracias a las famosas crecidas del Nilo, conseguía una flexibilidad perfecta para crear luego las hojas sobre las que se escribiría.

Pero sin duda uno de los detalles que más sorprenderá al visitante, es el de descubrir que la lectura de los rollos no era en nada parecido a como se hace hoy en día. No solo por el soporte del mismo, por supuesto, sino también porque la lectura solía realizarse en voz alta. Es más, el encargado de leer los rollos, era el propio esclavo del dueño de la Villa. Y es que en aquella época los romanos eran tan señoriales, que muchos de ellos ni siquiera querían leer sus propias lecturas (o escribirlas, llegado el caso) y los esclavos eran los encargados de todo ello.

La relectura de los papiros

La pieza por antonomasia de esta exposición, es la máquina que el jesuita Antonio Piaggio construyó en el S.XVIII para recuperar los rollos de papiro de la Villa. Pensar que tanto la Villa como toda la ciudad, quedó sepultada por la lava del Vesuvio, y que con el tiempo dicha lava se enfrió y solidificó. Por ello, cuando los arqueólogos empezaron a realizar las excavaciones, lo que encontraron fue miles de trozos de lava enfriada, bajo la que se ocultaba el verdadero tesoro.

Y para intentar recuperar esos rollos, el jesuita no dudó en presentarse en Nápoles para crear una máquina que ayudara en el proceso. Una máquina que día de hoy resulta interesante sobre todo por lo llamativa que era, que no por la precisión de la misma. Y es que, hay que admitirlo, las técnicas de restauración de la época no eran precisamente las mejores.

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Distintas vistas y detalles de la máquina de Antonio Piaggio

En concreto, esta máquina lo que hacía era tensar y “desenrollar” el pergamino solidificado, al haber pegado telas de lino sobre la superficie de la lava enfriada, y sobre la que a su vez se pegaban hilos de seda. Por medio de unos tornos que había en la máquina, estos hilos se iban tensando y, poco a poco, el material al que estaban pegados los hilos también se iba tensando y desenrollando.

Está claro que el proceso era más mecánico que práctico y apropiado, pero no dejaba de ser la técnica más avanzada de la época. Tanto, que el propio rey Carlos de Nápoles (el futuro Carlos III de España) disfrutaba contemplando la labor del maestro Piaggio; y no se separaba de su lado hasta que no le avisaban sus ayudantes de cámara para que descansara un poco de estar tantas horas de pie… No es que fuera una presión añadida para el maestro ni nada.

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Ejemplo de rollo de pergamino solidificado por la lava

El caso es que, aunque parezca mentira, sí que pudieron recuperarse ciertos pergaminos que se habían convertido en rocas de lava. En concreto piezas dedicadas a la filosofía epicúrea, lo que confirmaba que el dueño de la Villa, además de muy rico, también era un erudito. Cierto que se sólo pudieron recuperarse una mínima parte de los rollos que se encontraron, quedando el resto hechos polvo literalmente… Pero algo es algo.

Afortunadamente, desde entonces las técnicas de restauración han mejorado mucho. Y ahora es a base de productos químicos y radiografías que se puede recuperar el material literario, sin correr el riesgo de destruir el mismo.

Pero sí que es una buena ocasión para ver esta pieza tan original y única en su época, y que tras el fin de esta exposición, volverá a su lugar de origen (Nápoles) del que no volverá a salir nunca más.

Por último, el descubrimiento de la Villa de los Papiros, no trajo consigo sólo la oportunidad de conocer su biblioteca y los materiales en ella encontrados; sino también de colocar el nombre de Herculano en el mapa del mundo. Y es que antes de ello, Pompeya era la única ciudad que los eruditos de la época visitaban en su famoso “Grand Tour”. Pero con este descubrimiento, Herculano pasó a ser un destino importante dentro de estos viajes tan espectaculares como peligrosos.

¿Qué era el Grand Tour?

El Gran Tour era el viaje que los estudiantes que acababan de terminar sus estudios, realizaban por todo el mundo. Generalmente eran estudiantes europeos muy pudientes que, gracias al dinero de la familia, podían permitirse un año sabático (aunque a veces el viaje podía durar más de dos años) para conocer el mundo antes de empezar a trabajar. Y los destinos tradicionales de ese Gran Tour eran aquellos lugares que contaba con una gran historia y tradición a sus espaldas. Así, desde mediados del siglo XVIII, países como Grecia, Egipto o Marruecos se llenaron de jóvenes ricos con ganas de ampliar sus conocimientos.

Ellos fueron, por así decirlo, los precursores de los actuales Erasmus. Salvo que ellos no iban sólo a pasárselo bien, emborracharse y conocer gente… O eso nos han hecho creer.

Pero sí que es cierto que el Grand Tour consiguió acercar lugares lejanos al resto de un mundo menos pudiente. Ya que durante el viaje, los estudiantes se dedicaban a ir tomando notas y haciendo dibujos de todo lo que veían, para luego publicarlo en los llamados “Libros de viajes”: Algo así como los antecedentes de las actuales guías de viaje, y donde se pudo contemplar por primera vez las pirámides de El Cairo, las columnas del Partenon, o los restos de esta Villa de los Papiros.

 Imagen“Libros de viajes” de los estudiantes tras realizar el Grand Tour

Como última recomendación para disfrutar de esta exposición, aconsejo que os apuntéis a las visitas guiadas que el centro cultural realiza para los más pequeños. Además de mantenerles vigilados, los guías les explicarán de manera amena cómo se fabricaban los papiros, qué sistemas se utilizaban para localizarlos en un momento en la que aún no existían los libros, junto a un montón de curiosidades sobre la vida de la época. Así que si tenéis la posibilidad de ir acompañados por pequeños, creo que disfrutaréis mucho más. Y si no puede ser, siempre podéis acercaros sutilmente a los grupos para captar algunas de las cosas que dicen. No se debería hacer, cierto, pero realmente merece la pena.

nube1Sala de actividades del Matadero de Madrid

Más info:

Lugar: Matadero de Madrid (Casa del lector) Paseo de la Chopera, 10

Fecha: hasta el 23 de abril de 2014

Precio: gratuita

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Velázquez y el álbum familiar de los Austrias

las Meninas, de Juan Bautista Martinez del Mazo

El Museo del Prado no quiere olvidar que Diego Velazquez es uno de sus Maestros. El artista por excelencia que consigue que miles de visitantes lleguen cada día, desde todos los rincones del mundo, para contemplar sus obras más famosas. Pero hasta el mes de febrero de 2014, junto a sus célebres “Los borrachos”, “Las hilanderas” o sus queridas “Meninas”; el visitante va a poder descubrir otras obras dignas de mención: Las que forman parte de la exposición dedicada a los retratos de Carlos IV y su familia.

