Abu Simbel estará en Madrid hasta fin de año

Declarado Patrimonio de la Humanidad en 1979, el templo de Abu Simbel es uno de los lugares más visitados de Egipto y de todo el mundo, aunque también forma parte de la Historia por haber sido objeto de una de las colaboraciones internacionales más impactantes del siglo XX: la que tuvo lugar en 1968 a causa de la construcción de la nueva presa de Asuán, y que evitó que el templo quedara sumergido en el lago Nasser. Por todos estos motivos los templos de Abu Simbel de Ramsés II y Nefertari son de los monumentos que merece la pena visitar al menos una vez en la vida… Pero para los que el desierto de Egipto nos deja un poco lejos existe una exposición que ha conseguido traernos Egipto directamente hasta nosotros. En concreto, hasta la localidad madrileña de Alcobendas.

Se trata de una fiel reproducción realizada por el artista egipcio Hany Mostafa, que tardó 5 años en realizar a partir de las más de 100 visitas que realizó a los dos templos originales para poder recrearlos en todo su detalle, pero a una escala mucho más pequeña, por supuesto. Y es que, como no se pueden hacer fotografías en el interior de los templos, los diferentes paneles que realizó debieron partir de sus propios dibujos. Una tarea titánica que ha conseguido sus frutos con esta fantástica muestra itinerante.

Por tanto, visitar esta exposición no sólo es una estupenda manera de conocer los templos egipcios y a un más que módico precio, sino que también permite hacer todas las fotografías que queramos a una de las maravillas del arte.

Conociendo Abú Simbel

Son muchos los motivos por los que los templos de Abu Simbel son mundialmente conocidos. Por su sorprendente tamaño, excavados directamente en una montaña; por el trabajo que supuso moverlos de sitio (una obra de ingeniería que sigue asombrando a día de hoy); y ante todo porque entre ellos está el gran templo de Ramses II, el mayor faraón de todos los tiempos.

Y es que el de Ramsés II fue uno de los reinados más largos del Imperio Egipcio, con 66 años de duración, y motivo por el que su nombre sigue siendo tan conocido a día de hoy: durante las más de seis décadas que gobernó amplió las fronteras de Egipto y combatió a sus más fieros enemigos, destacando los nubios y los hititas.

Precisamente para conmemorar su gran victoria contra los hititas en la batalla de Qadesh (si bien en realidad se trató de un empate ya que al final firmaron un tratado de paz), Ramses II quiso construir el gran templo de Abu Simbel, y a su lado el templo de Nefertari en honor a su esposa favorita. Sí, esposa favorita, pues se cree que tuvo más de diez, mientras que sus hijos llegaron a superar la centena.

Ramsés II: Realidad o Ficción

Es cierto que con personajes históricos la leyenda acaba superando la realidad y son muchos los que pueden pensar que era imposible que Ramses II tuviera tantas esposas e hijos o tuviera un reinado tan próspero… Pero lo cierto es que con Ramses II nos encontramos con uno de esos personajes que directamente no parecen reales.

Para que nos hagamos una idea, por aquella época los egipcios vivían una media de 30 años, pero Ramsés II llegó a los 91 años. Y aquí no acaban sus sorprendentes cualidades: de media el hombre egipcio medía metro cincuenta, pero el gran faraón llegaba casi a los dos metros, y además era pelirrojo y de ojos claros, lo que tampoco era muy normal en aquella zona del planeta.

Viendo todo esto se entiende que, si por regla general se creía que el faraón era el hijo de los Dioses, Ramsés II no tuvo ningún problema en autoproclamarse directamente Dios y que a nadie se le ocurriera llevarle la contraria, pues eso era precisamente lo que parecía. Y es precisamente por este motivo por el que el templo de Abu Simbel está dedicado a cuatro dioses: Amón, Ra, Ptah y al propio Ramsés deificado.

