Un viaje por Florencia. Primera parada: El Duomo

Viajar a Florencia es visitar todo un mundo compuesto por muchas ciudades a la vez: la ciudad-cuna del Renacimiento, la ciudad de los Medici, la ciudad de Michelangelo y su David… Pero también, un poco más cercano en el tiempo, también es la ciudad de la moda, de la pasta, del vino Chianti, de los helados y de las joyerías del Ponte Vecchio.

Todo esto y mucho más confluyen en un único punto geográfico que, ante tanto esplendor y lugares que ver, es lógico que uno sienta demasiadas emociones a la vez. No en vano a Florencia también se le debe el famoso síndrome de Stendhal (que también se conoce como el estrés del viajero o síndrome de Florencia) que es el que surge cuando una persona queda embriagada ante tanta belleza, sufriendo palpitaciones o incluso vértigos, y que el Sr. Stendhal sufrió al salir de la Iglesia de Santa Croce.

Y tal vez al señor Stendhal lo que más le afectó fue el calor y la humedad que puede llegar a ser abrumadora, sobre todo en los meses de verano, o la horda de turistas que pueblan la ciudad los 365 días del año y que es a lo que uno más tarda en acostumbrarse; pero lo que hay que reconocer es que Florencia es una ciudad que no pasa desapercibida y ante la que es normal emocionarse.

En mi caso, cuando tuve la suerte de regresar hace unas semanas, no diré que me desmayé fruto de la emoción. Pero sí que admitiré que al contemplar por primera vez la cúpula de Filippo Brunelleschi, esa impresionante construcción roja que corona la Plaza del Duomo, o cuando observé desde el suelo la escultura de la cabeza de medusa sujeta por Perseo, cuyo gesto arrogante consiguió plasmar a la perfección Benvenuto Cellini; sí que rompí a llorar en una mezcla de nerviosismo ante tanta belleza y tanta historia contenida en aquellos fragmentos de piedra, mármol y bronce.

Piazza della Signoria

Es por todo esto que una ciudad tan grandiosa, cuyo casco histórico fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 1982, merece más de una entrada. De este modo los siguientes post, comenzando con este primero, harán más la función de diario de viaje, emulando así al famoso Gran Tour al que tantas veces he hecho referencia en este mismo blog.

Primer día de viaje

El primer día, casi por obligación, lo dediqué a visitar la plaza del Duomo. Situada en un punto estratégico en el que confluyen las principales arterias del casco histórico y con la cúpula de la catedral visible desde prácticamente todas partes, no había mejor manera de comenzar el recorrido por Florencia que con el Duomo de Florencia, también conocido como la Catedral de Santa María del Fiore (Santa María de las flores).

Antes de comenzar, eso sí, responderé una pregunta muy común al oír la palabra “duomo” por primera vez: ¿qué diferencia hay entre catedral y duomo? Pues bien; en realidad no hay ninguna diferencia, ya que “duomo” es el término con el que se designa a la principal iglesia de una ciudad, y que generalmente corresponde a una catedral, como ocurre con los duomi más conocidos de Italia: el de Milán y éste de Florencia.

Efectivamente, el Duomo es lo primero que se ve al adentrarse en el casco histórico, debido a que se ha conservado el aspecto renacentista, caracterizado por edificios (los llamados palazzos) de un máximo de tres alturas. De este modo, sólo los campanarios de las iglesias destacan sobre un mar de tejados rojos, especialmente la torre del Palazzo Vecchio, residencia de los gobernantes de Florencia situada en la Piazza della Signoria; y el impresionante conjunto de la Plaza del Duomo formado por el campanario de Giotto, el baptisterio y la magnífica cúpula de Filippo Brunelleschi, coronando el duomo.

La cúpula destaca por su altura pero sobre todo por su anchura, y ese fue el motivo por el que pasó a la Historia del Arte tanto la cúpula como su creador: Filippo Brunelleschi, además del benefactor que financió su construcción: Cosimo de Medici.

Estos dos hombres: Brunelleschi y Medici, se encontraron en un momento de la Historia muy concreto que supuso el punto de inicio a uno de los periodos artísticos más conocidos: el Renacimiento; en concreto el periodo del Quattrocento, definido así por tener lugar entre el años 1400 y 1499 d.C.

