Un viaje por Florencia. Tercera parada: El David

Visitar Florencia es visitar su escultura más conocida, así como una de las más célebres del mundo entero: el David de Michelangelo Buonarroti, situado en la Galería de la Academia.

Aunque en realidad son tres los David que hay en la ciudad de Florencia. El primero es el original en mármol que está bien custodiado en la Galería de la Academia. El segundo es la copia también en mármol y situada a la entrada del Palazzo Vecchio, en Piazza della Signoria y en el mismo sitio que ocupó originalmente la obra de Michelangelo para que así todos los florentinos pudieran observar el nuevo símbolo de la ciudad.

Y por último existe una segunda copia, en esta ocasión realizada en bronce pero de mismas proporciones que el original, y que se encuentra en un lugar tan privilegiado como es el Piazzale Michelangiolo, una de las zonas más altas de la ciudad, desde la que se obtiene las mejores vistas de Florencia.

Pero volviendo al original, hay que admitir que uno puede sentir cierto recelo por ver esta escultura al pensar que para poder contemplarla primero debe hacer una largísima cola de horas de espera y pagar luego el nada módico precio de 13 € (lo mismo que te cuesta ir al Museo del Prado, pero donde hay miles de obras que contemplar). Y eso en el caso de que no queráis ahorraros la cola gracias a los “guías” que hay apostados en la calle a la caza del turista incauto, y al que le ofrecen visitar el David sin hacer cola por “solo” 40 €.

¿Pagar 40 € para ver una estatua que nos sabemos de memoria por la cantidad de fotografías que uno puede encontrar en internet, y que además está mal hecha?

Visto así es verdad que puede resultar excesivo. Pero si uno se lo toma con paciencia (y paga sólo el precio estándar), sí que merece la pena todo ese esfuerzo. Entre la escenografía del propio museo, sencilla pero efectiva gracias a un largo pasillo al fondo del cual se impone la gigantesca estatua del David, y la majestuosidad de ese muchacho que, según como se mire, parece furioso o sereno, tranquilo o a punto de atacar… vaya si merece la pena contemplarle durante un buen rato.

Eso sí, al hacerlo no hay que cometer el error de observarlo solamente desde el centro de la galería. Ya que estamos allí y ya que hemos pagado y esperado tanto para verlo, ¿por qué no aprovechar para rodear la estatua por todas partes y observar todos los detalles: su espalda cruzada por la honda (la misma honda que usó para acabar con el gigante Goliat, y que sólo al contemplarla muchos recuerdan que se trata del mismo David de la Biblia), su vigorosa mano de venas marcadas que sostiene la piedra, su cuerpo perfecto y, por último, esa expresión tan difícil de descifrar, hasta el punto de que según el sitio desde donde se observa parezca que tiene una expresión u otra.

Esa expresión es la famosa terribilità que Michelangelo era capaz de impregnar en todas sus obras, y que podría definirse como “el momento de calma justo antes de la tormenta”. Esto es, el momento en el que todo el cuerpo está en tensión y, aunque parezca sereno porque no está realizando ningún esfuerzo visible, en realidad está a punto de moverse. Y en el caso concreto de David, lo que representa es ese momento preciso en el que ya tiene fijado a su enemigo frente a él y tiene la piedra en la mano, dispuesto a lanzarla con su honda.

Evidentemente, a primera vista uno no es capaz de captar todo ese “movimiento contenido”, y es precisamente por ello por lo que con esta escultura, y prácticamente con todas las de Michelangelo, es más que recomendable dedicar un tiempo a contemplarla con calma, girando a su alrededor para descubrir todos esos detalles que en un primer momento pueden pasar desapercibidos.

¿Está mal hecho el David?

Dicho esto, quiero aclarar lo que he comentado al principio sobre que esta es una escultura que está “mal hecha”. En realidad esta es una verdad a medias en tanto que al contemplar esta obra lo primero que uno puede pensar, y con razón, es que el David es un tanto cabezón, y que por muy perfecta que sea su anatomía la mano derecha (la que sostiene la piedra) es bastante más grande en comparación con el resto del cuerpo.

Pues bien, esto es verdad. Pero también es verdad que el hecho de que estas partes del cuerpo sean más grandes que el resto no se debe a un fallo del escultor. Y es que originalmente esta escultura se pensó para que ocupara un lugar muy distinto al de Piazza della Signoria (donde se encuentra ahora la copia en mármol). Y ese lugar no era otro que los contrafuertes del Duomo de Florencia. Es decir, que estaría muy por encima de la gente que la contemplaría.

Por ello, siguiendo la misma técnica que se usaba con las esculturas colocadas en lo alto de las catedrales o de los templos griegos, y que si se contemplaran a ras del suelo se vería que están totalmente desproporcionadas, Michelangelo hizo a propósito más grande tanto la cabeza como la mano derecha. De este modo se podrían ver mejor esas partes, incluso si se contemplaban desde muy por debajo de la escultura, al haber creado la falsa ilusión de estar proporcionada, gracias precisamente a esa desproporción.

