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Edward Mucha: el cartel hecho arte

Edward Mucha: el cartel hecho arte

Edward Mucha es uno de esos artistas que, como tantos otros, crearon una tendencia y estilo que nació y murió con ellos, y que para muchos supone un artista único mientras que para la gran mayoría es un total desconocido.

El estilo de Mucha se caracteriza por la pureza de líneas del dibujo, el lujo y una abundante decoración que, en ocasiones, llegaba a ser excesiva. Precisamente por este recargamiento que no todo el mundo compartía, el Art Nouveau disfrutó de un breve periodo de vida encuadrado en la época de entreguerras, en un intento por recuperar el lujo perdido a causa del conflicto bélico que asoló Europa.

Los carteles y el diseño gráfico

¿Pero qué hacía Mucha? Si habéis tenido la ocasión de ir a alguna de sus exposiciones retrospectivas veréis que lo suyo no eran los grandes lienzos o retratos propios de otros artistas de esa época. Por el contrario, Mucha se centró en algo más sencillo en apariencia, como era el diseño gráfico para hacer carteles publicitarios.

La creación de carteles puede que sea visto en la actualidad como algo insulso y, por supuesto, propio de otros tiempos. Al menos los carteles que se hacían a mano y que hasta hace no mucho decoraban las principales calles de las capitales más cosmopolitas. De seguro que recordaréis esos espectaculares carteles hechos a mano para anunciar los estrenos del momentos en los grandes cines de las capitales.

Edward Mucha: el cartel hecho arteCartel de cigarrillos Job, Edward Mucha (1890)

Bien, pues Mucha hacía exactamente lo mismo pero en un formato más reducido, ya que lo suyo eran los carteles para el teatro. De hecho, antes de que Mucha triunfara como artista, su trabajo era el de publicista, encargado de poner imagen a los productos más en boga del momento.

De este modo, y aunque suene extraño, pueden verse otras de Mucha con unos protagonistas tales como bebidas, jabones o eventos turísticos… Un tipo de arte en realidad (no hay que ver los resultados para confirmar que se trata de una auténtica obra artística) que ya había iniciado el famoso Tolouse Lautrec y que, entre otros, tuvo al no menos famoso Warhol con y sus sopas Campbell como continuador.

Edward Mucha: el cartel hecho arte          Edward Mucha: el cartel hecho arte

Cartel publicitario de Tolouse Luatrec (1892) y de Andy Warholl (1962)

Inicios de un publicista

Pero empecemos por el principio. Edward Mucha nació en la ciudad de Ivancice de Moriavia, en el Imperio Austriaco, y desde muy pronto se sintió atraído por el dibujo. Trabajó en empleos de pintura decorativa para teatro en su ciudad nata hasta que el Conde Kart Khuen de Mikulov le contrató para decorar su Castillo de Hrusovany Emmahof, tras lo que decidió apadrinarle para que pudiera continuar con sus estudios en la Academia de Bellas Artes de Munich.

En 1887 se mudó a Paris, donde además siguió estudiando además de empezar a ilustrar revistas y publicidad en general. El gran salto en la fama de Mucha llegó cuando se le encargó realizar el cartel de la nueva obra teatral Gismonda protagonizada por Sarah Bernhardt, la actriz del momento. Ella quedó entusiasmada por este cartel, tan distinto al resto, que le ofreció un contrato de exclusividad durante 6 años para que él fuera el único en hacer los carteles de todos sus espectáculos en toda Europa, y más tarde de todos los espectáculos de Théâtre de la Renaissance, del que Bernhardt era su principal estrella.

Edward Mucha: el cartel hecho arte   Edward Mucha: el cartel hecho arte

Desde ese instante, como se dice, el resto vino solo y la fama de Mucha atravesó incluso el Atlántico llegando a Estados Unidos. Allí la actriz Leslie Carter quiso emplear a Mucha como ya hiciera Sarah Bernhardt, pero en su caso el truco le salió mal al querer llevar el lujo de los carteles a joyas auténticas creadas expresamente por Georges Fouquet, lo que derivó en su prematura ruina.

El estilo de Mucha

Dentro de la creación de carteles publicitarios o de teatro, el estilo de Edward Mucha destacaba por su colorido y riqueza de ornamentos, donde los dorados y profusión de joyas daban al cartel un aspecto lujoso que encajaba perfectamente con el estilo del Art Nouveau.

Por ello la fama de Mucha tuvo los días contados desde el principio, ya que no fue capaz de evolucionar en su estilo y adaptarse a las nuevas vanguardias que estaban por venir. No en vano muchos consideran que el Art Nouveau acabó definitivamente con la muerte de Mucha, en el 1939, pues el artista siguió desarrollando su estilo particular años después de que el Art Nouveau hubiera dado sus últimos coletazos.

Edward Mucha: el cartel hecho arteUn hecho que, por último, contribuyó a que la fama de Edward se extinguiera rápidamente, hasta el punto de que años después de su muerte pasó a ser casi un desconocido, y solo los esfuerzos de su hijo Jiri Mucha por recuperar su memoria ha evitado que caiga completamente en el olvido.

¿Una temática poco variada?

En cuanto a la temática, viendo que el gusto por la decoración y la belleza eran la máxima del Art Nouveau, no sorprende que el 90% de sus carteles estuvieran compuestos por hermosas mujeres rodeadas de joyas y ricos vestidos que las confieren este aspecto casi divino.

Por ello enseguida mostró interés por los temas mitológicos y alegóricos, siendo muchas las series que realizó sobre las estaciones del año, la noche y el día o las emociones, todas ellas personificadas en forma de bellísimas mujeres. A lo que se añade que desde muy joven mostró interés por el esoterismo y la masonería, formando parte de este grupo del que llegó a ser Gran Maestro de la Gran Logia de Checoslovaquia.

Edward Mucha: el cartel hecho artePero esto no fue lo único que hizo. Después de la primera guerra mundial, cuando Checoslovaquia obtuvo la independencia Mucha celebró este hecho diseñando sellos y billetes, y comenzó a trabajar en la que siempre consideró su obra maestra: La Épica Eslava. Se trata de una serie de pinturas donde se describía la historia de los pueblos eslavos, pero que no tuvo la ocasión de concluir. Cuando Alemania invadió Checoslovaquia durante la Segunda Guerra Mundial Mucha fue arrestado e interrogado y nunca llegó a superar este suceso, muriendo poco después en Praga, un 14 de julio de 1939.

Edward Mucha en la actualidad

No obstante parte de estas obras se han perdido para siempre, siendo sus obras publicitarias y carteles las que más han trascendido. Pero está claro que, por muy hermosas que sean sus obras, donde el dibujo tan limpio y los colores tan vivos son su rasgo más característico, con una temática tan poco variada el seguidor de su obra puede acabar cansándose bien pronto.

Edward Mucha: el cartel hecho arteTal vez por ello, antes de ir a una exposición retrospectiva que reúna la mayor parte de la obra de Edward Mucha, lo que puede acabar siendo muy pesado además de algo difícil de ver, casi mejor disfrutar de esta pequeña reseña… Y en el caso de que os guste alguna de sus carteles de pequeño formato para decorar algún rincón de vuestra casa, estáis de suerte porque en ese sentido la obra de Mucha es una de las más comunes en las tiendas de reproducciones pese a tratarse de un casi desconocido.