Sí. Sé lo que estáis pensando: Una exposición a base exclusivamente de retratos es tan monótona como soporífera. Y no voy a negar que hace mucho yo pensaba lo mismo. Pero en esta ocasión, tales “inconvenientes” son resueltos por medio de una exposición bastante breve (tan sólo dos salas del antiguo edificio de los Jerónimos), y sobre todo gracias a unas explicaciones muy concretas y amenas, que ayudan a descubrir más de lo que parece a simple vista.

Y es que, como no puede ser de otra manera en el mundo del arte, nada es lo que parece. Y cuando nosotros, espectadores del siglo XXI, vemos el retrato de un rey serio, pálido y enfundado en negro; en el siglo XVII había mucho más escondido que ver.

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Retrato de Felipe IV, Diego Velázquez (1654)

Retratos, como fotografías

Lo más importante a la hora de disfrutar de esta exposición, como siempre recomiendo, es intentar pensar con los ojos de aquella época: Un momento en que no existía la fotografía, y por supuesto las comunicaciones no estaban tan avanzadas como hoy en día. Hoy, por ejemplo, si queremos ver al bebé que acaba de tener nuestro amigo que vive en China, bastará con recibir un e-mail, entrar en Facebook o a través de WhatsApp, para verle a los minutos de haber nacido. Pero antes, en el XVII, eso no era tan fácil, ni siquiera para los reyes de España. Aunque éstos sí que tenían la ventaja de contar con los mejores pintores e todos los tiempos para que retrataran a los hijos del rey, y les enviaran el cuadro a los familiares que tenían repartidos por todo el mundo. Cierto, esos retratos eran mucho más grande que una fotografía… Pero digamos que sus palacios, también eran bastante más grandes que una casa cualquiera.

Es por ello que en esta exposición se observan muchos retratos de niños. Pequeños príncipes e infantas, retratados junto a sus mascotas o amigos en actitud cotidiana, mostrando una vida de niño normal (salvando las diferencias de los lujos, claro) para disfrute de sus tíos y abuelos.

el principe Felipe Próspero El príncipe Felipe Próspero, Diego Velázquez (1659)

Retratos, como Contratos

Por supuesto, eso no es lo único que vamos a encontrar en esta muestra. Pues los reyes podían ser padres y abuelos, pero sobre todo eran monarcas con ansias de mantener y ampliar su poder. Y qué mejor manera de hacerlo que a través de su prole de hijos.

Efectivamente, en este juego del poder a través de los matrimonios concertados, los retratos iban a tener una gran importancia. No sólo porque gracias a ellos los futuros maridos podían ver a sus esposas; sino porque en esos cuadros había encerrados detalles que ayudaban a decidirse a los contrayentes (y sobre todo a los padres de los mismos, que eran los que tenían la última decisión) si el matrimonio era la mejor solución para solucionar pequeñas disputas.

Y en estos “juegos del amor”, que hoy nos pueden parecer crueles pero que han sido el pan de cada día desde hace siglos, tuvieron gran importancia Velázquez y sus discípulos. Ellos fueron los encargados de retratar tanto a la segunda esposa y prima de Felipe IV, Mariana de Austria, como a los hijos que tuvo el matrimonio.

Mariana de AustriaMariana de Austria, Diego Velázquez (1652)

La mayor de ellos fue la hermosa Margarita, protagonista de “Las Meninas”, y que durante años se la consideró heredera al trono, al ser la reina incapaz de dar un varón al rey. Y es por ello que muchos de los retratos de la joven infanta la muestran bella, risueña y vestida con ricos ropajes. Y también lo hará rodeada de distintos elementos, en apariencia puramente  decorativos, pero que sin embargo van a actuar como símbolos de sus virtudes. De este modo, un aparente reloj sobre una chimenea, indica que se trata de una joven paciente, mientras que un jarrón de flores indican que su delicadeza y hermosura no tienen parangón: ¡Qué mejor carta de presentación para el futuro esposo!

Debido a esta función de los retratos, era muy común que los correos diplomáticos que las cortes europeas se enviaban entre sí, estuvieran plagados de representaciones de los hijos del rey. Retrataos que en el fondo servían como ofertas más que directas para que un matrimonio concertado entre los hijos de los reyes, pusiera fin a años de guerra.

Así ocurrió con la bella Margarita: Desde pequeña fue vista como alternativa para poner fin a la guerra contra Francia, hasta que nació su hermano, el heredero al trono. Entonces, pensando que la sucesión estaba asegurada, se ofreció a la hija mayor de Felipe IV al emperador Leopoldo. Aquel matrimonio fue solicitado y aceptado a través del famoso cuadro de Velazquez “Infanta Margarita con traje rosa”, donde el broche con el águila imperial que lleva la infanta, indicaba la entrega del cuadro (y de su protagonista) al afortunado destinatario.

Infanta Margarita con traje rosa Infanta Margarita con traje rosa, Diego Velázquez (1663)

 Retratos, como Cartas de presentación

Pero aparte de para firmar acuerdos, no hay duda de que los retratos de la corte también ayudaban a ensalzar la imagen de la realeza. De este modo, en los más de veinte retratos que Velazquez hizo de Felipe IV, el rey siempre aparece serio y un tanto distante, como si estuviera fuera del mundo terrenal. Y es que este era el modo en que debía ser representado el rey del Imperio Español.

Algo similar ocurría con su esposa: Cuando Mariana de Austria acababa de llegar a la corte, sus retratos debían mostrar a una mujer joven, hermosa y sana, vestida con los mejores ropajes. Pero cuando, en 1666 murió el rey y ella debió actuar como regente (el heredero había fallecido cuatro años antes y Carlos II aún era demasiado joven) la representación de la reina cambió radicalmente. Ahora se la presentaba vestida de luto, dentro de los despachos del Salón de los Espejos del Alcázar (donde tenían lugar las recepciones con los diplomáticos) y siempre llevando un papel en las manos. Ese “simple” papel no era sino una manera clara de indicar que ella era la que ahora estaba en posesión de tomar las decisiones del reino.