Y con respecto al sexo tan pequeño que tiene el David, que es otra cosa que sorprende bastante a la gente cuando lo compara con su musculatura de infarto en muslos, brazos y espalda (permitidme la licencia, pero el culo del David es uno de los más perfectos de toda la Historia del Arte), pues también tiene una explicación.

Y es que para la parte más íntima de la anatomía masculina Michelangelo también se inspiró en el arte clásico, donde era común mostrar a los atletas (las primeras representaciones de hombres desnudos) con cuerpos vigoroso y anatómicamente perfectos, pero con atributos sexuales bastante más pequeños.

Esto era así porque en la época de la Grecia clásica el canon de belleza estipulado decía que no se podían representar a esos atletas con un sexo masculino demasiado grande (o incluso proporcionado con el resto de su cuerpo) ya que si lo hicieran así sólo serviría para distraer la atención de todo el conjunto, que era lo más importante… En ese sentido, está claro que el canon de belleza sí que ha cambiado.

Esculpiendo al David

Por otro lado, del David de Michelangelo tan interesante es su resultado como la historia de su concepción, ya que esta obra fue una de las más complejas que tuvo que acometer el artista, pues no tuvo la opción siquiera de elegir el material con el que iba a trabajar. Un inconveniente que en el caso de Michelangelo era más peliagudo por su peculiar forma de trabajar, ya que al contemplar cada bloque de mármol el artista florentino también veía la escultura que estaba “encerrada” (el “alma” de la escultura, lo llamaba) y que debía sacar por medio de su cincel y martillo. Por ello era el único artista que trabajaba directamente sobre el bloque de mármol, sin haber hecho antes un modelo en yeso a escala real, que era la manera tradicional de trabajar el mármol.

Por tanto, viendo la gran importancia que Michelangelo concedía al bloque de mármol que iba a servir como materia prima, poca gracia tuvo que hacerle que le entregaran un bloque ya elegido y que además fuera increíblemente grande (5 metros de altura), pues lo normal era que un artista trabajara en base a distintos bloques más pequeños que luego unía. ¡Ah! Y además ese bloque ya había sido utilizado por otros artistas antes que él, quienes debieron renunciar al trabajo porque tenía muchas vetas, lo que lo hacía especialmente frágil… De hecho, ese bloque de mármol, apodado “el gigante” estuvo 25 años abandonado en el taller del Duomo de Florencia, esperando a que llegara un artista capaz de hacer algo con él.

Y con todos estos inconvenientes Michelangelo no sólo consiguió hacer el trabajo que le habían encargado, sino que creó una escultura única en el mundo que le catapultó al puesto número 1 de los artistas de todos los tiempos. ¡Y además la realizó con sólo 26 años, tardando apenas dos años en completarla!

El resultado gustó tanto que los responsables de la Opera del Duomo (institución que velaba por las obras religiosas de Florencia y que encargó este proyecto), que eran los que habían financiado este proyecto, decidieron cambiar el lugar en que se colocaría la estatua, pues quería que todos los florentinos pudieran admirarla. Y fue así como la que en un principio iba a ser una representación religiosa pensada para situarse en lo alto de la catedral, acabó convirtiéndose en un símbolo civil de toda la ciudad de Florencia.

El traslado desde el taller del Duomo hasta la Piazza della Signoria duró 4 días, tras los que todos los florentinos quedaron impactados ante esta escultura tan clásica y novedosa al mismo tiempo. Clásica por la representación de un personaje bíblico como si fuera un atleta de la Antigua Grecia, y moderna porque esta escultura estaba pensada para ser contemplada desde todos los ángulos en lugar de manera frontal, que era lo propio durante la Edad Media.

Esto es visible con la posición del cuerpo, que se encuentra girado y en una posición de contrapposto con la pierna izquierda adelantada y apoyando todo el peso en la derecha. Y con respecto a los brazos vemos que el está elevado mientras que el derecho aparece relajado y, finalmente, el cuello se ha girado a la izquierda para contemplar a su enemigo. En resumen, hay que rodear la estatua para poder comprender todo lo que está ocurriendo, lo que responde a una forma de entender el arte más propio del Renacimiento.

Y un último detalle que diferencia al David de Michelangelo del resto: la ausencia de su enemigo, el gigante Goliat, y que suele ser el que sirve para reconocer a ese chico que está armado con una simple honda. Pero aquí no aparece por ningún lado porque todo el foco de atención se centra en este muchacho perfecto, hermoso y arrogante. En resumen, el David no es ya la representación de un personaje bíblico, sino de toda una mentalidad.