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Edward Hopper: el pintor de la soledad

Edward Hopper: el pintor de la soledad

Tal vez el nombre de Edward Hopper sea desconocido para la gran mayoría, pero seguro que alguna de sus obras sí que sonarán cuando se vean. Aunque sólo sea porque Hopper es uno de los grandes pintores americanos de inicios del siglo XX, y son muchas las películas, series o incluso obras de ficción que han sido inspiradas por sus cuadros. Y es que las obras de Hopper son una clara representación de una época en que la sociedad americana empezaba a despertar y tener en mente ese gran sueño americano, pero también de otros años donde la Gran Depresión no fue tan benévola con el “American Way of Life”.

Hopper es uno de esos pintores que tuvo la suerte de nacer en un momento muy concreto, donde todo lo que le rodeaba sirvió como inspiración constante de su obra. Nació en 1882 en Nueva York, ciudad de la que nunca emigró, si bien sí que tuvo ocasión de viajar a Europa para conocer a los grandes paisajistas europeos, incluyendo los impresionistas que llevaban ya unas décadas asombrando al mundo con su nueva forma de dibujar los campos y ciudades de Europa.

Edward Hopper: el pintor de la soledad “Casa junto a la vía del tren” (1925)

Aunque Edward Hopper también hizo retratos, y durante años se dedicó profesionalmente a la ilustración comercial, sin duda era el paisaje el campo donde más cómodo se sentía. Algo que no sorprende si tenemos en cuenta que precisamente los pintores americanos han asombrado al resto del mundo por sus paisajes.

Los paisajes americanos: antes y después

Puede parecer sorprendente viniendo del mismo país que vio nacer a artistas como Warholl, Pollock o Keith Hearing, y donde los paisajes no aparecen por ningún lado, pero lo cierto es que los norteamericanos han destacado a la hora de hacer paisajes, hasta el punto de ser considerados uno de los grandes pioneros en esta materia, casi desde el mismo momento en que se creó la nación.

Para entender esto, solo hay que pensar un poco en la mentalidad de los primeros colonos americanos: Los famosos peregrinos que a bordo del Mayflower desembarcaron en una tierra con la esperanza de poblar la nueva tierra prometida. Y sin duda fue eso lo que creyeron ver cuando encontraron esas gigantescas extensiones de tierra virgen, que bien parecía haber sido creada por un ser todopoderoso… Algo que sin duda fue fácilmente asumido por personas tan creyentes como los puritanos ingleses que desembarcaron desde Plymouth, buscando crear en el nuevo continente una nueva Jerusalén, alejada de la reforma que se estaba viviendo en su Inglaterra natal con los protestantes y reformistas.

Edward Hopper: el pintor de la soledad Obra del grupo de artistas conocidos como la “Escuela del río Hudson”, de mediados del s.XIX, caracterizada por las grandes proporciones de los cuadros, el gran detallismo y la luz que baña el paisaje, dándole un toque romántico y místico.

Por tanto, desde el mismo inicio de la llegada de los primeros norteamericanos propiamente dichos, ya había un interés por parte de los pintores de crear paisajes, cuanto más grandiosos mejor, y que no decreció con el tiempo. Solo evolucionó, acorde al propio desarrollo de la nación.

Precisamente Hopper es uno de los pintores cuyos paisajes evolucionaron con la sociedad americana. Sus paisajes se engloban dentro del realismo propio de la época de los años veinte, convirtiéndose en uno de los principales ejemplos de este estilo, donde los grandes paisajes vírgenes se sustituyen por ciudades y carreteras que empiezan a crecer a lo largo y ancho del territorio americano.

La llegada de la crisis y el paisaje como estudio sociológico

Dentro del realismo que imperaba en la década de los 30 y 40 del siglo XX, Hopper destaca por introducir unos elementos propios que lo engloban dentro del que podría llamarse “realismo sucio” y que tantos otros ejemplos ha traído dentro de la literatura o el cine americano. Esto es, un realismo que, pudiendo elegir cualquier escenario que retratar, escoge lugares y situaciones tal vez menos atractivas, pero que sin duda reflejan mejor la mentalidad o la situación que se está viviendo en esos momentos.

Edward Hopper: el pintor de la soledad “Gasolina” (1940)

Por ello, en vez de representar un paisaje verde y hermoso, Edward Hopper prefiere retratar fábricas abandonadas o gasolineras vacías, como consecuencia de la crisis económica que llevó a la ruina muchos de los núcleos urbanos que habían florecido pocos años atrás.

Fue la crisis económica, el famoso crack de la bolsa del año 29, el que marcó un antes y un después en la obra de Hopper. Pero fue en un momento en el que el artista americano ya había alcanzado la fama, con lo que ya no tenía riesgo de perder clientela en el caso de que quisiera alejarse del estilo establecido… Que fue precisamente lo que hizo.

Edward Hopper: el pintor de la soledad     Edward Hopper: el pintor de la soledad

“Patio de butacas: segunda fila a la derecha” (1927) y “The Sheridan Theatre” (1937) Las dos obras tienen representan uno de de los escenarios predilectos de Hopper: el teatro. Ya sea en el palco, sentadas en las butacas o esperando en los pasillos, sus protagonistas son siempre mujeres que están solas y adoptan una pose pensativa, bien leyendo u observando el vacío, que refleja de una manera increíblemente sencilla esa soledad y melancolía de la que Hopper es el maestro.

Así, la obra de Hopper empezó a caracterizarse por retratar la sociedad americana que, por muy próspera que hubiera sido (y que volvería a ser en poco tiempo), no dejaba de estar también formada por personas solitarias que trataban de alcanzar sus sueños, pero que no siempre lo conseguían.

La soledad en las obras de Hopper

Es esa soledad lo que más atrae de las obras de Hopper y lo que aporta cierto toque melancólico que es difícil que pase desapercibido. Los admiradores de sus obras dirán que es justo ese toque melancólico lo que más les gusta de sus cuadros, pues da la sensación de que el cuadro está contando una historia del que cada uno puede sacar un argumento propio, como ocurre con el famoso “Noctámbulos”, del que tantas versiones se han hecho.

Edward Hopper: el pintor de la soledad “Noctámbulos” (1942): Todo en la obra refleja esa soledad del americano característica de Hopper. Desde el mismo título al escenario y los clientes del bar, que pese a estar en compañía no hablan los unos con los otros sino que cada uno está en su propio mundo, siendo más evidente así la soledad.

Sin embargo, para muchos esa soledad y melancolía que se respira en los cuador de Hopper resulta incluso angustiosa, pues no hace otra cosa que dejar patente lo solo y perdido que está el hombre en el mundo que lo rodea. Ejemplo de ellos lo tenemos en las conocidas obras “el teatro”, donde uno no puede evitar preguntarse qué habrá pasado para que esa mujer esté tan sola, pero que resulta aún más evidente en los casos en los que ni siquiera aparecen personas. Tan sólo casas y carreteras vacías, que dan al ambiente un aspecto de lo más fantasmagórico. No en vano fue una casa de Hopper, la “Casa junto a la vía de tren”, la que inspiró a Hitchcock para crear su famosa casa de Psicosis.