Reina Mariana de Austria

Carlos IIPero, por si eso no fuera suficiente para demostrar su poder, los retratos de la reina regente solían hacer pareja con los de su hijo Carlos II, para así mostrar al resto de la corte, que la continuación de la corona estaba asegurada. Como vemos, nada era casual.

Retratos de la Reina viuda Mariana de Austria, y Carlos II en el Salón de los Espejos – Diego Velázquez

Retratos, que no milagros

Pero una vez repasado todas las funciones que tenían los retratos durante la época del Imperio español, no debemos olvidar un hecho importante. Y es que, por muy buena que sea la labor del pintor o los enlaces políticos que se creen, poco se puede hacer si los herederos del rey son hombres débiles, enfermizos y casi moribundos, como resultaron ser los de Felipe IV.

Tal vez por ello, uno de los cuadros que más sorprende de esta exposición, es el de “Carlos II como maestro del Toisón de oro”. En ella se muestra a Carlos II como la última baza para prolongar la estirpe de los Austrias. Empeño que obligó al monarca a casarse con varias primas, al ser incapaz de engendrar un heredero.

Pero el problema estaba en el propio rey: Las enfermedades de los Austrias, acrecentadas por la mezcla de sangre dentro de la familia, tuvo como resultado a un rey estéril, raquítico, poco inteligente y tan débil, que parece mentira llegara a vivir cuarenta años.

La misión de los pintores de cámara, el tiempo que vivió el rey, fue la de mostrar al monarca como un rey poderoso. Y para ello, no dudaron en vestirle con los mejores ropajes, rodeado por todos los símbolos del poder.

carlos II como gran maestre de la orden del Toisón de OroCarlos II como maestro de la orden del Toisón de Oro, Diego Velázquez (1677)

El resultado, a la vista de todos está. Uno de los últimos retratos del rey que muestra a ese hombre pálido que, evidentemente, no fue capaz de gobernar ni de sobrevivir.

Y es que, por mucho que los retratos sean mucho más de lo que parecen a primera vista, no dejan de ser cuadros. Pintados por los más grandes, cierto. Pero lienzos al fin y al cabo que, por muy reales que parezcan, nunca llegarán a hacer milagros.

Más info:

Lugar: Museo Nacional del Prado

Fecha: hasta el 9 de febrero de 2014

Precio:

General: 14€

Reducida: para mayores de 65 años, y con carnet joven: 7€

Gratuita: para desempleados que acrediten la tarjeta del paro, menores de 18 años y estudiantes. Para todos, de lunes a sábado de 18:00 a 20:00, y todos los domingos de 17:00 a 19:00 horas.

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Hablemos de bellezaImagen

La exposición que el Museo del Prado de Madrid ofrecerá hasta el 10 de noviembre, es una que no me cansaré de recomendar. No sólo por la cantidad y calidad de las obras expuestas, 281, sino también por el propio placer de recorrer las 17 salas que la componen. Toda una experiencia que nos permite descubrir esa “belleza encerrada” en la más importante pinacoteca de la capital.

Lo cierto es que cualquier exposición que tenga lugar en el Museo del Prado, ya es sinónimo de éxito. Pues mucho tiene que fallar para que una de las colecciones más importantes de todo el mundo, que reúne entre sus salas a los artistas más conocidos desde la Edad Media hasta el Romanticismo, acabe ofreciendo una muestra que pase sin pena ni gloria.

En este caso, uno de los aspectos más llamativos de la muestra, y por la que invito a todo el que pueda ir a visitarla, es la propia configuración de la exposición. Es decir, la manera tan peculiar en la que se han colocado todas las piezas que el visitante puede contemplar.

Es absurdo negarlo a estas alturas. La mayoría de las veces, por muy importantes que sean las obras a contemplar, una exposición acaba convirtiéndose en un largo peregrinaje por cuadros y más cuadros que acaban colmando la paciencia del visitante. Y más cuando la muestra se centra en una temática muy concreta como pueden ser paisajes o retratos, donde al final uno tiene la sensación de haber visto cuadros suficientes como para toda una vida.

Imagen“Mesa de los pecados capitales” El Bosco (1500-1516)

Una de las obras que más interés despierta debido a su curioso soporte (una mesa) pero sin duda gracias a la mención de esta obra en el último libro de Javier Sierra “El Maestro del Prado”. 

Aquí, por el contrario, no ocurre nada de eso. Y es que un título tan sugerente como es “La belleza encerrada”, no es sino una excusa para presentar una pequeña muestra de la cantidad de obras que el Prado tiene la fortuna de albergar. Muchas de ellas son las que se han podido contemplar desde hace décadas en la exposición permanente, tras haberles dado un lavado de cara y haber pasado por el Taller de restauración; mientras que el resto son las últimas adquisiciones y obras que han permanecido años en los sótanos del museo, casi olvidadas.

Llegado a este punto, uno puede muy bien preguntarse: ¿Pero qué voy a ver en esta exposición? Y la respuesta es muy sencilla: de todo. Se podrán contemplar los cuadros más célebres del Renacimiento italiano, como “La Anunciación” de Fra Angelico, junto a otros de temática mitológica o simples desnudos que servían como estudios de Anatomía para los artistas durante su etapa de aprendizaje.

Imagen“La Anunciación” de Fran Angelico (1425-28)

Una de las obras cumbres del Renacimiento italiano, al ser uno de los primeros intentos de mostrar dos escenas distintas por medio de la perspectiva: Adan y Eva siendo expulsados del Paraíso a la izquierda, y el Arcangel San Gabriel anunciando a la Virgen que está emabarazada, a la derecha

Pero no sólo habrá distinta temática. También cambiará el soporte: desde pinturas en lienzo, a esculturas de bronce y mármol, relieves hechos en marfil, o bocetos de grandes artistas como Rubens, realizados en tablas de madera. Y todo ello distribuido de tal manera, buscando siempre los contrastes, que permitirá un recorrido mucho más ameno de la muestra.

El único orden que se ha seguido a lo largo de las 17 salas que componen la exposición, es el cronológico. Así, tras franquear la estatua de Atenea, que nos recibe en toda su gloria como Diosa de la Sabiduría y las Artes que es; empezaremos por la sala del Quattrocento italiano para acabar con el Romanticismo de Fortuny, uno de los representantes españoles más destacados de esta época.