Esculturas de Fillipo Brunelleschi (izquierda) y Cosimo de Medici (derecha) de la Galería Ufizzi

Fue en el año 1419 cuando Cosimo de Medici, patriarca de la gran familia de banqueros de Florencia (aunque sus rivales siempre les llamaron usureros), decidió emprender la obra artística más difícil de todas: coronar de una vez por todas el Duomo de Florencia y que llevaba desde 1380 sin concluir, ya que desde esa fecha nadie había sido capaz de crear una cúpula tan ancha, con 45,5 metros de diámetro.

Tuvieron que pasar casi 40 años para que Cosimo de Medici, un hombre al que el dinero y el arrojo le sobraban, viera en la cúpula del Duomo la mejor manera de terminar de instaurar su poder en Florencia, al ofrecer una obra religiosa que además alejaría definitivamente los demonios de la peste (esta enfermedad asoló Europa pero en el caso de Florencia fue especialmente dura, ya que sólo sobrevivió una quinta parte de la población).

Por tanto, crear una iglesia única en el mundo serviría a su vez para darle poder a los Medici, aliviar a los creyentes temerosos de tantas desgracias, y de paso enriquecer la ciudad, ya que todo el mundo la visitaría para contemplar a la catedral más grande del mundo (San Pedro del Vaticano no se construiría, tal y como hoy la conocemos, hasta el año 1626).

Pero para conseguir este objetivo Cosimo necesitaba a otro hombre tan arrojado como él: Filippo Brunelleschi. Eso sí, primero Brunelleschi debió superar a sus otros rivales arquitectos, ya que lo que hizo Cosimo fue proponer un concurso de arquitectos en el que se reunirían todas las propuestas para construir la cúpula y que esta no se viniera abajo por el excesivo peso de los materiales debido a sus grandes proporciones.

Y fue en ese concurso de talentos, si queremos llamarlo así, donde Brunelleschi propuso una idea que, en realidad, definiría a toda la época del Renacimiento: inspirarse en los clásicos.

Interior del panteón de Agripa (Roma)

Fue así que, viendo que las técnicas arquitectónicas de la época no funcionaban, Brunelleschi se inspiró directamente en las más antiguas. En concreto se basó en un edificio de la época de los emperadores romanos que pudo contemplar en persona en la ciudad de Roma: el panteón de Agripa.

Este edificio destaca por tener una cúpula de 43,44 metros de diámetro (prácticamente el mismo que el del Duomo de Florencia), y en su centro, en lo más alto de la misma, sorprende un impresionante óculo. Pues bien, esta cúpula se había construido en el año 125 d.C., y se mantenía tan firme como el primer día.

La idea de Brunelleschi, por tanto, era evidente: había que hacer lo mismo que hicieron los romanos. Y lo que hicieron ellos fue algo tan sencillo (y lógico realmente), como era primar la practicidad sobre el lujo. De este modo construyeron una gigantesca cúpula usando un material tan poco noble como era el tufo, una piedra volcánica increíblemente ligera que permitía crear estructuras tan grandes sin necesidad de que cayeran sobre su propio peso. Y Brunelleschi hizo exactamente lo mismo.

Diseño del interior de la cúpula del Duomo

Pero como no dejaba de estar construyendo la cúpula del Duomo de Florencia y ahí era importante mantener la armonía con el resto del conjunto de la plaza, a Brunelleschi se le ocurrió la genial idea de construir una doble cúpula (dos cúpulas superpuestas, una dentro de la otra) con un material de poco peso como era el ladrillo. A su vez, las cúpulas se dividieron en secciones en forma de gajos, lo que permitió que se contrarrestaran las fuerzas de tracción de las dos cúpulas, aligerando así el peso del conjunto. Una verdadera obra de ingeniería que a día de hoy sigue sorprendiendo.

Tumba de Fillipo Brunelleschi (cripta del Duomo de Florencia)

Fue tanto el éxito conseguido por Brunelleschi y tanto lo que le debió la ciudad a este hombre que consiguió convertir Florencia en el centro del arte; que como agradecimiento los restos de Filippo Brunelleschi se llevaron a la cripta del Duomo, para que pudiera descansar por la eternidad junto a su mayor obra.

Campanario del Duomo, de Giotto

El interior del Duomo

El problema de una catedral tan grandiosa y cuya cúpula es visible desde prácticamente cualquier punto de la ciudad, así como ocurre con el campanario obra de Giotto y cuyos 85 metros de altura (414 escalones si se quieren subir) cumplen más una función meramente ornamental que práctica; es que al entrar en el duomo puede sorprender un poco lo “vacío” que está. Especialmente si se compara con otras iglesias situadas en la misma ciudad: Santa Croce, San Lorenzo, Santo Spirito o incluso el edificio del baptisterio que se levanta justo al lado.