Las habitaciones de hotel: Protagonistas indiscutibles en Hopper

Se podría hacer una exposición solo con los cuadros que Edward Hopper pintó con habitaciones de hotel. Se entiende que estas eran de los escenarios predilectos del autor por un sin fin de motivos: Por un lado, es un ejemplo perfecto de esa sociedad que está evolucionando y donde viajar a otros lugares es cada vez más común para el ciudadano medio, gracias al desarrollo del transporte y las comunicaciones.

Pero junto a ello, las habitaciones de hotel son el escenario de un sin fin de historias, algunas alegres y otras tristes, donde es muy común encontrar a ese viajero que en un momento dado se encuentra descansando, y de paso meditando sobre lo que sea que le ha llevado a ese lugar en concreto. Un lugar donde la soledad, la melancolía y el captar el momento preciso se convinan de un modo increíble.

Edward Hopper: el pintor de la soledad “Habitación de hotel” (1931): De la mujer apenas se ve el rostro, pero a cambio vemos un sin fin de detalles que crean un escenario propicio para cualquier historia. La maleta sin deshacer, la carta que tiene entre las manos pero que no está leyendo, o el hecho de que la cama esté hecha. Detalles que pueden hablar de una despedida, de una próxima reunión o incluso un viaje al pasado en un momento del viaje… Con los cuadros de Hopper, hay tantas historias posibles como espectadores que las observan.

Edward Hopper: el pintor de la soledad “Digresión filosófica” (1959): Con esta obra sorprende no solo el título, que ya indica que nos encontramos ante una escena en la que ocurren más cosas de las que parecen en un primer momento, sino sobre todo sus protagonistas. Como novedad dentro de sus obras que tienen habitaciones de hotel como escenario, esta vez no aparece una única mujer mirando por la ventana o simplemente ensimismada. A la contra, esta vez la mujer está tumbada, probablemente dormida, y es el hombre que está a su lado lo que otorga mayor soledad al conjunto, ya que pese a estar los dos juntos y en la misma cama, cada uno parace estar a kilómetros de distancia del otro.

Las influencias de Hoper: de Degas a la fotografía y el cine

Edward Hopper tuvo la ocasión de conocer de primera mano la obra de los grandes paisajistas y retratistas de todos los tiempos, siendo Rembrandt y Manet sus principales inspiraciones. Pero junto a los pintores más tradicionales, también se dejó influenciar por las técnicas de retrato del momento: Esto es, la fotografía y el cine.

La influencia de la fotografía en la pintura no es ni mucho menos nada nuevo en el mundo del arte, pues ya pudo verse en otros artistas de renombre como Degas. Él fue el pionero a la hora de representar a personas cortadas por la mitad, como si hubieran sido fotografiadas en un instante y el movimiento les hubiera impedido encuadrar a la persona retratada.

Edward Hopper: el pintor de la soledad “Escuela de Ballet” (1874): Aunque hoy estemos acostumbrados a ver imágenes de este tipo, en la época en que fue pintado este cuadro supuso toda una revolución (y rechazo) que se vieran bailarinas cortadas por la mitad o de las que solo se veían sus piernas. Degas utilizaba este encuadre para presentar un momento único que quedaba atrapado por el pincel, al igual que se empezaba a ver con las cámaras de fotos.

En el caso de Hopper pasaba esto mismo, en tanto que la fotografía y el cine le inspiró a la hora de crear encuadres distintos a la norma, y donde el protagonista del cuadro (ya sea una persona o un edificio), no tenía por qué aparecer en el centro mismo de la escena.

Pero con Hopper esta técnica no parece buscar la originalidad del encuadre, sino que lo que busca es ahondar en esa idea de soledad del ser humano en la ciudad y el mundo que le ha tocado vivir, y donde nadie (ni siquiera el pintor que lo está representando) es capaz de darle un lugar principal.

Edward Hopper: el pintor de la soledad “Habitación en Nueva York” (1932)

Abundan así las mujeres que parecen ser espiadas por la mirilla de una puerta o a través de una ventana, y que siempre están solas y pensativas, o acompañadas pero sin que esa otra persona les haga el menor caso, lo que lo hace todo insoportablemente más dramático y melancólico.

Un Hopper más alegre y colorido

Aunque las obras que he comentado son de las más conocidas de Hopper, no son ni mucho menos las únicas de su registro. Junto a retratos en los que también destacó gracias a su forma de pintar expresionista, las marinas fueron su otro gran tema recurrente.

Edward Hopper: el pintor de la soledad “The long leg” (1930)

De estas marinas, donde destacan los barcos en mitad del mar o faros que se observan a lo lejos, se observa rápidamente una diferente perspectiva con respecto a sus obras de “realismo sucio”. Aquí no es tan evidente esa melancolía y soledad, pese a que sigan sin aparecer grupos de personas, y sobre todo destaca un azul vivo que otorga a todo el conjunto mucha más vida que la que es visible en el resto de sus obras.

Cierto que se observa poca variedad en sus marinas, tal vez consecuencia de que estas obras se pintaron siempre en Cape Cod, donde Hopper veraneó prácticamente toda su vida, pero al menos ofrecen un poco más de color y aire que el resto de su obra.

Más info

Aunque Hopper ha inspirado muchas escenas de películas, sin duda es “Shirley: Visiones de una realidad” la película por antonomasia en este sentido. Inaugurada en el 2013, la cinta está inspirada íntegramente en 13 cuadros de Edward Hopper, así como en la idea que el pintor quería mostrar en sus obras, al narrar la historia de una mujer, Shirley, que no acepta la realidad de la época que le ha tocado vivir, entre los años 30 y 60 del s.XX.

Os dejo el trailer por si os llama la atención.

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Antoni Gaudí: La naturaleza hecha piedra

La-Sagrada-Familia-BarcelonaLos arquitectos suelen ser esos grandes olvidados. La gente contempla los edificios que han diseñado, pero pocas veces conocen los nombres de sus autores, o incluso tienen interés por saber quiénes son. Pero cuando esa barrera es traspasada y el nombre del artista supera al de su obra, nos encontramos con los grandes arquitectos de todos los tiempos. Y Antoni Gaudi es, sin duda, uno de esos grandes.

La obra de Gaudí es tan extensa, como lo es lo mucho que se ha escrito sobre el arquitecto catalán. Por ello, resulta prácticamente imposible resumir su carrera en unas pocas líneas. Imposible y, casi diría, irrespetuoso. Pues es tanto lo que este genio con mayúsculas ha legado al resto del mundo (y en concreto a la ciudad de Barcelona) que intentar quedarse con un par de obras como ejemplo de su trayectoria, me parece harto difícil.

Por supuesto, apenas se menciona su nombre, estoy segura de que vienen a la mente edificios por todos conocidos: Las casas Batlló y Milá, el parque Güell, el Capricho de Comillas, o la siempre eterna Sagrada Familia. Pero lo cierto es que estos ejemplos no son sino la punta del iceberg de una trayectoria tan extensa como rica, y que nunca dejó de evolucionar.

Por ello, creo que más que dedicarme a numerar todas sus obras y describir más o menos pormenorizadamente sus características; merece la pena conocer un poco más de este arquitecto que tanto impresionó en su época, y que noventa años después de su muerte lo sigue haciendo.

