Metapintura: el arte dentro del arte

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Tenía mucha curiosidad por la exposición que El Museo del Prado lleva ofreciendo a sus visitantes desde el pasado mes de noviembre, y cuyo recorrido terminará la semana próxima, el 19 de febrero. Se trata de una muestra donde el arte es el protagonista indiscutible, ya que el objetivo es el de reflejar los distintos significados que ha tenido el arte a lo largo de la historia y teniendo una fecha muy concreta el final de ese recorrido: la inauguración del Museo del Prado.

En numerosas ocasiones, a lo largo de las entradas de este blog, he comentado que una de las peculiaridades del arte es precisamente lo mucho que ha variado su significado a lo largo de los siglos. Y que de este modo, lo que hoy se percibe como un objeto de lujo gracias a la aparición de las casas de subastas, en el pasado era visto como la manera más sencilla y eficaz de educar a la mayoría analfabeta de las poblaciones, que no eran capaces de leer las escrituras de la Biblia, por ejemplo; o como la manera que tenían reyes y papas de comunicar sus decisiones a la hora de forjar alianzas y matrimonios.

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Isabel Clara Eugenia y Magdalena Ruiz (Alonso Sánchez Coello) 1585

Parte de esta idea se refleja, como es lógico, en la exposición de Metapintura, pero además se ofrecen otros ejemplos de temática que resultan de lo más interesante. La idea final es la de mostrar los distintos conceptos que han existido del arte a lo largo de la Historia, y que son bastante más de lo que podríamos imaginarnos en un principio; hasta llegar a un momento concreto en el que, gracias a la aparición de los museos, el propio arte se convirtió en el tema central de las obras de arte. Es decir, cuando los artistas optaron por representarse a sí mismos y los escenarios en los que trabajaban, concediéndole la misma importancia que anteriormente hubiera tenido, por ejemplo, representar a un rey o un Cristo yaciente.

Como es lógico, este recorrido ha sido largo y lento, a lo largo de los siglos, pues para que el propio artista y su trabajo fuera visto como algo tan importante que pudiera estar al mismo nivel de los milagros divinos, era necesario que también se diera un cambio de mentalidad. Y ese cambio es el que más tiempo costó llevar a cabo.

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Autorretrato (Goya) 1815

Es por ello que, siguiendo un orden cronológico y sacando provecho de las cientos de obras que se guardan en los fondos del Museo del Prado, se ha podido crear esta exposición dividida en varias secciones, atendiendo a esos distintos conceptos del arte que se han dado a lo largo de la Historia.

Orígenes: la religión

Como podrá intuirse por lo comentado hasta ahora, al principio el arte sólo tenía una función: la de servir como testimonio de la divinidad, ya que a través de las pinturas y esculturas era la única manera que se tenía de demostrar las obras y milagros de los dioses.

Esta idea era común en todas las civilizaciones, independientemente de la religión que se siguiera en esos momentos (ahí tenemos todas las esculturas de los dioses de la mitología clásica, por ejemplo), pero en el caso del Museo del Prado, cuyo patrimonio se nutre de las obras recopiladas por la casa de Austria y luego de los Borbones, es lógico que los ejemplos sean de temática cristiana.

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La Santa faz (El Greco) 1586

Es por ello que, para esta primera sección, resulta muy interesante que la primera obra que aparece es la de “el rostro de Cristo”, también conocido como “la veronica”, y que sirve como un juego entre la primera representación del rostro de Cristo que se obtuvo gracias a la sangre impregnada en un paño blanco mientras Jesucristo realizaba el Viacrucis, y la primera función que tuvo el arte como representación de esas escenas vividas por Cristo.

Orígenes: la mitología

Pero como son muchos los cuadros de temática mitológica que existen en el Museo del Prado, junto a esta primera representación religiosa no podía olvidarse su vertiente más “pagana”. Y si resulta muy apropiada la elección de “veronica” desde el ámbito cristiano, no lo es menos la de “Narciso” desde el punto de vista mitológico. Y es que el mito clásico señala a Narciso como el primer pintor de la historia tras quedar
fascinado por la belleza de su propio rostro al verse reflejado en el agua. El final del mito es un poco más trágico, ya que acabó ahogándose en ese lago cuando quiso acercarse más a ese rostro tan bello, pero el deseo de plasmar esa belleza y conservarla para la eternidad ya había sido fraguado.