Porque en el caso del Duomo, salvando la decoración del altar mayor, el resto del espacio es increíblemente diáfano.

Llegado a este ùnto no debemos olvidar que la catedral es una construcción puramente medieval (comenzó a construirse en 1296), por lo que todavía no se conocían las técnicas arquitectónicas que permitirían elevar esos grandes muros repletos de vidrieras propias del Gótico, y mucho menos las columnas de mármol que se pueden ver en las iglesias de la Roma renacentista y barroca (s.XVI y XVII).

Por el contrario, las catedrales puramente medievales se caracterizaban por tener unos muros muy gruesos y sin apenas ventanas que, por otro lado, es justo lo que le confieren ese aspecto más misterioso e imponente a partes iguales.

Y si a este ambiente tan misterioso le añadimos que en su interior tuvo lugar uno de los episodios más trágicos de los Medici, pues ya tenemos los ingredientes perfectos para “disfrutar” de la visita de un edificio tan aparentemente “simple”.

La conjura de los Pazzi

Este episodio, que tiene más de título de novela negra que de hecho histórico, corresponde a los eventos trágicos y muy reales que tuvieron lugar en el año 1478 en el interior del Duomo de Florencia. Fue cuando Lorenzo (apodado el Magnífico) y su hermano Giuliano, los dos nietos de Cosimo de Medici y señores de Florencia por aquel entonces (y de casi media Europa) sufrieron un ataque en plena misa orquestado por los Pazzi, una de sus principales familias rivales por el control de la ciudad.

En dicho ataque Lorenzo resultó herido pero Giuliano murió y la respuesta de Lorenzo no se hizo esperar: su cólera cayó sobre los Pazzi, así como la de un pueblo que apoyaba a la familia de banqueros, y rápidamente se buscó a los responsables.

En cuestión de horas éstos fueron declarados culpables con la pena máxima, tras lo que sus cadáveres se colgaron de las ventanas del Palazzo Vecchio, en la Piazza Della Signoria, como aviso ante el resto de enemigos de la familia… Se ve que la sutileza no iba con los Medici a la hora de emprender obras artísticas gigantescas, y tampoco cuando de amenazar a sus rivales se trataba.

Capilla Pazzi, de Brunelleschi (Santa Croce)

El Baptisterio

Situado justo al lado del duomo este edificio supone el ejemplo opuesto a la catedral en tanto que, si en el duomo destaca el exterior sobre el interior, en el baptisterio es su interior lo que verdaderamente sorprende, y eso que las puertas exteriores son uno de los elementos más fotografiados de toda la Piazza del Duomo.

Pero empecemos por el principio. El baptisterio es el edificio que cumple con una única función: la de realizar el sacramento del bautismo. Una ceremonia que antiguamente se realizaba siempre fuera de las iglesias, pues en teoría nadie que no fuera cristiano podía entrar en el templo de Dios. Así, las iglesias religiosas medievales se caracterizaban por ser en realidad un conjunto de tres edificios: la iglesia propiamente dicha, el campanario desde el que se llamaba a la misa, y el baptisterio situado a pocos metros de la iglesia para realizar los bautizos.

En concreto el conjunto de la Piazza del Duomo de Florencia debe mucho al que se encuentra en la ciudad de Pisa, y que durante mucho tiempo fue la ciudad italiana más importante… hasta que llegaron los Medici y, no queriendo ser menos que su rival Pisa, copiaron primero el modelo establecido pero a una escala más grande, y luego iniciaron su propio estilo artístico, rodeándose de los grandes genios del Renacimiento.

Es por ello que ambos baptisterios de Pisa y Florencia comparten la misma planta circular, destacando la altísima cúpula y una bóveda interior ricamente decorada. Y es en ese interior donde recordamos que estamos ante un edifico puramente medieval y no renacentista.

De hecho, el edificio original se construyó en época romana (siglo I d.C.) y no fue hasta el siglo XI que no se comenzó a remodelar, ampliando su estructura y enriqueciendo el edificio para así dar fe de la potencia económica de la ciudad.