Un apasionado de la geometría

Uno de los detalles que más sorprende de este arquitecto con mayúsculas, fue su asombrosa capacidad para la geometría y las matemáticas. Algo que se supone que es innato para todo aquel que quiera dedicarse a construir edificios y que éstos no se caigan, cierto. Pero en el caso de Gaudí, estos conocimientos eran llevados a sus máximas posibilidades.

Nos encontramos así con un arquitecto que poseía una asombrosa capacidad imaginativa e intuitiva, lo que le permitía proyectar mentalmente sus obras, sin necesidad de dibujar planos. Por el contrario, Gaudí prefería construir maquetas tridimensionales, y en muchas ocasiones iba improvisando sobre la marcha. Algo que sus compañeros de profesión tildaron de locura, pero que en su caso se traducía a un método único y personal de trabajar.

Edificios como un todo global

Otras de las grandes peculiaridades del arquitecto catalán, era que siempre pensaba en sus edificios de una manera global. Es decir: No se limitaba a diseñar las plantas o las fachadas del edificio que le encargaban; sino que también lo hacía con el interior del mismo. Y en todos los más mínimos detalles: desde las formas de las ventanas y decoración de los techos, pasando por los muebles, los pomos de las puertas o los dibujos que formaban la cerámica de los suelos… Absolutamente todo.

En un principio podría pensarse que esta forma de actuar, era sinónimo de un ego infinito que le impedía dejar cualquier cosa fuera de su voluntad. Todo lo contrario: Lo cierto era que Gaudí, pese a su peculiar forma de trabajar (y a consecuencia de ella), siempre estaba rodeado de un nutrido grupo de ayudantes a los que les daba mayor libertad de la que podría pensarse. Pero, por supuesto, siempre partiendo de sus directrices.

barcelona-casa-batllo-interior-2-largePor tanto, la obsesión porque todo estuviera previamente diseñado y pensado, no partía de esa falta de confianza en sus ayudantes. Partía, por el contrario, de que Gaudí concebía sus edificios de una forma global, y donde todos sus elementos tenían a su vez una función estructural y decorativa. Por ello, nada podía dejarse al azar, por muy insignificante que pudiera parecer ese elemento.

Esta forma de actuar del arquitecto, también era consecuencia de unos amplios conocimientos del mundo artesanal, y gracias a los cuales dominaba a la perfección todo tipo de técnicas: cerámica, vidriería, forja de hierro, carpintería, etc. De este modo, tan pronto Gaudí diseñaba un edificio de 50 plantas, como realizaba farolas y sofás. Vamos. Un artista en todos los sentidos.

Un estilo único

En cuanto al estilo arquitectónico que Gaudí siguió, no se le puede enmarcar en un único modelo. Cierto es que, cuando ya había alcanzado fama mundial, su nombre siempre aparecía relacionado con el del modernismo. Pero el suyo era un modernismo que recibía constantes influencias de otros estilos a los que admiró desde pequeño.

El neogótico fue sin duda uno de los estilos arquitectónicos que más despertaron su interés. Siendo Viollet Le-Duc uno de sus principales abanderados, el neogótico buscaba recuperar el estilo de las grandes catedrales de la Edad Media, pero aplicado a una arquitectura mucho más funcional y actual.

ImagenSin embargo, pese a reconocerse como uno de los grandes seguidores de esta nueva corriente, desde siempre Gaudí señaló que el gótico era un estilo “imperfecto” que, pese a la eficacia de algunas de sus soluciones estructurales, era un arte que había que “perfeccionar”.

En efecto, Gaudí consiguió perfeccionar ese arte, por medio de la utilización de formas geométricas regladas. Tal era el caso del paraboloide hiperbólico, el hiperboloide, el helicoide y el conoide. Nombres que sin duda nos sonarán a chino, o como mucho recordaremos de nuestros años mozos en los que debíamos construir distintos tipos de poliedros. Pero no os preocupéis, que mi intención no es la de dar una clase de geometría.

Lo importante, llegado a este punto, es constatar que Gaudí nunca se conformó con los elementos estructurales que ya existían. Él consideraba que esas soluciones, pese a haber sido utilizadas durante siglos, podían dar una vuelta de tuerca más. Y para lograrlo, se valió de estas formas geométricas regladas que he comentado. Con ellas, conseguía que los distintos elementos que iba edificando (las bóvedas de la catedral, las gigantescas columnas con forma de árbol, o los enormes pináculos que coronaban muchas de sus obras) se sustentaran por su propio peso, a base de jugar con las distintas tensiones que participaban en dichas construcciones arquitectónicas. Dicha solución permitía que no fuera necesario introducir los llamados “elementos sustentantes”, que hasta ahora habían sido necesarios para que el edificio no se cayera.

ImagenPondré un ejemplo para que lo entendáis mejor: Cualquier catedral construida durante la Edad Media y hasta bien entrado el Gótico, contaba con una serie de “contrafuertes”. Estos contrafuertes son los arcos que, colocados en el exterior de la catedral, tenían como función la de sujetar las paredes de las naves de la catedral, para que estas no cayeran por su propio peso.

Sin embargo, si os fijáis en la Sagrada Familia, pese a su altura y tamaño, no ha sido necesario colocar estos elementos. Algo que no sólo ayuda a dar mayor estabilidad al edificio (un contrafuerte, pese a sujetar las paredes, también podía caerse, y así ha ocurrido en muchas ocasiones), consigue crear un resultado mucho más limpio. Pues no hay nada que distraiga de la visión completa del edificio.

Ahora que conocemos un poco más de la forma de trabajar de Antoni Gaudí, centrémonos en su estilo particular. En esos elementos que, da igual dónde los veamos (la fachada de un edificio, un plato de cerámica o una silla de madera), hagan que pensemos irremediablemente en Gaudí.

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Este estilo inconfundible, se fue creando a lo largo de toda su carrera. Junto al gusto por lo neo gótico que ya hemos comentado antes, Gaudí se sintió muy atraído por las formas orientales que descubrió en sus años de Universidad.

Pero junto a estas influencias más comunes a todo arquitecto, Gaudí también se inspiró en otras “fuentes” menos habituales. Así ocurrió con la naturaleza. En ella encontró formas y estructuras que, señalaba, eran a la vez funcionales y estéticas. Como ejemplos tenemos los juncos, cañas o huesos. Gaudí señaló que no existe mejor estructura que un tronco de árbol o un esqueleto humano.

Sus primeros proyectos fueron los de las farolas de la Plaza Real de Barcelona, que todavía hoy se pueden contemplar. Su primer encargo importante fue la Casa Vicens, con la que empezó a adquirir renombre, y a recibir encargos cada vez más importantes. Pero sin duda parte de su éxito se debió a la figura de Eusebi Güell: un industrial catalán que quedó impresionado por la obra que Gaudí expuso en la Exposición Universal de París en 1878. A raíz de conocerse, comenzó una larga y fructífera amistad, donde Güell se convirtió en su mayor mecenas, además de ponerle en contacto con otras figuras destacadas: su suegro era el marqués de Comillas, para el que realizó el famoso “El Caricho”.