                        velazquez villa medici“Villa Medicis” Diego Velázquez (1630)

Forma parte de la exposición permanente del Prado, pero suele pasar desapercibida junto a las otras obras más representativas del autor, como son “Las Meninas” o “Las hilanderas”, debido a su formato mucho más pequeño. De este modo, con esta exposición se descubren obras casi desconocidas del autor, y donde se observa una manera de pintar completamente distinta a sus obras cumbres.

El espectador es el que manda

Otro de los aspectos que sorprende de esta exposición, y que la hace tan distinta de la mayoría, es la inexistencia de esos cartelones que suelen colgar al principio de cada sala, donde se daba una idea general de lo que el observador va a encontrarse allí. Aquí, de nuevo, no hay nada de eso. Tan sólo se ofrece un folleto en formato libro al inicio de la exposición, donde están enumeradas todas las obras que se van a contemplar.

El resto, como quien dice, es labor del visitante. Visitante que podrá detenerse en las obras que más le gusten, ya sea por la temática presentada, el colorido de las figuras, su asombroso realismo, o simplemente que la escena derrocha un intimismo pocas veces contemplado.

Imagen“Meleagro” Silvio Cosini (1540)

Personaje de la mitología griega, considerado un semidios (hijo de un mortal y una diosa) muy diestro con el arco, que pereció por culpa de su soberbia a manos de Apolo

Y es que, a la hora de hablar de belleza, quién puede vanagloriarse de decir que lo que él entiende por belleza, es lo que el resto del mundo debe aceptar. En mi caso, por ejemplo, reconozco que las estatuas clásicas me quitan la respiración, y por eso estuve largos minutos contemplando el “Meleagro”, o las dos alegorías enfrentadas de “La escultura” y “El Arte de la guerra”, ambas en bronce.

Sin embargo, a mi lado pasaron muchos personas que no quisieron detenerse en estas obras más de un segundo, y prefirieron sentarse a contemplar los cuadros de la época del Barroco como “El archiduque Leopoldo Guillermo en su galería de pinturas en Bruselas”, para asombrarse ante el realismo y detallismo de todos los objetos representados.

Imagen“El archiduque Leopoldo Guillermo en su galería de pinturas en Bruselas”, David Teniers 1651-53)

Ejemplo del detallismo y recargamiento propio del Barroco, donde toda la pintura que se realizaba siempre era dentro de los talleres del artista. Sería dos siglos más tarde cuando decidieron salir al aire libre, para pintar al natural temas más mundanos como podían ser paisajes, marinas o puestas de sol.

Un recorrido lleno de escondites

A su lado, hay piezas que son bellas por la sencillez de las mismas, sin estar recargadas de tanto oro como ocurre con las obras religiosas de la Edad Media. Otras lo son por la ternura que desprenden, al mostrar a la Virgen con el niño Jesús como si fuera simplemente una madre con su hijo. E incluso, por qué no decirlo, hay obras en las que es el propio marco que las protege lo que más sorprende de ellas, al estar labrados como si fueran arcos del triunfo.

Imagen “La Virgen poniendo al Niño dormido sobre la paja” Carlo Maratti (s.XVII)

En ese sentido, mi recomendación es la de recorrer cada sala con calma, deteniéndose más tiempo del normal en aquellas obras que más nos gustan, pero siempre esperando a ser sorprendidos. Porque tan pronto veremos una sencilla sala llena de obras de Goya, como nos encontraremos con otra sala en forma de capilla, y en cuya parte más alta hay representada una escena que fue hecha para ser contemplada desde lo alto.

Y es que los significados de las obras no sólo dependen de lo que se está representando, o de lo que se ha ocultado de forma inteligente (esto de seguro que gustará mucho a los seguidores de las teorías de la conspiración), sino también por el sitio exacto en que iba a ser colocada dicha obra. Pues no es lo mismo un cuadro religioso diseñado para ser contemplado desde la cama de un monarca, que la representación de una hermosa mujer desnuda, y que se hizo sabiendo que iba a ser colocado tras los muros ocultos de dicha cama del monarca.

Imagen“La reina Doña Juana “la Loca” recluida en su palacio de Tordesillas con su hija, la infanta doña Catalina” Francisco Pradilla (1909)

Ejemplo monumental de cuadro histórico, muy de moda a inicios del s.XX entre los pintores españoles

Estas curiosidades también se puede descubrir en la exposición: agujeros en mitad de las paredes a través de los que se puede mirar, convirtiéndonos así en todo un Voyeur del siglo XVIII; junto a otros huecos que aparecen de repente, entre dos retratos por ejemplo, pero que nos permiten ver otra obra de un modo totalmente distinto. Porque es como si estuviéramos espiando el cuadro de al lado pero, al ser ese hueco más pequeño, lo que conseguimos es centrarnos en detalles que probablemente nos habrían pasado desapercibidos si hubiéramos visto el cuadro entero a la primera.

Por ello, les animo a que no sean tímidos, y que espíen a través de todos esos huecos, oberturas y casi pasadizos, que hay estratégicamente colocados en toda la exposición. Porque además de ayudarnos a ver las obras como nunca antes las habíamos visto, de seguro ayudará a que la visita sea mucho más entretenida.

ImagenMaqueta en madera del edificio del Museo Nacional del Prado (1787)

Situada en la sala 16, junto a obras de Francisco de Goya, que de nuevo tienen aquí su protagonismo merecido, al estar lejos de los cuadros más conocidas del autor como “Los fusilamientos del 2 de Mayo” o el “Retraro de la familia de Carlos IV”.

Más info:

Lugar: Museo Nacional del Prado

Fecha: hasta el 10 de noviembre

Precio:

General: 14€

Reducida: para mayores de 65 años, y con carnet joven: 7€

Gratuita: para desempleados que acrediten la tarjeta del paro, menores de 18 años y estudiantes. Para todos, de lunes a sábado de 18:00 a 20:00, y todos los domingos de 17:00 a 19:00 horas.

