Múltiple: Un recorrido por el trastorno de identidad disociativo

La Dra. Fletcher es una experta psicóloga especializada en el trastorno de identidad disociativo (TID), más conocido como trastorno de personalidad múltiple, que tiene un paciente muy especial: Kevin. Un hombre en cuyo interior coexisten 23 personalidades, y donde las más fuertes luchan por imponerse sobre las demás para tomar el control de Kevin.

Inquietante es la palabra que define a la perfección el nuevo thriller psicológico de M. Night Shyamalan. Inquietante por el tema escogido de la personalidad múltiple, muy pocas veces empleado en el género pese a todo el juego que ofrece; e inquietante también porque su protagonista… sus protagonistas, pues realmente la sensación es la de estar ante varias personas, todas ellas interpretadas por un genial James McAvoy, van a jugar al  ratón y al gato tanto con las víctimas de la historia, como con el propio espectador.

Porque Kevin, que es el nombre oficial del paciente de la Dra. Fletcher y que trata de llevar una vida normal dentro del caos que es su cabeza, donde lo normal es que se refiera a sí mismo como “ellos”, no siempre lo consigue. Pero en una persona que son en realidad 23, cuando Kevin no mantiene el control (o, mejor dicho, cuando la personalidad que está teniendo el control no es de las más recomendables), los que acaban pagando las consecuencias son quienes le rodean.

El resultado es un ambiente perturbador como poco, donde la primera reacción por parte del espectador es la de una risa nerviosa, ya que resulta ciertamente extraño ver a un hombre adulto comportarse como un maníaco, para cinco minutos después actuar como una mujer elegante y refinada que se preocupa por los demás, y justo después como un niño que cecea y que sólo quiere tener compañía. Y esa misma sensación es la que experimentarán las tres chicas a las que secuestra “Kevin” (en ese primer instante no sabemos quién lo ha hecho realmente), siendo ese el momento justo en el que arranca la trama.

Pero a medida que pasan los minutos, y gracias a las conversaciones que tiene Kevin con la Dra. Fletcher, intercaladas con las que mantiene con sus secuestradas, poco a poco vamos descubriendo algunas de las personalidades de Kevin: Bryan, el amante de la moda; Dennis, obsesionado con el orden y al que le gusta bailar con chicas desnudas; Patricia, la mujer elegante que cuida de sus invitados; y Hedwig, un niño de 9 años al que le gusta mucho decir la palabra “etcétera”.  Y a medida que se sucede la trama enseguida queda claro que es mucho mejor hablar con Bryan o con Hedwig, que hacerlo con Patricia y sobre todo con Dennis.

A esta situación, que en un principio podría incluirse dentro del género de la comedia, porque la verdad es que hay algunas personalidades de Kevin que dan mucho juego, y tanto la interpretación de McAvoy como las reacciones de las chicas no tienen precio; muy pronto esa “gracia” deja de tener gracia. Tan pronto como descubrimos que en realidad nos encontramos ante uno de esos episodios de Mentes Criminales especialmente perturbadores, pero donde en lugar de ver cómo una persona que está loca está ideando matar a tres chicas inocentes, lo que tenemos es a un grupo de personas, algunas locas y otras no, y donde la suerte de las chicas dependerá de quién es el que esté al mando de Kevin en cada instante.

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A esta inquietud se va a añadir el juego que Shyamalan ofrece al espectador al mostrar primero cada una de las personalidades de Kevin por separado, para que así pueda poner “cara” a cada una de ellas; pero una vez que ya se conocen todas (sólo se muestran 5 de las 23, las más fuertes, porque si no esto sería un auténtico rompecabezas) ese cambio de una personalidad a otra se va a realizar en un único plano, utilizando simplemente los gestos, posturas corporales y expresiones del rostro de Kevin… Y siendo James McAvoy el que lo hace, asombrosamente genial, lo que se consigue es arrancar un suspiro ahogado perfectamente audible en la sala del cine, tan pronto como se descubre que quien ha tomado el control era el último que hubiéramos deseado.