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La Casa Vicens, en Barcelona (izquierda) fue la residencia de Verano del industrial Manuel Vicens. Mientras que “El Capricho” (Comillas) surgió como un pequeño hotel de lujo anexo al palacio del marqués de Comillas

Fue en 1883 cuando aceptó hacerse cargo de la continuación de las recién iniciadas obras del Templo Expiatorio de la Sagrada Familia, en Barcelona. Nada más llegar, modificó por completo el proyecto inicial, y en ella reunió todas las formas, técnicas y teorías que fue aprendiendo en vida. Sin embargo, no sería hasta 1915 que se dedicó casi por completo a este proyecto, hasta que murió.

Pero antes de centrarnos en su obra más conocida (también por toda la polémica que rodeó a la Basílica de Barcelona), bien merece la pena mencionar algunos de sus otros proyectos más conocidos, así como los más espectaculares: A principios de los 90 del siglo XIX, recibió el encargo del Palacio Episcopal de Astorga, y la Casa Botines de León.

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Palacio Episcopal (Astorga): nueva residencia del episcopado de la ciudad, que sustituyó al antiguo edificio, arrasado en un incendio. Gaudi utilizó piedras de la zona para que la construcción fuera respetuosa con el entorno, y en concreto con la Catedral que hay justo al lado. 

PENTAX DIGITAL CAMERACasa Botines (León) Construido originariamente como almacén comercial y residencia del empresario Joan Homs i Botinàs, del que se deriba su nombre

Ya en las primeras décadas del XX, se centró en un proyecto que, pese a no realizarse por completo, es uno de los más conocidos y visitados por turistas locales y foráneos. Me refiero al conocido como Parque Güell. Un parque (público de momento) pero que en su día se diseñó para que fuera toda una urbanización inspirada en las colonias inglesas.

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Vista desde la terraza principal del Parque Güell, decorada por los típicos ornamentos de cerámica que empleaba Gaudí. Abajo a la izquierda se encuntra la actual Casa-Museo Gaudí. Residencia del arquitecto durante años, y única vivienda que se construyó de la que debería haber sido una auténtica ciudad jardín al estilo inglés.

Como he comentado, del proyecto sólo se realizó una mínima parte, ya que de 60 parcelas en que se dividió el terreno sólo se vendió una. Pese a ello, se construyeron los accesos al parque y las áreas de servicios, Destaca la Sala Hipóstila, que habría servido de mercado de la urbanización, hecha con grandes columnas, y la que es hoy la Casa-Museo Gaudí, donde el arquitecto vivió hasta pocos meses antes de su muerte, y que servía como casa piloto de la urbanización.

Entre 1904 y 1910 construyó la Casa Batlló (izquierda) y la Casa Milà, dos de sus obras más emblemáticas de la ciudad condal

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La Sagrada Familia: Su obra cumbre

El éxito que consiguió el artista, llevándole a realizar proyectos por todo el mundo (incluido el de un hotel en Nueva York que, de haberse construido, sería más alto que el Empire State, con 360 metros de altura), sufrió un cambio radical a partir de la primera década del siglo XX.

Antes he comentado que no sería hasta 1915 que Gaudí se dedicó por entero a la Sagrada Familia, olvidándose del resto de proyectos. Esta forma de actuar, tan opuesta a como había desempeñado el resto de su labor profesional, se debió a varios hechos.

El primero de ellos fue la Semana Trágica de Barcelona, en 1909, donde la quema de conventos y la persecución de religiosos por parte de unos radicales anticlericales, conmocionó visiblemente a Gaudí. Obligado a permanecer recluido en su casa del Parque Güell por un tiempo, acabó temiendo por la integridad de la Sagrada Familia. Fue por ello que decidió dejar su residencia actual, y mudarse al taller de la Sagrada Familia, donde vivió hasta su muerte en 1926.

ImagenEspectacular vista de la nave central y altar de la Basílica. Destacan las enormes columnas con forma de árbol, y la bóveda compuesta por elementos geométricos. Todo desprende ese estilo único creado y perfeccionado por Gaudí

El otro hecho que le motivó para dedicarse por entero a este edificio, fue también uno trágico. Y es que en apenas siete años, vio como todos sus seres queridos morían y algunos de sus proyectos más importantes, eran interrumpidos: En 1912 murió su sobrina Rosa, con quien vivía desde hacía años. En 1914 falleció su principal colaborador, Francesc Berenguer, y dos años después otro gran amigo: el obispo de Vich. Por último fue el turno de Eusebi Güell, en 1918, que murió un año después de que se interrumpieran las obras de la colonia Güell.

Con toda la tragedia vivida, el propio Gaudí confesaría a sus colaboradores: ”Mis grandes amigos están muertos; no tengo familia, ni clientes, ni fortuna, ni nada. Así puedo entregarme totalmente al Templo”.

ImagenFachada principal de la Basílica, coronada por un colorido y poco común árbol, junto a cuatro de los dieciocho pináculos que finalmente deberán construirse.

El dedicarse por entero a la “Catedral de los pobres”, como es popularmente conocida, vino acompañado por un cambio radical en su apariencia personal. Sin pertenecer a una familia de alta cuna, Gaudí siempre fue asiduo de la vida lujosa de la ciudad y las grandes personalidades. Sin embargo, los últimos años de su vida los pasó en la más estricta sencillez, vistiendo ropas viejas y gastadas, que más de una vez le sirvieron para ser confundido por un mendigo… Incluido el día de su muerte.

Una muerte un tanto extraña

Los detalles que acompañan su muerte, sin duda serán conocidos por todos: El 7 de junio de 1926 Gaudí, a la altura de la Gran Vía de las Cortes Catalanas, fue atropellado por un tranvía. Se ha rumoreado que el arquitecto iba bastante tocado en cuanto a alcohol se refiere, y por ello no fue capaz de ver a un vehículo que, huelga decir, no es precisamente de los más rápidos. Sin embargo existe otra teoría referente a su muerte, que no deja sino entrever lo más oscuro del ser humano.

Esta segunda teoría afirma que Gaudí no murió en el acto, sino que quedó sin sentido. Pero que, al tener el aspecto de un mendigo, y además ir indocumentado, no fue socorrido de inmediato. Pasaron horas hasta que un guardia civil paró a un taxi que lo condujo hasta el Hospital de la Santa Cruz. Sólo al día siguiente sería reconocido por el capellán de la Sagrada Familia, pero entonces ya era tarde y no pudo hacer nada por salvarle.

Pero junto a su muerte, una gran pérdida para los pocos allegados que tuviera, triste fue el hecho de que Gaudí no dejó ninguna escuela. Y es que, pese a contar con muchos ayudantes, ninguno de ellos fue considerado como un seguidor, dispuesto a seguir los pasos del maestro. A lo que se añade que el propio Gaudí tampoco dejó ningún escrito sobre su estilo. Tan sólo existe el conocido como Manuscrito de Reus: una especie de diario de estudiante donde recogía diversas impresiones sobre arquitectura y decoración, exponiendo sus ideas al respecto.