Antes de centrarnos en los templos que pueden verse a pequeña escala en la exposición, un último detalle que es necesario conocer para comprender la importancia que tuvo este faraón: él formaba parte de la dinastía XIX, que fue inaugurada por Ramsés I, visir del general Horemheb de la dinastía XVIII.

En principio esto no parece nada extraño, pues cada nueva dinastía del Imperio Egipcio se inauguraba con la llegada de una nueva familia de faraones. Salvo por el peculiar detalle de que la dinastía XVIII fue una de las más peculiares de todo el Imperio, ya que en ella destacó la figura de Akenatón.

¿Qué tenía de particular Akenatón? Pues digamos que “todo”: de entrada, todas las representaciones que hay de él le muestran con un cráneo abultado, los labios y ojos caídos y un estómago bastante hinchado, lo que ya de entrada llama la atención en un arte en el que se debía mostrar al faraón como ese ser idealizado y perfecto que en teoría era. Pero en el caso de Akenatón no sólo se negó a esconder sus rasgos poco comunes y hasta malformaciones, dando inicio a un arte naturalista nunca visto hasta entonces, sino que directamente hizo que esos atributos se reflejaran en toda la familia real, dando origen así a un cambio en el estilo artístico en una época conocida como Periodo de Amarna que es el que tuvo lugar cuando Akenatón fundó una nueva capital: Ajetatón o Amarna en árabe.

El cambio de estilo artístico y de capital respondía al deseo del faraón de no seguir la religión del momento, caracterizada por un sinfín de deidades a las que se rendían culto constantemente. En su lugar decidió rendir culto a un único dios: el dios Atón o “disco solar”. En otras palabras, Akenatón consideraba que no era necesario construir templos para rendir culto a los dioses, pues todos podrían hacerlo simplemente observando al disco solar que había en el cielo… Algo que, como se puede intuir, no gustó mucho a un clero que se había convertido en uno de los grupos más ricos e influyentes, en tanto que ellos eran los responsables de atender las necesidades de cada uno de los dioses que protegían a las ciudades egipcias.

Por tanto, esta forma de pensar de Akenatón fue entendida por el clero como una rebelión, por lo que al acabar su reinado se abandonó la capital de Ajetatón, se intentaron eliminar todas las huellas arquitectónicas y artísticas que había dejado el faraón para la posteridad y que así no se le volviera a nombrar (el conocido como damnatio memoriae o condena de la memoria), y se encargaron de que su heredero, el famoso niño faraón Tutankamón (en un principio su nombre era Tutankatón, por estar bajo la protección del dios Atón), hiciera todo lo que ellos quisieran durante su breve reinado.

A Tutankamón le siguió el reinado de Ay, uno de sus consejeros, al casarse con la joven esposa de Tutankamón, y después el de Horemheb, general de Ay, que finalmente no tuvo descendencia. Por ello el sucesor de Horembeb fue uno de sus visires, que fundó la dinastía XIX bajo el nombre de Ramses I.

De este modo, tras una época tan turbulenta en la que directamente quedó en entredicho el poder del faraón o el culto a los dioses, se entiende que Ramses II, tercer faraón de la dinastía XIX, hiciera todo lo posible por recuperar el prestigio perdido. Y gracias también a las enseñanzas de su padre Seti I (otro de los grandes faraones de la dinastía) lo consiguió con creces, logrando que el suyo fuera y siga siendo uno de los reinados más recordados de todos los tiempos.

El templo de Ramsés II en Abu Simbel

El templo de Ramsés II fue construido en 20 años, entre el año 1284 y 1274 a.C. En su interior destacan los relieves que muestran la batalla de Qadesh, siendo curioso que aparezca narrada con dos versiones: en una se muestra lo que realmente ocurrió y que al final se llegó a un acuerdo de paz entre egipcios e hititas, y en otra (la más conocida) aparece representado Ramsés II como el gran vencedor. Aunque, en su defensa, los hititas hicieron exactamente lo mismo en sus templos.