Pero junto a este juego de ver quién es quién, y donde realmente la sensación es la de estar ante distintas personas independientemente de que todas tengan la misma cara (es lógico que en las letras de crédito McAvoy aparezca junto al nombre de todas las personalidades múltiples de Kevin), Shyamalan ha querido incluir también un toque sobrenatural, acercándose así al sello distintivo que caracteriza todos sus proyectos.

Así, partiendo de la teoría que plantea la Dra Fletcher, se muestra que las personas que sufren TID no son realmente personas con el cerebro dañado, sino todo lo contrario: personas capaces de desarrollar su cerebro hasta tal punto que éste llega a evolucionar (y no en sentido metafórico) gracias a la suma de todas las personalidades que conviven en el mismo cerebro, convirtiéndose en una especie de superhombres. La clave es, en definitiva: “somos lo que creemos que somos. Lo que nuestro cerebro nos dice que somos”.

Para personificar esta teoría la Dra. Fletcher (y el propio Shyamalan, quien realizó numerosas entrevistas con pacientes de TID y psicólogos, con lo que hay que aceptar que los ejemplos que se da están inspirados en casos reales) nos habla de pacientes donde sólo una de las personalidades tenía diabetes (y los resultados médicos así lo atestiguaban), o donde varias de sus personalidades eran ciegas, por lo que la persona era ciega en esos momentos, pero cuando tomaba el control una tercera personalidad que podía ver perfectamente… el cerebro permitía que ese nervio óptico dañado volviera a funcionar…

Cierto que estos casos no dejan de ser exageraciones propias de un film con tinte sobrenatural y donde el objetivo es inquietar al espectador. Pero no hay que olvidar que los casos reales están ahí, con nombres y apellidos propios: la paciente del médico alemán Eberhardt Gmelin, que era capaz de hablar un francés perfecto cuando jamás había dado clases; Mary Reinolds, una joven extrovertida que un día se sumió en un estado de ceguera y sordera total que duró semanas, sólo para despertar como una niña que no sabía leer ni recordaba a su familia, y cuya alternancia de personalidades duró más de 30 años… hasta que la niña que no tenía recuerdos acabó asumiendo la personalidad primaria; y un largo etcétera de casos que han servido como inspiración de novelas muy conocidas: “Las tres caras de Eva” o “Sybil”. Y es que en esta ocasión, por inquietante que resulte, la ficción no difiere mucho de la realidad.

A esta inquietud al pensar que las mismas personas a las que durante siglos se las había calificado como locos (el primer caso oficial de TID se fechó en 1791) podrían ser en realidad una evolución de la especie humana, al ser capaces de desarrollarse físicamente gracias al desarrollo de su cerebro… se añade una última personalidad de Kevin: la número 24, a la que las otras 23 personalidades conocen como “La Bestia”.

Con semejante nombre, y viendo lo que habían sido capaces de hacer hasta ese instante las otras 23 personalidades (aquí el pobre Kevin es el que menos voto tiene, como ocurría con los casos reales en los que se ha inspirado esta historia), uno no puede evitar preguntarse hasta qué extremo puede llegar a desarrollarse el cerebro de un hombre, y en consecuencia su cuerpo, sólo porque así se lo ha exigido cada una de sus personalidades.

Y aún más inquietante todavía: hasta qué punto todos los cerebros de los seres humanos, incluidos los de los que parecemos estar “cuerdos”, contienen en realidad varias personalidades pero que permanecen latentes, esperando el momento justo en que se las requiera para tomar el control…

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Acerca de barbaracruzsanchez

Leo y veo de todo. Y cuando digo de todo es de TODO. Nunca sabes qué serie o libro hay por ahí escondido que va a acabar convirtiéndose en tu favorito...
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