Las imágenes han sido obtenidas del catálogo interactivo, donde se pueden ver todas las imágenes

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Las impresiones de Pissarro

El bosque de MarlyComo última exposición a recomendar para el mes de agosto, qué tal la de unos paisajes primaverales. Para disfrutar del buen tiempo, aunque sea en pintura, antes de que lleguen las lluvias. Y qué mejores paisajes que los realizados por Pissarro, uno de los principales representantes del Impresionismo.

La muestra que el museo Thyssen – Bornemisza está ofreciendo en Madrid hasta el 15 de septiembre, es la primera visión en retrospectiva de Camille Pisarro que se realiza en España. Reúne casi 80 cuadros realizados a lo largo de toda su trayectoria, procedentes de todas las ciudades en las que estuvo: Desde su llegada a Francia procedente del caribe (nació en las Islas Vírgenes, en 1830), pasando por Caracas y Londres, hasta su muerte en París en 1903.

Pero antes de entrar en materia sobre la exposición, tal vez merezca la pena hablar un poco sobre el Impresionismo. Ese movimiento pictórico que surgió en la segunda mitad del siglo XIX, tan opuesto a todo lo que se había hecho antes.

Impresionismo o impresión.

Son muchos los que se extrañan al ver algunos cuadros impresionistas, al compararlos con las que se hicieron sólo un par de décadas atrás. No os sintáis mal si os encontráis entre ese grupo. Es normal pensar así. Incluso, llegado el caso, son muchos los que afirman eso de “¿es que se les olvidó pintar bien?”. Pero es cierto que, después de todo lo aprendido desde el Renacimiento, cuando empezó a dominarse la perspectiva y los cuadros parecían tan reales como fotografías; era como si la pintura del nuevo siglo hubiera desandado el camino recorrido.

Nada más lejos de la verdad. O, dicho de otra manera, los artistas de aquel momento sabían perfectamente lo que estaban haciendo. Y sabían dibujar, eso está claro. Las Academias de Bellas Artes enseñaban a dibujar anatomías humanas y bodegones al natural, y uno no podía considerarse un artista si no dominaba perfectamente el dibujo realista.

El entierro de Ornans“El entierro de Ornans” (1851) de Courbet, es un buen ejemplo de la pintura realista de la primera mitad del s. XIX, donde el gusto por el detalle y las grandes composiciones, eran una de sus características principales.

Pero entonces cambió algo: Llegó la cámara fotografía. Una máquina extraña que parecía mágica, y que conseguía captar la realidad sólo con apretar un botón y esperar unas cuantas horas… La tecnología no era lo que es ahora, para qué mentir. El caso es que los artistas del momento empezaron a preguntarse qué había de diferente entre los paisajes que ellos pintaban, y lo que aquel extraño objeto reproducía. Y unos cuantos de esos artistas, cansados de hacer lo mismo que el resto del mundo, decidieron salir de sus talleres y, caballete bajo el brazo, pintar lo que sus ojos veían. Tal y como sus ojos lo veían.

Hoy en día, el hecho de colocarse en el puerto o frente a una calle famosa para dibujarla, no sorprende a nadie. De hecho, lo podemos ver cada día en los lugares más turísticos de cada ciudad. Pero por aquel entonces supuso toda una revolución, y no pocos de esos artistas fueron expulsados de las Academias por romper las reglas. El resto ni siquiera esperaron a ser expulsados: Se marcharon sabiendo que nada de lo que allí enseñaban, era lo que estaban buscando.

Impresión, sol naciente“Impresión, sol naciente” (1872) de Monet, fue el cuadro que puso nombre a la nueva corriente pictórica. Según comentó el autor en su día, puso este título a su obra, porque no dejaba de haber retratado la impresión efímera de un puerto

Salir a la calle a pintar “al natural” es por tanto uno de los elementos que caracteriza a los pintores del Impresionismo. El otro es lo que he mencionado antes: Pintar tal y como sus ojos veían ese paisaje. Y lo cierto es que nuestros ojos difícilmente captan los paisajes con esa perfección que aparecía en los cuadros de siglos pasados. No somos capaces de captar tantos detalles como se veían en esas pinturas, sino que en muchas ocasiones simplemente vemos figuras distorsionadas por la luz del sol.

Así fue cómo surgió ese movimiento, y cómo recibió su nombre: Impresionismo. Pues eran ejemplos de impresiones de paisajes, captadas en un momentos dado del día, cuando la luz del sol bañaba esas figuras, dotándolas de un aspecto único e irrepetible.

Es por ese deseo de captar un momento que no volverá a repetirse, por lo que es tan común ver que el mismo pintor dibuja una y otra vez el mismo paisaje. No lo hace porque se haya vuelto loco, ni mucho menos. Sino porque quiere captar ese paisaje, o esa calle en concreto de París, en distintos momentos del día. Para mostrar cómo la luz y las sombras cambian, transformando incluso ese paisaje, según sea un amanecer o un atardecer.

El Impresionismo en Pissarro

Tras este pequeño resumen de cómo surgió el Impresionismo, centrémonos en Pissarro. Uno de los artistas fundadores de este movimiento artístico, que dedicó toda su vida a difundir y apoyar esa nueva manera de pintar. De hecho, él fue el único artista que participó en todas las exposiciones realizadas en París sobre el impresionismo, entre 1874 y 1886.

El_Oise_cerca_Pontoise_en_Grey_Weather_algomasquearte_40AA“El Oise cerca de Pontoise, día nublado” (1876) de Pissarro. La técnica empleada, a base de rápidas pinceladas, y el tema representado, un paisaje a orillas del río; serán muy similares a los de sus contemporáneos Monet o Sisley, en la primera etapa de Camille.

Sin embargo, el pintor holandés contaba con un inconveniente. Uno que hizo (y sigue haciendo) que fuera menos conocido que el resto de pintores del momento: Fue contemporáneo de Monet. Y al igual que le ocurrió a Salieri con Mozart, poco pudo triunfar Pissarro si sus obras eran comparadas con el más grande de los grandes.

Pero no hay duda de que Camille Pissarro también fue de los grandes. Gracias a sus viajes por Londres y París, huyendo de unos padres que nunca aceptaron que quisiera convertirse en un artista, su estilo fue mejorando; ayudado también por el contacto con Cézanne o el propio Monet. Y mientras Monet se centró en los paisajes floreados o sus adorados nenúfares, Pissarro quiso dar más significado a sus cuadros. Fue a causa de sus ideas políticas, dentro del socialismo y a veces rayando el anarquismo, lo que le llevó a decantarse por el ambiente campesino y la vida rural francesa.