Tal vez por ello, ha resultado tan difícil continuar con su obra una vez nos dejó su artífice. O eso quisiera pensar yo. Porque resulta cuanto menos chocante la estrambótica historia que ha rodeado a la Sagrada Familia desde aquel fatídico 10 de junio de 1926. Chocante sobre todo el hecho de que durante más de 50 años las obras apenas avanzaron, en teoría porque eran financiadas por la limosna de los fieles, lo que hacía que el trabajo fuera más que lento. Y sin embargo, a raíz de la visita del papa Benedicto XVI, para consagrar la Iglesia como basílica, las obras han avanzado una auténtica barbaridad.

Pero, por si no basta ver que en diez años se ha avanzado más que en los últimos setenta, asombra muchísimo más descubrir que se pretende terminar la construcción de la Basílica para el 2026. Menos de 13 años por delante, pero donde no es precisamente poco lo que queda por hacer. Para mostrarlo, echar un vistazo a este video donde se puede ver las que esperan ser las siguientes fases de la catedral.

No estoy aquí para negar que se pueda hacer algo así. Y está claro que el año elegido para su culmen no sería otro que el centenario de la muerte de su creador. Sería el punto final perfecto para una obra que ha dominado (con permiso de la torre Akbar) el skyline de Barcelona durante décadas, aunque siempre rodeada de andamios.

Pero, como decía, resulta difícil de creer que, precisamente en esta época de crisis donde todo son recortes, haya dinero y material suficiente para hacer en 13 años, lo que no se pudo hacer en 80.

Como se suele decir, el tiempo dará la razón.

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Keith Haring: La protesta hecha dibujo

3557000563_074afe6b2e_zEstoy segura de que la mayoría de vosotros ha oído hablar de Keith Haring. Y el resto que tal vez no sepa quién es este artista por nombre, de seguro que reconocerá algunas de sus obras. Aunque sólo sea porque hace años que los iconos de Haring protagonizaron una importante campaña de publicidad de una empresa telefónica.

Se puede decir que Keith Haring, norteamericano de finales del siglo XX, fue de los últimos grandes artistas internacionales que tuvo la suerte de triunfar en vida. Si bien en su caso, esta situación era algo inherente a su producción artística. Y es que Haring fue uno de los ejemplos estandarte del arte pop, y uno de los mayores representantes de un movimiento por aquel entonces en pañales: el graffiti. Un movimiento que, indudablemente, no podía triunfar si no era conocido y apreciado por el público en general.

Por supuesto, esto no significa que todos los artistas dedicados al graffiti triunfaron gracias a ser un arte callejero. De seguro que hubo y hoy en día hay muchos que no consiguen pasar del anonimato, por muy buenas que sean sus obras. Pero en el caso de Haring, el éxito de su producción se debió a una serie de capacidades propias, unidas a ese poco de suerte que siempre surge a la hora de hablar de arte y artistas.

haringretro1989“Retrospectiva”, 1989

Entre las habilidades de Haring, su capacidad de captar el espíritu de la época, sin duda fue la más destacada. Nacido en 1958 en Pennsylvania, en seguida mostró verdadera pasión por todo lo relacionado con el pop art de Warhol, los cómics, las películas de Disney, y todo aquello que plagaba la mente de un veinteañero en los años 70 y 80: la televisión, la tecnología, la música disco, el rap, el sexo y drogas. Haring fue capaz de fusionar todos esos elementos de una manera única, a través de figuras en apariencia sencillas, pero que acabaron convirtiéndose en auténticos símbolos de una época irrepetible.

Un estilo único y perfecto en su sencillez

Pero Haring, como buen artista que fue, no aprendió de la nada. Estudió en la Ivy School of Proffesional Art de Pittsburgh, tras lo que se mudó a Nueva York para asistir a la Escuela de Artes Visuales en los años 78 y 79. Ya desde el inicio, tuvo claro que su arte no era uno que debía encerrarse en las galerías o museos, y desde muy temprano se dedicó a vender las serigrafías que realizaba, a través de camisetas.

Tanto la originalidad de sus iconos, como la familiaridad con su público, consiguió que en seguida le llegara el éxito. En el año 79, con tan solo 21 años, realizó una performance en el conocido Club 57 de Manhattan, llamada Poetry-Word-Things, que ya adelantaba sus intereses personales. Sin embargo, fue su asistencia a una conferencia ofrecida por el artista búlgaro Christo, lo que terminó de motivas para empezar a realizar creaciones en espacios públicos. Era el origen del graffiti tal y como hoy lo entendemos.

Bebé radioactivo“Bebé radiactivo”

En su caso, el lienzo que Haring utilizó, fueron los carteles de publicidad del metro de Nueva York. En concreto, los paneles negros que cubrían los espacios reservados para los carteles de la publicidad, y sobre los que Haring pintaba con rotuladores y tizas blancas.

El lugar escogido, tan efímero como ilegal (fue detenido en más de una ocasión por vandalismo y destrucción del mobiliario urbano), no consiguió sino reportarle aún más fama. Sobre todo cuando ya había alcanzado el éxito necesario para poder vender sus obras a través de galerías, y a un precio nada despreciable. Y sin embargo. Haring siempre quiso estar cerca de su público, mostrando sus obras en espacios cotidianos. Pues los mensajes que en ellos mostraba, eran unos que quería y debía transmitir a todos.

2-keith-haring                                          Fotografía de Kaith Haring junto a su obra,                                            en los carteles publicitarios del metro de Nueva York

Las distintas figuras que pintaba Haring en todas sus obras, son unas conocidas por todos: las siluetas de hombres, perros ladrando, platillos volantes o televisiones. Todos ellos, referencias más que directas al peligro de la energía nuclear (sobre todo cuando añadía rayos saliendo de bebés gateando), buscaban ser una referencia al poder o el miedo a la tecnología. Dos problemas que, en aquellas décadas, eran una constante en todo el mundo. Y sobre todo en los jóvenes artistas del momento, tan llenos de inquietudes hacia el futuro. Pop Shop III“Pop Shop III”

El mundo por lienzo

tumblr_kss98wl4Zs1qz6f9yo1_500El éxito indiscutible le llegó en el año 1982, cuando expuso en Tony Shafrazi, la prestigiosa sala de Nueva York. Su lanzamiento como artista del momento, le permitió conocer a otros artistas de la escena underground neoyorquina. Tal vez por ello no sorprende que, entre los años 80 y 85, Haring se empeñó en decorar prácticamente todas las estaciones del metro de Nueva York. Cumplía así un deseo de mostrar su arte a todo el mundo, en una corriente totalmente alejada del capitalismo estadounidense que había marcado el “american way of life” desde los años 50.

Pero su éxito y popularidad le llevó enseguida a buscar otros escenarios públicos como lienzo para sus obras. De entre todos ellos (y habiéndose perdidos muchparis1os, al haber sido derruidos los edificios sobre los que se pintó), destaca el mural que pintó en el lado oriental del muro de Berlín tres años antes de su caída; un mural en el Necker Children´s Hospital de París, en 1987; o el mural que se creó en 1986 para celebrar el centenario de la Estatua de la Libertad.

Su afán por crear un arte por y para el público, dio un giro de tuerca cuando, en 1988, se le diagnosticó SIDA. Justo un año después creó la fundación Keith Haring para apoyar a los afectados por el virus, y que sigue funcionando hoy en día.