Los esclavos

Por último, no quiero concluir mi visita a la Galería de la Academia sin olvidarme de las otras esculturas que muchos visitantes olvidan contemplar, y eso que pertenecen al mismo artista. Me refiero a los cuatro esclavos que sirven como guardianes del David, al estar situados a cada lado del largo pasillo que antecede a esta asombrosa escultura.

Estos esclavos, representados como jóvenes desnudos que tratan de liberarse de sus cadenas, son otro magnífico ejemplo de la forma de trabajar de Michelangelo Buonarroti. Y es que las cuatro esculturas están sin concluir, como ocurría con las alegorías de las tumbas de los Medici, por lo que volvemos a ver partes de la obra terminadas mientras que otras son directamente el bloque de mármol apenas sin tocar.

Surge de este modo una peculiar imagen de lo más alegórica, y en lugar de ser cuatro esclavos que están intentando librarse de sus cadenas, lo que vemos son a cuatro jóvenes que tratan de escapar del bloque de mármol en el que estaban prisioneros, y del que finalmente Michelangelo nos pudo liberarles al quedar el trabajo sin concluir.

Esclavo del museo del Louvre, Michelangelo Buonarroti

Y no pudo completar la obra debido a que el encargo del que formaban parte las esculturas (una tumba) fue increíblemente grandioso, repitiéndose así la misma historia que vimos con las tumbas de Lorenzo el Magnífico y Giulliano de Medici en la Sacristía Nueva de San Lorenzo.

Fue el Papa Julio II quien quiso que Michelangelo realizara esta gigantesca tumba. Pero en esta ocasión, a diferencia de los problemas políticos por los que atravesaron los Medici cuando le pidieron a Michelangelo que hiciera las tumbas de sus familiares, el problema fue que se juntó un cliente (el Papa) que a caprichoso no le ganaba nadie y que tenía la mala costumbre de cambiar de idea cuando ya estaba parte del trabajo hecho; con un artista (Michelangelo) cuya genialidad sólo era equiparable a su genio y fuerte carácter.

Con semejante perspectiva uno puede imaginar las tremendas discusiones que hubo entre los dos y que contribuyeron a retrasar constantemente el proyecto (además de la falta de dinero al ser un proyecto tan increiblemente costoso), hasta el punto de que al final sólo quedó una décima parte de lo que debería haber sido.

Para que os hagáis una idea, la actual tumba de Julio II se encuentra en Roma, en la iglesia de San Pietro in Vincoli. Pero esta tumba no es tan conocida por ser la tumba del Papa Julio II, ya que ni siquiera cuenta con una representación de ese hombre, como por ser el Moisés de Michelangelo, otro de los ejemplos cumbres de la famosa terribilitá. Y en esta ocasión el momento de calma contenida hace referencia al preciso instante en que Moisés, harto del comportamiento de los hombres, está a punto de levantarse para romper las tablas con los mandamientos que Dios acaba de dictarle.

Pues bien, el proyecto original que quiso llevar a cabo el Papa Julio II y que Buonarroti jamás pudo completar estipulaba que estuviera compuesta por tres pisos: uno intermedio decorado con cuatro esculturas como la del Moisés, uno inferior con doce esclavos que servirían de base al conjunto (cuatro son los que están en Florencia y hay otros dos en el museo del Louvre, en París), y un piso superior con una gigantesca representación del Papa…

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En resumen, una “discreta” sepultura inspirada en el Mausoleo de Halicarnaso (uno de los grandes sátrapas del imperio persa) para un hombre que no era tan humilde como uno cabría esperar en el sucesor de San Pedro, y que convirtió la vida de Michelangelo en una auténtica pesadilla, ya que ni pudo completar este trabajo ni los otros que tenía pendientes en Florencia.

Pero Julio II no sólo le encargó a Michelangelo su tumba, sino también la decoración de la bóveda de la Capilla Sixtina. Otra obra cumbre de la Historia del Arte y que también supuso eternas discusiones entre artista y mecenas, especialmente por el hecho de que Michelangelo se consideraba más escultor que pintor, por lo que desde el principio no se sintió cómodo con el encargo.

Y eso por no hablar de que Michelangelo Buonarroti siempre estuvo convencido de que el Papa le ofreció este proyecto a él por “recomendación” de otros pintores rivales (entre ellos Rafael, el pintor favorito de Julio II) sólo para verle fracasar… Y aun así, madre mía lo que le salió.

Eso sí, Michelangelo se vengó con creces del tormento sufrido a manos de Julio II cuando, aprovechando que debía pintar el Juicio Final (también en la Capilla Sixtina), en esta ocasión por encargo del Papa Pablo III, decidió colocar a Julio II en la zona de los condenados al Infierno, donde permanecerá para la eternidad y a la vista de todos los visitantes del Vaticano.

Definitivamente, un artista con carácter.

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Acerca de barbaracruzsanchez

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