Las diferencias de Camille

De este modo, si bien muchos cuadros son similares a los que realizaban sus coetáneos (hay veces que parece que nos encontramos frente al juego de las siete diferencias, por lo mucho que se parecen), con Pissarro encontramos campesinos trabajando de sol a sol, o los bueyes de carga, arrastrando fardos de heno sin descanso.

Estos son los cuadros que pueden observarse hacia la mitad de la exposición, desarrollada cronológicamente. La primera parte se centra en obras correspondientes a los años 60 del XIX. Cuando Pissarro, todavía un aprendiz, estaba influenciado por los maestros del paisaje más realista del momento: Corot o Courbet.

La-Varenne-Saint-Hilaire-View-from-Champigny-S“La Varenne-Saint-Hilaire, vista desde Champigny” (1863): Una vez aprendió la técnica impresionista, Pissarro se decantó por los temas rurales, donde era común ver a campesinos trabajando en la inmensidad del campo. 

Tras esa primera etapa de iniciación, el visitante encontrará los cuadros más rurales, junto a los que pintó en las distintas ciudades por las que transitó: Lousiane, cerca de París, donde nació el impresionismo en torno a 1869; Pontoise, donde vivió toda una década (11872-1882); y finalmente Eragny. En estas ciudades desarrollará su estilo personal, gracias al contacto con otros pintores impresionistas: Sobre todo Monet y Cézanne.

Llega la ciudad

Probablemente, muchos visitantes preferirán las últimas salas de la exposición. Son las dedicadas a la etapa final, donde el artista cambió radicalmente de escenario. Ahora, en vez de paisajes rurales con campesinos trabajando, se observan transitadas calles urbanas de París, llenas de escaparates exquisitamente decorados, o los carruajes recorriendo las calles empedradas.

El cambio de escenario y tema no es ni mucho menos casual. Al final de su vida (a partir de 1893), la salud delicada de Camille le impide salir a la calle. Se ve, de este modo, obligado a pintar desde la ventana de su residencia. Además, su visión ha empeorado, lo que se nota en la técnica, bastante desmejorada con respecto a épocas pasadas. Y por último, se encuentra en el final de un siglo, de una época. La modernidad ha llegado pisando fuerte, y qué mejor ejemplo para retratarla que el urbanismo presente en París. Prototipo de modernidad tanto en lo bueno (con facilidades a la hora del transporte, por ejemplo) como en lo malo (con saturación y pobreza lejos de las avenidas principales)

rue-saint-honore-afternoon-rain-effect-1897“Rue Saint-Honore por la tarde” (1897): Era la vista que Pissarro tenía desde la ventana de su casa. Sin llegar al realismo de la primera mitad del siglo, en esta ocasión se esmera en los detalles de los edificios, los peatones y los escaparates, con el deseo de reflejar el bullicio de la ciudad de París. Ejemplo del nuevo urbanismo imperante en Europa.

Se puede decir así que con esta exposición, no sólo se contempla la trayectoria de Camille Pissarro, sino también toda la trayectoria de un momento concreto de la Historia del Arte, y de la Historia en sí. Donde lo importante ya no era crear imágenes lo más parecidas a la realidad; sino crear imágenes que les diferenciaran como artistas del resto del mundo. Y sobre todo, diferenciarse de las máquinas que habían llegado para cambiarlo todo.

Más info:

Lugar: Museo Thyssen-Bornemisza

Fecha: Hasta el 15 de septiembre

Precio: 10€ (reducida con carnet joven, estudiantes y mayores 65)

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El color del mar de Sorolla

ImagenLa exposición que estos días está ofreciendo la casa – museo Sorolla de Madrid, es una buena ocasión para conocer las obras más representativas del pintor valenciano. Pero los visitantes que decidan acercarse, también podrán aprovechar para recorrer el que fue el hogar del pintor. Un pequeño palacete plagado de recuerdos del artista y su familia, rodeado por un jardín andaluz que, cuanto menos, ayudará a hacer más llevadero el asfixiante calor de agosto. 

Joaquín Sorolla y Bastida, ha sido tal vez uno de los pintores españoles más conocido fuera de nuestras fronteras, pero bastante olvidado dentro de las propias. Ejemplo es sin duda el propio museo que alberga la mayor colección de obras del artista, y que a su vez es uno de los menos visitados de la capital.

Afortunadamente, las obras de restauración que obligaron a cerrar el palacio durante casi un año, han servido para limpiarle la cara. Se presenta ahora como uno de esos museos que da gusto visitar. Uno que no está lleno de interminables salas plagadas de cuadros, y que sólo consiguen que el visitante suspire desanimado cuando ve que aún le falta la mitad por recorrer.Imagen

Por el contrario, aquí apenas hay cinco salas, divididas en dos pisos, que conforman las propias estancias de la casa. Una casa, casi palacio, que conserva todos los recuerdos de la época, incluyendo el caballete y caja de pinturas donde Sorolla realizaba sus cuadros. De este modo, cuando se adentra en el museo, tras contemplar el coqueto jardín que rodea al edificio, con el agua de las fuentes como música de fondo, uno tiene la sensación de colarse en la vida del artista.

El Sorolla alejado del mar

No hay duda de que las marinas de Sorolla son los cuadros más conocidos del artista valenciano. Seguramente le vendrán a la mente imágines de niños jugando en la playa, o de mujeres elegantemente vestidas, paseando por la playa bajo unas coquetas sombrillas de encaje.

Pero antes de centrarse en los paisajes marinos, Sorolla tuvo una primera etapa centrada en el llamado “realismo social”. Un tipo de pintura muy de moda por aquella época (finales del XIX), que bebía de la tradición clásica, y que le ayudó a ganarse un nombre dentro de los artistas del momento. Sobre todo porque, en su caso, Sorolla quiso aportar cierta denuncia social a unos cuadros que, por regla general, tan sólo se centraban en el costumbrismo.

Por el contrario, junto a los numerosos retratos que Sorolla pintó de su familia y de cualquiera que quisiera encargárselo (aquellos retratos no dejaban de ser el principal sustento de cualquier pintor), el artista quiso denunciar la precaria situación que vivían las clases más bajas. En la mayoría de los casos, al haber nacido en un pueblo de mar, los pescadores eran los protagonistas indiscutibles de este tipo de cuadros, como en el sobrecogedor “Y aún dicen que el pescado es caro” (1895) . Si bien de vez en cuando, el valenciano sorprendía con cuadros como “Trata de blancas”, centrado en la situación de miles de mujeres que eran tratadas como mercancía.