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Aparte del poquísimo tiempo que tardó en construirse un templo tan gigantesco, de Abu Simbel destaca su estructura. Se trata de un speos (cueva en griego) ya que el templo está directamente escavado en la montaña, mientras que la fachada se talló directamente en la roca que componía la ladera. Es decir, se partió de una montaña de arenisca que fue perforada y labrada hasta darle el aspecto que tiene hoy en día… más o menos, ya que luego tuvo que reubicarse; pero de eso hablaremos luego. Y lo mismo ocurre con el templo de Nefertari, que se encontraba escavado en otra montaña cercana, dando los dos templos al famoso lago de Asuán.

Sin embargo, pese a su imponente tamaño y al faraón que los mandó construir, los templos de Abu Simbel acabaron cayendo en el olvido. Y es que cuando llegó el fin del Imperio Egipcio, después de que el Imperio Romano lo convirtiera en una de sus colonias, todas las construcciones acabaron siendo abandonadas y cubiertas de arena. Y sólo siglos después, en concreto en el año 1813, fue redescubierto gracias al célebre explorador e historiador Burckhardt, quien también descubrió la famosa ciudad de Petra en la actual Jordania.

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De su fachada destacan las cuatro estatuas sedentes que representan a Ramsés II llevando la doble corona del Alto y el Bajo Egipto; esto es, la corona que le representa como el faraón que controla tanto la parte del Bajo Egipto (la zona del delta del Nilo) y que se simboliza con una corona roja; como la del Alto Egipto (la zona sur, hasta la primera catarata del Nilo) y que es simbolizada con una corona blanca y alta.

La forma de estas dos coronas no es precisamente casual, ya que en la civilización egipcia todo desprendía un gran simbolismo. Así, si era importante que el faraón estuviera siempre representado con las dos coronas como ejemplo de unificación de las dos grandes zonas que componían el Imperio Egipcio, ocurría lo mismo con los símbolos que representaban esas dos zonas: una corona alta por estar en la zona alta del Nilo, y que además debía ser blanca como la flor de loto que crece especialmente en esta zona, y luego una corona baja y roja para el Bajo Egipto porque de este color es la fértil tierra del delta del Nilo.

Pero este no es ni mucho menos el único simbolismo que se puede ver en la fachada del templo de Ramsés II. Destacan también los babuinos que hay colocados en lo más alto del templo en una extraña postura. Se trata exactamente de 22 monos que aparecen con las piernas abiertas. Pero, ¿por qué aparecen con esta extraña postura? Pues porque esa era la manera en la que los babuinos se calentaban al sol después de comer… y como Ra era el gran dios del Sol, los egipcios rápidamente relacionaron esa postura como que los monos también estaban adorando al dios Sol, por lo que cualquier templo que estuviera dedicado a esta deidad tenía que tener obligatoriamente babuinos en su fachada, para de este modo contar con su protección.

Un último elemento a tener en cuenta en la fachada, entre las piernas de los cuatros colosos que representan a Ramsés II, son las representaciones de los familiares más influyentes en la vida del faraón: su principal esposa Nefertari, su madre la reina Tuya, sus primeros dos hijos y sus primeras seis hijas… Si hubieran tenido que representar a todos sus hijos no habría dado tiempo a construir el templo ni en 50 años.

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Una vez atravesada la imponente fachada nos encontramos con la típica disposición del templo egipcio, que para nada debe confundirse con un templo cristiano, puesto que para los egipcios el templo era el lugar de los dioses y tan sólo tenían permitida la entrada el clero (que era el encargado de llevar comida a la estatua del dios, así como de limpiarla) y el propio faraón. Se trataba por tanto de uno de los lugares más santos de la tierra, y eso debía quedar muy claro. ¿Cómo? Pues construyéndolo de tal forma que a medida que se avanzaba hacia el final, que es donde estaba la estatua que representaba al dios, el techo cada vez fuera bajando más y el tamaño de la estancia fuera cada vez más reducida, para dejar claro que se estaba entrando en un lugar muy especial y mágico.