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Narciso (Jan Cossiers), 1640

Y otro tanto ocurre con el mito de Prometeo, muchas veces repetido a lo largo de toda la historia del Arte. Pero no sólo porque él fue quien enseño cómo hacer fuego a los hombres, dándoles así la posibilidad de valerse por sí mismos y no depender de los dioses, sino porque de Prometeo también se dice que fue el primer escultor, capaz además de insuflar vida a sus obras de piedra.

El Quijote y las Meninas: obras clave del “arte dentro del arte”

Aprovechando que Velázquez es uno de los grandes pintores de la Historia del Arte y que su obra cumbre, Las Meninas, se encuentra entre las salas del Museo del Prado, pero también por el hecho de que España cuenta con uno de los grandes escritores de todos los tiempos como es Cervantes; resulta muy lógico que esta exposición ofrezca un pequeño homenaje a las dos figuras.

Y es que la grandeza de El Quijote reside en que es el primer ejemplo de novela de la Historia de la literatura, pero también porque es una “novela sobre la novela”, ya que a lo largo de sus páginas se hace un repaso a todos los géneros literarios que se habían desarrollado hasta entonces, para al final hacer lo que nadie se había atrevido a hacer: meter al propio escritor dentro de la historia, situando así a creador y obra creada al mismo nivel.

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Las Meninas (Diego Velázquez) 1656

 

Y exactamente lo mismo ocurre en el caso de las Meninas, donde en el mismo escenario se puede ver al grupo de personas que está retratando el artista, pero también aparece el propio pintor Velásquez; los reyes de España, los hombres a los que debía su habilidad como pintor, reflejados en un espejo; y al fondo hace un esfuerzo máximo de homenaje a todos los artistas que le sirvieron de inspiración (como hizo Cervantes con su Quijote), representando algunos de los cuadros de esos artistas tan magníficos que colgaban de las paredes del Alcázar en que vivía la familia real.

Cuando no basta el arte

Además de demostrar el poder que puede llegar a tener una representación artística, la exposición de “Metapintura” también sirve como crítica al uso despiadado que se ha hecho de ese poder. Y en este caso en concreto, de nuevo, la religión ha sido el principal exponente.

Porque si bien es cierto que muchas de las representaciones religiosas servían para aleccionar al pueblo sobre lo que estaba bien y lo que estaba mal, siguiendo siempre las enseñanzas cristianas; no lo es menos que a muchas de esas imágenes se les atribuyeran unos poderes divinos que, en aquella época de mayoría analfabeta, era fácil que la gran masa campesina se creyera a pies juntillas.

 

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San Benito destruyendo los ídolos (Fray Juan Andrés Rizi) siglo XVII

Surgieron así miles de representaciones de vírgenes que se creía salvaron al pueblo de catástrofes naturales o epidemias, lo que dio pie a que esa imagen fuera directamente divinizada. Y del mismo modo, cuando los creyentes de “la Fe verdadera” llegaban a civilizaciones donde el cristianismo no era la religión que se seguía, no dudaban en destruir las imágenes más significativas de esa civilización… Ese era siempre el primer paso para alejarles de sus creencias paganas.

Y siendo España durante siglos la nación más católica de todas, teniendo entre sus reyes a los grandes protectores del cristianismo (los reyes de España detentaron ese título desde Fernando el Católico), desgraciadamente son muchos los ejemplos de pinturas que reflejan las masacres que se cometieron en nombre de la religión, tanto desde el punto de vista humano como artístico, pero que los reyes se afanaban en colgar de sus salones privados, orgullosos de lo que habían hecho para salvaguardar el cristianismo.

La pintura como signo

Esta sección es la que en principio puede llamar más la atención del visitante, en tanto que sirve como juego para encontrar en los distintos elementos que le pintor ha seleccionado para mostrar sus ideas y referencias. Por ejemplo, muchas veces he mencionado los retratos de personajes ilustres donde la elección de una joya o elemento decorativo que acompañaban al retratado nunca era fruto del azar, sino que servía para reflejar un atributo de la forma de ser o posesiones de ese retratado.