 Imagen

“Trata de blancas” (1894): Al querer participar con este y otros cuadros en los certámen de pintura de la época, pero donde el realismo social era lo más aplaudido, sólo podía introducir la denuncia social a través de los títulos de los cuadros.

La luz, el mar y el movimiento

Los viajes que Joaquín Sorolla realizó a Madrid, donde conoció al Velázquez del Prado, o a Roma, donde se empapó del clasicismo por antonomasia; ayudaron a que su formación como artista se llenara de ese realismo que tanto gustaba por aquel entonces. Sin embargo, como muchos otros pintores de la época, Sorolla también quiso conocer las nuevas tendencias que se estaban llevando a cabo. Y para ello, el destino no podía ser otro que París.

Allí conoció una nueva manera de pintar, alejada de los estudios y los talleres de pintura. Por el contrario, los artistas obsesionados por romper con la tradición, decidieron salir a la calle, armados con caballetes y tubos de pigmentos, con la intención de pintar al aire libre.

Esta manera de pintar, que Sorolla rebautizó como “pintar al sol”, es lo que ayuda a comprender la peculiaridad de los cuadros del artista. Unos cuadros donde la luz del sol es el protagonista indiscutible. Sobre todo cuando retrata un sol cegador, que lo baña todo de una luminosidad que ralla la molestia. No por otro motivo, “luminismo” es cómo se denominaba esta corriente.

Imagen“El baño del caballo” (1909)

Por ello, no debe extrañarse si se encuentra con cuadros donde los rostros de las personas apenas están detallados. Donde son simples pinceladas blancas en las que Sorolla no quiere perder mucho tiempo, porque el detalle no es lo importante. Ahora lo importante es que el espectador contemple, sienta, esa luz intensa de la que tan enamorado estuvo el pintor valenciano, y que nunca dejaba de cambiar.

Les propongo un ejercicio para cuando visiten la exposición: Intenten ponerse en la piel del pintor. Imagínense a Sorolla en lo alto de la playa de Biarritz o Jávea, dibujando las barcas que descansan tras la faena, bañadas por la luz del atardecer. Y de fondo el mar embravecido, con las olas moviéndose constantemente y ofreciendo reflejos que no paran de cambiar.

Imagen

“El balandrito”

Esa era la imagen predilecta del pintor valenciano. Una imagen tan hermosa como efímera, pues con cada minuto, casi segundo, la luz del sol cambiaba, así como los reflejos de las olas. Por ello Sorolla debía pintar rápido. No podía perder tiempo con los detalles de las barcas, o en la ropa de los pescadores que regresaban a casa. Nada de eso importaba, en comparación con mostrar a ese mar en su esencia pura, y que no era sino movimiento.

El propio Joaquín Sorolla lo explicó en una de las muchas cartas que le escribió a su mujer Clotilde:

“Me sería imposible pintar despacio al aire libre, aunque quisiera… No hay nada inmóvil en lo que nos rodea”

Más info

Lugar: Casa Museo Sorolla (C/ General Martínez Campos, 37)

Fecha: hasta el 29 de octubre

Precio: 3€

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Descubriendo a Dalí

dali con lupa

Retrato de Salvador Dalí, por Philippe Halsman

Para los afortunados que pueden disfrutar de Madrid en agosto, mi primera recomendación es visitar la exposición que el Museo de Arte Reina Sofía está ofreciendo sobre Dalí. La muestra es una de las más completas que se han realizado en la capital sobre el excéntrico artista español, y ofrece numerosas obras traídas del mayor museo dedicado a Dalí. El Museo-Casa Dalí de Figueres, su ciudad natal.

Las más de doscientas obras que estos días se exponen en las salas del Reina Sofía, no son sólo los cuadros más conocidos de Salvador Dalí (“La persistencia de la memoria”, “El gran masturbador” o “Muchacha en la ventana”), sino también algunas de sus esculturas más características, junto a varios cortometrajes en los que participó. Es por tanto una exposición que permite ofrecer una imagen completa de este artista que, al más puro estilo Leonardo Da Vinci, nunca dejó de innovar.

Lo más interesante de esta exposición, que cerrará sus puertas el 2 de septiembre, es que se presenta de manera cronológica. Comienza así con sus obras más realistas, donde las enseñanzas clásicas que había recibido le llevaron a pintar de un modo más tradicional; hasta que conoció las distintas vanguardias que se estaban llevando a cabo en una época tan conflictiva, marcadas por dos guerras mundiales y la Guerra Civil Española.

Primeros años: El Dalí más desconocido.

No se extrañen si en la primera parte de la exposición no se encuentran cuadros con ese estilo único de Dalí, que parece recién salido de un sueño; y por el contrario ven cuadros que bien podrían pertenecer a la corriente del cubismo, marcados por la influencia de Picasso, Braque o Cezanne.

Precisamente ello nos muestra la evolución de un pintor, en este caso de Salvador Dali. Alguien que, por muy genio que fuera, no nació con la idea de relojes derritiéndose o elefantes de largas patas; sino que llevó a cabo todo un proceso de aprendizaje constante, y que se desarrollará a lo largo de toda su vida.

En estas primeras etapas, lo que puede verse es a un artista de principios del s.XX, que no puede evitar pensar en el sinsentido de un mundo plagado por las guerras. Por tanto, Dalí no verá ningún sentido a pintar bodegones, paisajes o retratos, tan perfectos que parecían fotografías, y que era lo que seguían enseñando las Academias de Arte tradicionales. Por el contrario, cuanto tuvo que abandonar la Academia de San Fernando donde estudiaba, prefirió unirse a otros jóvenes artistas de la Residencia de Estudiantes de Madrid donde vivía, y que pensaban como él. Juntos, a finales de los años 20 crearon un movimiento artístico más acorde con los nuevos tiempos.

Muchacha mirando por la ventana“Muchacha mirando por la ventana” (1925). Realizada durante los primeros años de formación del artista, dentro de su etapa más realista. La retratada es su hermana Ana María, con el puerto de Cadaqués de fondo. Lugar donde veraneaba con la familia de niño, y cuyos paisajes siempre estuvieron presentes en toda su trayectoria.