De este modo, nada más entrar nos encontramos con una asombrosa sala hipóstila (sala de las columnas, en griego), que está sostenida por ocho grandes pilares que representan a Ramsés deificado y vinculado al dios Osiris, el dios del inframundo, en referencia a la aparente inmortalidad de Ramsés II.

Es en las paredes de esta sala hipóstila donde aparece representada la batalla de Qadesh (con sus dos versiones) y destaca que a ambos lados se abren pequeñas salas que no es nada común que aparezcan en los templos, donde las salas siempre se van a suceder en línea recta, y siempre con orientación Este Oeste para seguir el curso del sol. Y es que la creencia egipcia decía que sólo si el dios protegía a los egipcios, después de que éste estuviera satisfecho con las ofrendas que le daba el clero, el sol saldría cada mañana, lo que significaba que la luz había ganado a las tinieblas.

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Pasada la sala hipóstila nos encontramos con otra sala más pequeña y con el techo más bajo, en la que están representadas las clásicas imágenes de ofrendas a los dioses, y donde aparecen Ramsés y Neferari con las barcas sagradas de Amón y Ra. Y a continuación se encuentra la sala más pequeña de todas pero también la más importante, pues es el santuario del templo. En él están las estatuas de los cuatro dioses a los que está dedicado el templo, y que son las principales deidades de los principales centros de culto: Ra como principal dios de Heliópolis (la ciudad del sol), Amón como el dios de Tebas, Ptah como el dios de Menfis y finalmente Ramsés.

Pero además de representar a los tres principales dioses más el propio Ramsés, la colocación de las esculturas tampoco es casual. La importancia que concedían los egipcios a la simbología y a la representación de sus dioses era tal, que colocaron en uno de los extremos a la estatua de Ptah, el dios relacionado con el inframundo, de tal manera que siempre permaneciera en penumbras, da igual que día u hora fuera. Y el caso contrario ocurre con la estatua de Ramsés, situada al lado de Ra, pues cuando se construyó el templo se hizo para que el día 21 de octubre, que coincidía con el nacimiento de Ramsés II, los últimos rayos del día dieran de lleno en la estatua de Ramsés II.

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Y si ya es sorprendente ver la precisión de los arquitectos y astrólogos egipcios para que el templo estuviera levantado (en este caso excavado) exactamente donde querían, más sorprendente es ver que cuando se tuvo que trasladar el templo también se intentó recolocarlo para que se cumpliera esa misma tradición de que el 21 de octubre se iluminara la estatua del faraón. Y digo bien, “se intentó”, puesto que aunque se consiguió calcular la zona exacta para que tuviera la misma orientación, no se tuvo en cuenta que habían pasado más de 3.200 años desde que se construyó el templo original, por lo que el solsticio ya no tiene lugar el mismo día que lo hacía entonces. En conclusión: hoy en día este efecto de luz tiene lugar el 22 de octubre.

El templo de Nefertari en Abu Sumbel

También llamado “templo menor de Abu Simbel”, es el templo que Ramsés II mandó construir para su esposa Nefertari y está situado en la ladera de la montaña que hay al lado de la del templo de Ramsés II.

El interior del templo de Nerfertari es muy similar al de Ramsés II, pues siguen la misma disposición que los templos de la época: fachada, sala hipóstila y vestíbulo que antecede al santuario. Y a diferencia de los relieves que decoran el templo de Ramsés II, con escenas de batallas, en los de Nefertari sólo vemos escenas más clásicas de ofrendas a los dioses.

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Aun así, pese a que esta decoración del templo de Nefertari no es muy original comparada con la de Ramsés II, no hay que olvidar que el hecho de simplemente construir un templo para la esposa de un faraón ya era algo que nunca antes había ocurrido, lo que da muestra de la gran estima que Ramsés II tenía a su esposa favorita.