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El entierro de Cristo (Tiziano) 1559

Pues bien, en esta sección ese juego es visible en todos los cuadros. Por ejemplo, dejando que un noble se apoye en una mesa con representaciones clásicas tras haber visitado Italia y haber quedado prendado de su belleza o, sin abandonar la temática religiosa, es muy frecuenta que en las representaciones de Cristo aparezcan símbolos que recuerdan momentos concretos relatados en el Antiguo Testamento (el sacrificio de Isaac o los milagros que realizó Moisés, por ejemplo), ya que de ese modo quedaba más patente la idea de que Cristo era el salvador de toda la humanidad y que resarciría al hombre de todos los pecados cometidos desde Adán y Eva.

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Eremita orando (Jean Lemiare) 1659

En ese sentido recomiendo el esfuerzo de buscar todos esos elementos, y que pueden aparecer bajo multitud de formas en las escenas con Jesucristo como protagonista, dando la impresión de que son elementos que el artista ha querido incluir porque sí, sin motivo aparente, cuando en absoluto se trata de algo casual. Por ejemplo, una calavera (simboliza la muerte de Adán, el primer hombre), un sarcófago al final de la escena donde se ve a un niño arrodillado (es Isaac, el primer intento de sacrificio para calmar la ira de Dios), y un largo etcétera.

Los límites del cuadro

Esta es otra sección que sin duda despierta la curiosidad del visitante, siendo los trampantojos los máximos exponentes. Con esta temática nos encontramos antes un cambio importantísimo en la mentalidad del artista, ya que ahora éste se considera lo suficientemente importante (y en consecuencia, otorga a su arte una posición elevada por encima de las otras artes) como para que sus obras no sirvan simplemente para difundir una idea religiosa o por encargo de un cliente que quiere demostrar su posición social y sus conocimientos; sino que también sirve para demostrar su habilidad como artista.

Y qué mejor manera de demostrar esa habilidad que consiguiendo engañar a la persona que está viendo su cuadro y, por ejemplo, le haga creer que algunos elementos del cuadro están fuera de él, o que parte del mismo se ha desprendido.

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Bodegón de caza, hortalizas y frutas (Juan Sánchez Cotán) 1602

Es cierto que esta sección en concreto no es la más numerosa, ya que no hay muchos juegos de ilusionismo comparados con otras salas de la exposición. Y es que esta temática no tuvo tantos seguidores como en otros países, lo que no hace sino confirmar que en España, siendo una monarquía la que regía el país, y siendo la Fe católica la que seguía esa monarquía; resultaba muy difícil alejarse de la idea de que el arte servía para algo más que como difusora del mensaje religioso. Pero al menos unos pocos lo intentaron.

Huyendo de la crítica

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Huyendo de la crítica (Pere Borrell y del Caso) 1874

Uno de ellos fue el autor de la obra que sirve precisamente como imagen promocional de la exposición, y donde se reflejan a la vez las dos grandes obsesiones que había en el mundo del arte en esa época: el afán por crear ilusionismos que consiguieran engañar a los espectadores y de ese paso demostrar su habilidad como artista; y el miedo a la crítica de su obra por parte de los expertos y los propios compañeros, que era el peor castigo que podría recibir un artista: el rechazo a su obra, especialmente por parte de sus compañeros de profesión.

Historia y tradición

Desde este momento de la Historia, con la llegada del humanismo propio del Renacimiento, es que se observa un sorprendente cambio no sólo sobre cómo percibe el propio artista su obra, a la que concede más importancia que la de un simple mensaje; sino también en cuanto al modo en que el público percibe a ese artista. Porque ya no se trata de un simple “mecánico” que debe seguir las órdenes de sus clientes, sino que tiene importancia por sí mismo. Por lo que es capaz de hacer y, además, lo que es capaz de enseñar a los demás.

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Autorretraro (Alberto Durero) 1498

Será muy común desde este instante que el propio artista se retrata a sí mismo, considerando que su rostro tiene la misma importancia, por ejemplo que el de un santo, un rey o una virgen, y que por tanto también merece ser retratado. Así, lo que siglos atrás habría sido considerado como un acto sacrílego, ahora es visto con total normalidad gracias a la notoriedad que han adquirido.

Otro cambio importante que hubo con la llegada de ese cambio de mentalidad donde el hombre pasó a ocupar el centro del universo, fue algo a lo que hasta entonces no se le había dado ninguna importancia: el nombre del artista. A diferencia del pasado, donde ni siquiera se firmaban las obras, ahora sí se conocía a estos artistas por sus nombres y apellidos. Ahora se quiere saber más de ellos gracias a los famosos libros de “vidas de artistas” (el antecedente de las biografías actuales), y además los propios artistas acuden a otros países a contemplar in situ las obras de otros importantes pintores y escultores, a los que además intentarán emular e incluso homenajear, demostrando lo mucho que han aprendido de ese gran maestro.