El Dalí surrealista

Pero qué duda cabe, es la parte centrada en el Surrealismo la que más interés despierta entre los visitantes. No sólo porque en ella se pueden contemplar los cuadros más emblemáticos de ese estilo que Dalí ayudó a crear; sino porque también permite disfrutar de los cuadros de una manera más personal.

No, no se preocupen. No es cuestión de quedarse quieto delante del cuadro e intentar demostrar al de al lado cuánto sabe sobre Dalí. O ponerse a elucubrar sobre el verdadero significado de la obra. Si lo quieren, también pueden hacerlo. Pero junto a ello, pueden limitarse a contemplar los cuadros durante largos minutos, y tratar de encontrar todos esos elementos constantes en las obras de Dalí (las hormigas, la langosta, el huevo, los leones, y un largo etcétera) junto a otras figuras en principio invisibles, pero que si se observan de lejos, acaban tomando forma de mujeres y hombres, compuestos por pequeños elementos, en apariencia imprescindibles.

Por ello, para disfrutar de esta exposición, les recomiendo que se tomen su tiempo. Nunca es bueno ir con prisas, y menos en unos cuadros que tratan de reflejar el mundo de los sueños porque, ¿desde cuándo ha sido fácil interpretar un sueño?

Enigma sin fin“Enigma sin fin” (1938), donde se pueden encontrar numerosas elementos típicos de la iconografía de Dalí

Eso es precisamente lo que siempre intentó Dalí con el surrealismo, a partir del método que inventó y que utilizó como nadie: El método paranoico-crítico. En palabras técnicas, se define como un mecanismo de transformación y subversión de la realidad, basado en el delirio de la interpretación paranoica. En palabras del propio Dalí, al que siempre le gustaba hablar de su ingenio y hacer gala de un narcisismo y megalomanía sin igual: “No soy más que un autómata que registra lo más exactamente posible, el dictado de mi subconsciente, mis sueños (…) y todas las manifestaciones concretas e irracionales del mundo oscuro y sensacional descubierto por Freud”

En palabras llanas, se trata de que el espectador obtenga placer a través de esas imágenes que Dalí ofrece. Muchas de ellas cargadas de angustia con animales pudriéndose y miembros amputados, pero donde es el subconsciente del espectador el que ayuda a darle sentido a la obra representada. Aunque el sentido último no coincida con el del compañero, o no sea un sentido profundo y lleno de metáforas… Simplemente, disfruten de lo que sus ojos le están mostrando, que no es poco.

Los otros Dalís: Dalí cinéfilo. Dalí científico.

Como ya se ha comentado, no sólo de cuadros vivía Dalí. También le interesaron otras artes como el teatro o el cine. Para ambas, fue encargado de diseñar decorados al más puro estilo Dalí, que sin embargo no siempre contaron con el apoyo de la industria, al ser demasiado innovador. Así ocurrió con la escena que Hitchcock eliminó de su célebre película “Recuerda”, donde se narraba un sueño del protagonista, y que transcurría en un escenario que parecía recién sacado del último cuadro de Salvador.

En la muestra se puede ver este fragmento en concreto, junto al conocido cortometraje que realizó junto a su amigo Luis Buñuel, “Un perro andaluz”, y otras piezas cinematográficas más recientes. Así ocurre con la película de dibujos animados que realizó para Walt Disney, “Destino”, que quedó inconclusa y no se pudo terminar hasta 2003. En esta cinta en concreto, que en momentos puede recordar a “Fantasía” por la mezcla de música y acción, se hace un repaso por todos los elementos típicos del Universo Dalí, pero en este caso animados… Una auténtica maravilla para que disfruten tanto grandes como pequeños.

Fotograma del cortometraje DestinoFotograma del cortometraje Destino (1945-2003), de Walt Disney.

Las últimas salas de la exposición se centran en los años finales de su producción artística. Y en ellos, como no podía ser de otra manera, Dalí se hizo eco de las tendencias del momento, para darles un giro de tuerca. En su caso, fue a raíz de los descubrimientos científicos de la época (sobre todo la fusión nuclear o la bomba atómica), pero sin abandonar la influencia clásica que siempre le acompañó, y que unió al ferviente catolicismo que le impregnó en esa época de su vida.

De toda esta mezcolanza, surgió una etapa artística que él mismo denominó “mística nuclear”. En ella, gracias a esa fusión de estilos tan aparentemente contradictorios, nos encontramos con los famosos retratos de personas (generalmente su musa, Gala, junto a otros retratos clásicos), que se muestran fragmentados, como si de un átomo se tratara.

Cabeza nuclear de ángelCabeza nuclear de ángel (1952)

Pero en esta última etapa, no sólo innovará con los motivos representados, sino también con la técnica. Dejará los pinceles a un lado para atreverse con las nuevas tecnologías, de la mano de hologramas, obras estereoscópicas o incluso performance callejeras tan impactantes como efímeras. Con todas estas tecnologías, Dalí intentaba captar la cuarta dimensión (la última de sus obsesiones) por medio de cuadros dobles que deben ser contemplados usando un espejo, junto a otros cuadros mucho más originales, con formato de poliedro. Muchos de ellos están presentes en esta muestra y les invito a que, de nuevo, los contemplen con calma, intentando captar las distintas maneras en las que se puede ver un mismo cuadro.

cuadro poliédricoCuadro poliédrico

En resumen, esta exposición ayuda a entender un poco mejor lo complejo que fue Dalí. Un artista que tuvo seguidores y detractores a millares. Uno de los pocos que tuvo la fortuna de ser llamado genio en vida, pero que nunca dejó de innovar. Genio loco para unos, un gran actor para otros, pues fue gracias a sus excentricidades (el enorme bigote sin duda la más conocida de todas), las que le permitieron estar en boca de todos, tanto en vida como casi treinta años después de su muerte.

Como ejemplo final, basten estas dos perlas de boca del propio Dalí, que resumen lo extraordinario y complejo de su personalidad:

«…que no conozca el significado de mi arte, no significa que no lo tenga…»

«La única diferencia entre un loco y yo, es que yo no estoy loco»

Info:

Lugar: Museo de Arte Reina Sofía.

Tarifa: 8€

Hasta el 2 de septiembre de 2013

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