Y eso resulta evidente con la fachada del templo, en la que aparecen seis estatuas: cuatro de Ramsés II y dos de la propia Nefertari, todas del mismo tamaño. De nuevo, aunque esto parezca algo lógico, en el arte egipcio el hecho de representar a dos personas del mismo tamaño significa que las dos son igual de importantes. Es decir, que la idea que se quería dar con estas gigantescas esculturas era que Nefertari era igual de importante que Ramsés II. Y como además Ramsés II no aparece como faraón sino como Dios, pues él es el protector del templo, no hay problema: Nefertari también aparece representada como la diosa Hathor, al aparecer con el disco dorado, símbolo característico de esta diosa… Si es que no dejaban nada al azar.

Las obras de reubicación

El motivo de la reubicación de los templos de Abu Simbel se debió a que era necesario construir una nueva presa en Asuán para controlar la crecida del río Nilo, lo que haría que los dos templos acabaran sumergidos bajo el agua del lago Nasser. Para evitar que esto ocurriera, pues lo que no podía era paralizarse la construcción de la presa, en 1964 comenzaron unas obras titánicas que costaron 40 millones de dólares de la época, y que tenían como objetivo trasladar los templos desde su ubicación original a unos 200 metros más lejos del río y 65 metros más alto.

Para ello se contó con un equipo internacional de arqueólogos y la supervisión de la UNESCO, pues se trataba de la salvaguarda de uno de las joyas artísticas del país. Para el traslado de los templos fue necesario acometer dos grandes obras de ingeniería. Por un lado construir una montaña artificial que sustituyera a la que originalmente sirvió para excavar en ella el templo, y que se realizó con hormigón recubierto de arenisca. Y por otra cortar el conjunto de la fachada y el interior de los templos en gigantescos bloques de piedra de unas 20 toneladas de peso cada una, que se movieron con grúas.

Pero la historia no acaba ahí, ya que como agradecimiento Egipto entregó a los países que habían colaborado con ellos otros templos menores que también habrían quedado sumergidos bajo las aguas del lago Nasser. Uno de ellos fue el templo de Debod que sigue emplazado en Madrid, y que es uno de los cuatro únicos templos egipcios que están fuera de sus fronteras. Los otros son el templo de Dendur, que está en el Metropolitan Museum de Nueva York; el de Ellesiya en el Museo de Turín (Italia) y el de Taffa en el Rijksmuseum de los Países Bajos.

La exposición

Pese al increíble trabajo que realizó el artista Hany Mostafa al reproducir los dos templos de Abu Simbel, las diferencias con el original son evidentes y conviene tenerlas en cuenta para no llevarse desilusiones.

La primera, lógicamente, es la diferencia de tamaño: 33 metros de altura mide el original, mientras que la reproducción no llega a los 5 metros. Pero también cambia el interior de los dos templos.

Y es que tan sólo se ha reproducido el interior del templo de Ramsés II, más interesante desde el punto de vista histórico con las representaciones de la batallad de Qadesh. Por este mismo motivo la fachada del templo de Nefertari, que es la única reproducción de este templo, está situada en uno de los laterales del templo de Ramsés II, para aprovechar así el espacio disponible. Es decir, que lo que el espectador se va a encontrar es un templo con dos fachadas y un interior compartido, que es el que pertenece al templo de Ramsés II.

Pero si pasamos por alto este detalle, y que responde más a temas de infraestructura y aprovechar el espacio, la exposición sí que merece la pena. No ya sólo porque permite ver de cerca esta maravilla del arte a un más que módico precio y encima sin necesidad de coger un avión y viajar a Egipto; sino también porque permite fotografiar hasta hartarnos unos relieves que de otra manera sería imposible. Y como guinda del pastel, en la exposición también está reproducida a tamaño real la tumba del faraón Tutankamón que el célebre arqueólogo Howard Carter descubrió en 1922.

Más info:

Lugar: Invernadero de Arroyo de la Vega (Avda. Olímpica, 1). Alcobendas – Madrid.

Fecha: Hasta el 31 de diciembre

Precio: 7€.

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Acerca de barbaracruzsanchez

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