Es, en definitiva, la conquista del artista como personaje notorio, y de la pintura y escultura como artes dignas de ser elogiadas por parte de todos.

El caso de las Hilanderas

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Las hilanderas o La fábula de Aracne (Diego Velázquez) 1655 – 1660

Llegamos así a una de las salas clave de la exposición, en tanto que es la que ilustra a la perfección la temática de la muestra. Con esta obra de Velázquez se observa perfectamente la admiración que los grandes artistas del momento, como eran Tiziano, Rubens y el propio Velázquez sentían entre ellos. ¿Y qué mejor manera de demostrarlo que colgando una copia de una de sus obras más conocidas como fondo para la última creación suya?

Ese es el caso del famoso “Rapto de Europa”, que Velázquez colocó como fondo de sus “Hilanderas”. Y para dejar patente este deseo, en la muestra de “Metapintura” se puede observar ese cuadro (en esta ocasión es una copia de Rubens, ya que el pintor holandés también quedó impactado por la obra del maestro italiano) al lado del de las Hilanderas, por lo que no queda duda de que se trata, efectivamente, de la misma obra.

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Rapto de Europa (Rubens) 1628 (copia del de Tiziano)

Y este es sólo un ejemplo de los muchos cuadros en los que los artistas hicieron un alarde de capacidad artística y de paso, si se me permite una expresión más actual declararse fans de otros pintores de la época… Si es que no hemos cambiado tanto desde los últimos cuatrocientos años.

Los lugares del arte

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El archiduque Leopoldo Guillermo en su galería de pinturas en Bruselas (David Teniers) 1647

Pero los autorretratos y obras de otros artistas no serán los únicos medios que se empleen para demostrar que la pintura y la escultura tenían un puesto privilegiado dentro de las artes nobles, al lado de la poesía y la literatura. También comenzarán a proliferar los cuadros que representen el propio estudio del artista, o las Academias en las que se enseñaban a los más jóvenes en noble arte de la pintura.

Con esta nueva temática habrá un deseo de reflejar cómo trabajan esos artistas; pero también para hacer todo un alarde de capacidad artística, al incluir en esos escenarios un sinfín de cuadros. Así, siguiendo la estela dejada por Velázquez con sus Hilanderas, se representaban unos escenarios hiperrecargados pero donde el artista había demostrado lo que quería: que poseía un gran talento.

El final del viaje: la creación del museo

Como comentaba al inicio de esta entrada, si la exposición comenzaba con una figura muy concreta, con la “verónica” como primera representación del rostro de Cristo; el momento concreto que pone fin a este recorrido por los distintos conceptos del arte no lo es menos.

Y es que es la fecha en la que se fundó el Museo del Prado, en 1819, la que pone fin a la muestra. Y lo hace con un sentido homenaje a Isabel de Braganza, mujer de Fernando VII y la mayor artífice de que se acabara creando un museo en el que todos pudieran ver el patrimonio artístico que durante siglos había reunido la Corona.

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Isabel de Braganza (Bernardo López Piquer) 1829

Gracias a la aparición de los museos, que comenzaron a propagarse por Europa, la pintura y la escultura pasaron a ocupar el mayor lugar de honor posible. Pues sus obras ya no eran vistas como un mecanismo para transmitir mensajes y a los que incluso se les otorgaba un poder místico para que quedara más claro ese mensaje. Ahora eran importantes por sí mismas, como ejemplo de una época, de una cultura y de un saber hacer de sus artistas, que también habían pasado a figurar dentro de las páginas de la historia.

Fue gracias a los museos que la relación entre sociedad y arte dio un nuevo giro del que hoy seguimos siendo testigos, siendo el museo un ámbito pedagógico y eminentemente cultural. Un lugar donde no es casualidad que su aspecto arquitectónico recuerde en todos los museos que se construyeron en esa época en toda Europa (el Brittish Museum, el Louvre…) al de los templos clásicos.

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¿Qué mejor manera de representar al “templo de las artes”, como sigue siendo el Museo del Prado?

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