Una obra efímera y contínua

Tras su muerte, en 1990, muchas de sus obras se llevaron a numerosos museos repartidos por todo el mundo. Lamentablemente, debido al aspecto temporal de los graffitis, la gran mayoría se perdieron, y tan sólo se conservan hoy fotografías de dichos murales.

Pero tal vez ese aspecto efímero de su obra, es lo que ayuda a darle más autenticidad. Porque con Haring, como pocas veces ocurre con los artistas, el espectador siente una mayor conexión con la obra del artista, y con el propio autor. Ya no se trata de una obra única que sólo se puede ver en un museo en concreto, y tal vez por un periodo de tiempo determinado. Por el contrario, la importancia de sus obras residen en esos símbolos que dibujaba hasta la saciedad, y que trataban de plasmar ideas y sentimientos universales. Y mientras que el espectador pueda captar esas ideas, cada uno a su modo, el objetivo esta cumplido. Lo de menos es el soporte en el que se encuentra.

keith-haringPor ello, es normal que veamos imágenes de Haring en todo tipo de objetos. Desde los típicos pósters que se venden en las tiendas de arte, hasta en camisetas, himanes o tazas de desayuno. Es verdad, cualquiera puede hacer eso con cualquier cuadro o escultura que le guste. Pero mientras que una taza de las Meninas es vista como una reproducción del famoso cuadro de Velázquez; una taza en la que están dibujados dos muñecos junto a un corazón, sí que podemos decir que es “un Haring”. Un Haring plasmado en una taza, cierto. Pero la idea principal, el sentimiento que Keith quiso darle en su momento, no ha perdido su frescura en ningún momento.

30977_skuimgKeith_Haring_Foundation-New_York_NY-USANo extraña por ello que, en 1986, abriera la “Pop Shop”. Una tienda donde se vendían, y se siguen vendiendo, todos sus productos. A través de su web cualquiera puede adquirir un auténtico Haring a un precio más que asequible.

Para los interesados, la web de la Pop Shop es www.pop-shop.com

Y aunque en ella se vendan reproducciones de sus obras más conocidas en cualquier tipo de soporte, no se puede negar que son “Harings” cien por cien.

Nunca ha sido tan fácil adquirir una obra de un artista mundialmente conocido.

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Tamara de Lempicka. La diva del Art Decótumblr_m3i9wyOriq1qcn00go1_1280Autorretrato de Tamara de Lempicka

Comienzo esta nueva sección centrada en artistas que merece la pena conocer, con una autora que bien podría ser ejemplo prototipo de “la excepción que confirma la regla”. Y es que Tamara de Lempicka es un raro ejemplo de mujer artista que cosechó un increíble éxito en vida, haciendo algo tan alejado del público general como fueron los retratos.

Pese a que por nombre puede resultar desconocido, de seguro que habéis visto alguna de sus obras en revistas de moda y decoración, películas o incluso espectáculos de música. Pues fue tan grande el éxito que cosechó en vida, que habiendo transcurrido décadas desde su muerte, su característico estilo sigue siendo inspiración de artistas de todo tipo.

Las excepciones de Tamara

El éxito que consiguió la pintura de Tamara de Lempicka es la primera de esas excepciones que confirman la regla en cualquier otro artista. Nos encontramos a inicios del siglo XX, entre 1894 y 1902 (Tamara nunca llegó a confirmar su fecha de nacimiento). Una oleada de artistas recorre Europa al calor de las nuevas corrientes artísticas, las llamadas vanguardias, buscando alejarse del gusto tradicional y clásico. Fueron muchos los que lo intentaron, no hay duda. Pero fueron pocos los que lo consiguieron, esquivando así la miseria y el hambre que supuso el final para la gran mayoría: Van Gogh, Gauguin, Monet o Modigliani por citar sólo unos pocos ejemplos.

El hecho de ser mujer es sin duda la otra gran excepción de esta autora. ¿Cuántos nombres de pintoras, escultoras o arquitectas conocemos? Haberlas las hubo, está claro. Si bien la mayoría se dedicaron a pintar paisajes, bodegones o naturalezas muertas que vendían entre su círculo más cercano. Tanto porque las Academias de arte rechazaban su entrada en las mismas, con lo que difícilmente podían estar al nivel que sus compañeros varones; como por el hecho de que la propia sociedad de la época se negaba a que una mujer ensuciara sus manos pintando o esculpiendo. O, en otras palabras, no aceptaba que una mujer se dedicara a otra cosa que cuidar del hogar.

Una vida rodeada de lujo

Llegado a este punto, uno podría muy bien preguntarse qué tan de especial tenía Tamara de Lempicka como para conseguir la fama por encima del resto, y encima teniendo en su contra el pertenecer al llamado “sexo débil”. Pero lo cierto es que no todo fue gracias a su talento, sino que en su favor jugó mucho su familia.

Porque no hay duda que provenir de una familia aristocrática donde el dinero no falta, ayuda bastante a la hora de conseguir cualquier propósito. Gracias al dinero de la familia, pudo viajar por todo el mundo para conocer y estudiar en persona a los grandes artistas, perfeccionando así su técnica. Y gracias también a pertenecer a la élite de San Petersburgo, pudo rodearse de las personas adecuadas. El primero de ellos fue el abogado polaco Tadeusz Łempicki uno de los solteros más deseados de Polonia, y con quien llevó una vida lujosa hasta que estalló la Revolución de Octubre. De él se divorciaría en 1929, cuando el barón dijo basta a sus infidelidades, y conoció entonces al barón Raoul Kuffner de Diószegh, un gran coleccionista de su obra. Junto a él viajaría a Estados Unidos tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, siendo recibida con los brazos abiertos por la Jet Set Neoyorquina.

El hombre incompleto“El hombre incompleto” (1932) El caracter arrollador de Tamara de Lempicka se evidencia en el retrato del que fue su primer marido, Tadeusz. Le muestra en un clima frío, al presentarlo con abrigo, bufanda, gorro y guantes, pero donde destaca una mano desnuda y donde falta algo: su anillo de matrimonio. Es por eso el retrato de un hombre incompleto. 

Llegado a estas alturas, no es cuestión ni mucho menos de asegurar que Tamara consiguió su posición gracias a sus amistades, maridos y amantes, que no hay duda que tuvo muchos. La calidad de la obra de Lempicka era indudable para cualquiera, y habría sido así tanto con o sin fortuna familiar de por medio. Pero no hay duda de que el dinero y conocer a la gente adecuada, ayudó mucho a allanar el camino hacia el éxito. Y mucho más en una época donde las guerras crearon una enorme brecha de clases sociales, llenas de desbordante lujo y arte recargado para la minoría; hambre y penurias para el resto.

Estilo y clientela única

Toda la trayectoria de Lempicka se centró en un único género: El retrato. El suyo era un retrato caracterizado por las grandes dimensiones, los colores llamativos y las formas planas, casi cuadradas. Su producción se centra en retratos femeninos y en desnudos de ambos sexos. Pintaba mujeres etéreas, con ropajes flotantes y dedos largos, pero con un aspecto corpulento, casi escultural. Su estilo debía mucho al pintor Legèr, quien había evolucionado del cubismo, realizando pinturas no a base de cubos, sino de tubos, y que no podía ser llamada de otra manera que “corriente tubular”. Un título poco ingenioso, sin duda, pero también muy original en su técnica, y a la que Tamara dio una vuelta de tuerca más al centrarla en cuerpos humanos monumentales.