Por ello el interior destaca por el dorado de los frescos, y que era un elemento muy típico del arte bizantino de esa época, con las típicas representaciones bíblicas propias de estos edificios: en el centro un Cristo presentado como juez, pues bajo él se muestra el Juicio Final y todas las jerarquías de ángeles, así como diferentes historias de la Biblia. En resumen, el ejemplo perfecto de lo que ya he comentado en muchas ocasiones: el arte como enseñanza de las sagradas escrituras para las personas que no fueran capaces de leer la Biblia.

No obstante, pese a que el interior del baptisterio es realmente impresionante, comentaba antes que son sus puertas exteriores lo que más atención atraen. Y teniendo en cuenta que esas puertas son conocidas como “las puertas del Paraíso” y que fue el mismísimo Michelangelo Buonarroti quien les puso ese sobrenombre, se intuye su importancia.

Con estas puertas ocurrió más o menos lo mismo que lo vivido con Brunelleschi y el concurso para encontrar la mejor solución a la hora de crear la cúpula. Así, aunque el primer conjunto de puertas de bronce que se instalaron en el año 1336, pertenecientes al lado Sur, correspondieron a un encargo directo a Andrea Pisano, uno de los escultores más célebres del momento (él fue quien hizo la pila bautismal del baptisterio de Pisa); las siguientes puertas no fueron encargadas “a dedo”.

Por el contrario, en el año 1401 tuvo lugar un concurso para elegir al encargado de realizar el conjunto de puertas para el lado Norte, y en ese concurso participaron artistas de la talla de Donatello, Jacopo della Quercia, Lorenzo Ghiberti o el mismo Filippo Brunelleschi, que 18 años después participaría para el concurso del edificio que estaba justo al lado del Baptisterio.

Y es que no hay que olvidar que lo que más destacaba entre los artistas del renacimiento era que, aunque fueran especialistas en un arte en concreto (escultura, pintura o arquitectura), en realidad eran expertos en las tres principales artes. De ahí que no sorprenda que Brunelleschi intentara ganar el concurso gracias a su escultura y, cuando no lo consiguió, decidió pasarse a la arquitectura y viajar a Roma para estudiar a los clásicos y aprender de ellos… Y viendo el resultado de la cúpula del Duomo, definitivamente hizo bien en cambiar de especialidad.

Porque efectivamente, Filippo Brunelleschi no fue el ganador de este concurso, sino Lorenzo Ghiberti. Ghiberti consiguió hacerse con el reconocimiento del jurado gracias a un relieve en bronce que mostraba el Sacrificio de Isaac, una de las escenas bíblicas más representadas.

Si vemos los dos modelos presentados por Ghiberti (derecha) y Brunelleschi (izquierda) queda claro que los jueces lo tuvieron fácil a la hora de ver en Lorenzo Ghiberti al digno ganador del concurso, pues el nivel de realismo conseguido era sorprendente. Sobre todo si tenemos en cuenta que acababa de comenzar el siglo XV, primer siglo cumbre del Renacimiento, y hacía prácticamente nada que el arte medieval consistía en figuras poco realistas donde lo importante era mostrar una jerarquía clara entre las representaciones de Dios, la Virgen y demás santos, con los simples mortales.

Detalle de las puertas del paraíso del baptisterio, de Lorenzo Ghiberti

Ghiberti consiguió mostrar un realismo sorprendente gracias al uso de la perspectiva y los distintos grados de relieve. De este modo, en los primeros planos realizó un relieve muy pronunciado que se acercaba más a una escultura entera (de bulto redondo es como se conoce a la clásica escultura) que a un relieve; mientras que en los planos del fondo, para dejar clara esa idea de lejanía, las personas y paisajes representados apenas sobresalían.

Con estas puertas de bronce Lorenzo Ghiberti demostró que era un auténtico artista del Renacimiento, ya que elevó el arte de la escultura a unas cotas inimaginables, sobre todo si recordarmos que la famosa perspectiva era una técnica que estaba empezando a desarrollarse para conseguir dar mayor realismo a la escena.

El resultado fue tan sorprendente, tras 21 años de trabajo, que Lorenzo Ghiberti recibió a cambio el honor de que su propio rostro figurara en las puertas, gracias a un autorretrato que ha quedado para la posteridad.

Autorretrato de Lorenzo Ghiberti

Y hasta aquí llega el primer día del viaje por Florencia, que como veis dio para mucho. La próxima semana nos centraremos en otro de los artistas con más presencia en la ciudad de Florencia: Michelangelo Buonarroti.

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Acerca de barbaracruzsanchez

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