En un principio, no obstante, el estilo de Lempicka se centró en el Art Decó que estaba de moda por aquel entonces. Una corriente caracterizada por el exceso y lo recargado. La peculiaridad de su estilo gustó en seguida en el París de los Artistas, donde se mudó con su primer marido. En 1925 realizó su primera exposición individual de art decó, donde se hizo un nombre como artista. Además de en París, al viajar a Estados Unidos pudo conocer a otros artistas del momento, como fueron Willem de Kooning o Georgia O´Keeffe. Será a partir de 1960, poco antes de la muerte de su segundo marido, cuando Tamara se centra en el abstraccionismo, que terminó de reportarle la fama.

Mujer con vestido verde“Mujer con bestido verde” (1930) Las formas geométricas de la mujer son resaltadas por los colores brillantes: el verde del bestido, el rojo intenso de los labios, y el blanco de los guantes y la pamela, que terminan de situar a la mujer dentro de la alta sociedad.

Rodeada siempre de las personas más influyentes, tanto en su país natal (fuera éste Rusia o Polonia, no está del todo claro) como en el resto de lugares en que vivió; Tamara demostró su inteligencia, llevando a cabo lo que se podría definir como una campaña de Marketing sin igual. De este modo, por su taller pasaron escritores célebres, actores de Hollywood, científicos, condes y baronesas. Todos ellos, en su mundo lleno de fiestas, derroche y aparentar, buscaban ser retratados por la artista del momento. Tanto por conservar un cuadro de la autora, como por la propia experiencia de conocerla. Pues no haber sido pintado por Tamara de Lempicka, era casi sinónimo de no ser parte de la alta sociedad.

Es aquí donde surge la otra cara de la vida de la artista. Una cara B oculta, casi negra, llena de rumores y biografías no contrastadas. Algo que no deja de ser común en todo artista que ha alcanzado la fama, y en ese sentido Tamara no fue una excepción. Es así cómo la hipotética vida de Lempicka se llenó de fiestas con mujeres desnudas sobre las que se colocaban canapés y que solían acabar en orgías. Y tras ellas, la pintora regresaba a su estudio, colmada de adrenalina y cierta cantidad de cocaína, y pintaba durante horas hasta acabar rendida.

Andrómeda“Andrómeda” (1927) La heroína de la mitología clásica, retratada sobre un fondo urbano y gris, que no hace sino resaltar la monumentalidad de la mujer

Tal vez fuera cierto algo de esto. Como también lo fue el más que probable idilio que mantuvo con el poeta italiano D´Annunzio, o el abandono al que sometió a su hija Kizette, obsesionada con que la gente no supiera que tenía una hija, para así no desvelar una edad de la que nunca se llegó a tener confirmación. Hay miles de detalles que podrían llenar libros sobre la autora, y que sin duda contribuyeron a difundir el nombre de Tamara de Lempicka.

Pero no hay que olvidar que su fama se debió sobre todo a la propia producción de la artista. Y donde junto a los retratos de amigos y celebridades, también destacaron esos enormes desnudos femeninos, formados por formas geométricas que bebían del abstracto, y que le valieron el título de reina del “soft porn”. De sus retratos destacaba el hecho de que utilizaba una fusión de estilos antiguos para representar temas actuales, donde sus retratados vestían ropas y peinados de última moda. La pose lánguida de sus mujeres, en contraste con las máquinas con las que solía acompañarlas, hicieron que sus retratadas fueran consideradas como el claro ejemplo de mujer moderna, independiente y sexualmente liberada.Tamara de Lempicka conduciendo un Bugatti

 “Tamara en Bugatti verde” (1929) Autorretrato considerado como el ejemplo de la mujer moderna, y que se inspiró en la trágica muerte de la bailarina estadounidense Isadora Duncan, quien murió estrangulada en 1927, cuando su largo chal se enredó en una de las ruedas posteriores de su Bugatti.

Ocaso y resurrección

Lamentablemente, tras triunfar como pocos en Europa y Estados Unidos, su obra comenzó a ser desestimada. El cambio de gusto dentro del arte a partir de los 60, más centrado ahora en un expresionismo abstracto, hizo que el estilo de Tamara “ya no estuviera de moda”. Tras el fracaso en la exhibición que realizó en una Galería de Nueva York, donde apenas se vendieron sus cuadros, se prometió que no volvería a exhibir. Algo en lo que contribuyó mucho la avanzada edad de la artista, y su obsesión casi patológica por no mostrarse siempre perfecta, joven y bella.

Así ocurrió que Tamara de Lempicka, tras conocer la riqueza y derrocharla sin pausa, murió casi en el olvido. Fue en 1980 en Cuernavaca (México), en la mansión donde se había retirado a vivir sus últimos años. Por expreso deseo de Tamara, sus cenizas fueron lanzadas al volcán Popocatépetl desde un helicóptero, como último destello de una vida llena de excentricidades.

No fue hasta años después de su muerte, que el nombre de Lempicka volvió a resurgir. Lo hizo, como no podía ser de otra manera, rodeada de expectación y lujo. Cuando el 19 de marzo de 1994 la famosa casa de subastas Christie´s, situada en la Quinta Avenida de Nueva Yoek, puso a la venta un cuadro que perteneció a Barbra Streisand: “Adán y Eva”. La obra, de la que hasta entonces se desconocía su paradero, fue adjudicada por dos millones de dólares, y logró que volviera el afán por conseguir un Lempicka. Y al igual que las estrellas de los años 20 de Hollywood, muchos de los actores y artistas del momento iniciaron una búsqueda para tener una obra de la pintora de las estrellas. Entre muchos otros que lo consiguieron, figuran los nombres de Jack Nicholson, Sharon Stone o Madonna. (1931)

Adan y Eva“Adán y Eva” (1931) La monumentalidad y color de las figuras principales, contrasta con los rascacielos del fondo, apenas definidos y sin nada de color. Un tema clásico donde los haya, escenificado en el moderno Edén de Nueva York.

La inspiración de Lempicka

Tras este resurgir de las cenizas, el ave Fénix de Tamara no parece haberse extinguido todavía. No hay duda de que la iconografía de Lempicka, con esas mujeres corpulentas y colores vivos, atrae a expertos y poco entendidos por igual. Es por ello que, desde entonces, no resulta difícil encontrar algunos de sus cuadros en películas, como fondo de revistas de moda, o incluso en espectáculos multitudinarios. El mago David Copperfield, en su momento de mayor éxito, realizó una gira mundial en la que numerosas reproducciones de Tamara de Lempicka servían de fondo. Madonna se inspiró en su obra para el videoclip de sus éxitos “Vogue” y “Open your heart”. Y lo mismo ha venido ocurriendo con los desfiles de moda de Karl Lagerfeld, Armani, Max Mara o Vuitton desde los años 90, de los que es fácil encontrar un más que razonable parecido con los cuadros de la diva del art decó.

lagerfeldarmani

Carteles de las colecciones de Giorgio Armani y Karl Lagerfeld en los años 90, con clara inspiración en las mujeres de Tamara de Lempicka

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