Caillebotte, pintor y jardinero

'Paris, a Rainy Day', 1877

Paris, un día de lluvia (1877)

Gustave Caillebotte (1848 – 1894) es un nombre que, al lado del de otros pintores de la misma época como Monet, Van Gogh o Degas suele pasar bastante desapercibido, hasta el punto de que para la gran mayoría es uno de los grandes desconocidos de la pintura impresionista. Sin embargo, pocos pintores han sido capaces de reflejar como él la principal idea de esta corriente pictórica del siglo XIX, caracterizada por ser al aire libre para plasmar el efecto de la luz sobre la naturaleza y los objetos.

El museo Thyssen-Bornemisza ha conseguido reunir un numeroso conjunto de cuadros de Caillebotte, traídos desde todos los rincones del mundo, en los que pueden verse perfectamente la temática que siguió Caillebotte a lo largo de su carrera artística y donde tan pronto destacan los paisajes urbanos de Haussman, el gran arquitecto que transformó la ciudad de París, como los jardines de su casa con un detallismo en las flores que bien merecen que sea llamado “pintor y jardinero”.

Orquideas_GRND

Orquídeas (1893)

Precisamente este es el título que se ha dado a la muestra que ofrece el museo Thyssen-Bornemisza: Caillebotte, pintor y paisajista, y que sin duda es de lo más acertada. Y es que las pinturas en las que representa los jardines de su casa en Petit Gennevilliers, la finca familiar, los campos verdes de Argenteuil, región francesa en la que estaba construida la casa, o las flores que plantaba en su invernadero, consiguen transportar al espectador a esos escenarios en plena naturaleza como si realmente los estuviera viendo a través de una ventana… En ese sentido, sólo los cuadros de un buen impresionista como es Caillebote, son capaces de reflejar perfectamente el dicho de que la pintura es una ventana abierta al exterior.

Pero estamos ante una ventana, que no una fotografía. Esa es precisamente la gran diferencia perseguida por los impresionistas: la facultad de crear paisajes a base de pinceladas sueltas, sin nada de dibujo o nítida precisión, para que sea el ojo humano el que cree el resultado final… Dicho en otras palabras: en esta exposición lo de acercarse al cuadro para ver mejor los detalles es una muy mala idea, y lo mejor es contemplarlo desde al menos un par de metros de distancia para que se vea y disfrute mejor.

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Camino del jardín y macizos de dalias, Petit Gennevilliers (1890)

Es a esa distancia cuando, si me permitís la exageración, se obra el milagro y lo que parecían pinceladas sueltas dadas sin ningún sentido, se convierten en una auténtica ventana al exterior, donde es la luz la que contribuye a dar ese realismo.

Porque atrapar la luz va a ser la norma a seguir en Caillebotte, al igual que en la obra de los principales pintores impresionistas. Por ello, como hicieran en su día Monet o Turner, los dos grandes pioneros de este movimiento artístico, en la muestra se pueden ver paisajes similares pero donde sólo cambia la posición del sol. Y ese “simple” cambio es el que va a permitir que el paisaje cambie completamente y de un amanecer con apenas sombras pasemos a un precioso atardecer en el que las sombras se alargan y, sinceramente, entran ganas de estar en ese escenario para poder pasear por el jardín.

Gustave Caillebotte (French, 1848 - 1894 ), Skiffs, 1877, oil on canvas, Collection of Mr. and Mrs. Paul Mellon

Piraguas en el río Yerres (1877)

Así ocurre con dos de los cuadros centrales de la exposición por su gran tamaño y por la calidad de la obra, como son “Barquero con sombrero de copa” o “Piraguas en el río Yerres”. El reflejo de la luz sobre el agua, perfectamente captado por la paleta suelta de Caillebote, consigue que nos veamos trasladados a ese relajado paraje… especialmente si lo estamos contemplando en una época en la que el calor y el sol apenas dejan respirar.

Algo similar ocurre con las pequeñas obras en las que se han representado los márgenes del camino o los bucólicos bosques que rodeaban la finca del pintor, y donde uno se lo puede imagar pintando de sol a sol para captar el escenario en el momento de luz perfecto.

En todas estas obras la sombra que oculta parte del sendero, el verde del césped que crece a lo lejos o el llamativo color de las flores plantadas bastan para representar una imagen increíblemente realista pero donde el detallismo del dibujo brilla por su ausencia… ¿No es esto contradictorio?

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El Sena y el puente del ferrocarril de Argenteuil (1885)

Creo que el mejor ejemplo lo encontramos en la obra de mayor tamaño de la exposición: “El Sena y el puente del ferrocarril de Argenteuil”. Nada más verla queda claro que la obra está incompleta, pues aquí no se trata sólo de ausencia de dibujo, sino sobre todo una pincelada suelta que no ha llegado a ocupar todo el lienzo. Sin embargo, pese a no estar completada, la imagen de un paisaje al aire libre con el sol cayendo a plomo sobre el puente y el tren acercándose rápidamente al espectador, está perfectamente reflejada. Un ejemplo perfecto de que en el impresionismo “menos es más”.

Caillebotte en la gran ciudad

Pero paisajes no fue lo único que pintó Caillebotte. En una época en la que París era la capital del arte y la ciudad donde había mayor concentración de pintores que en el resto del mundo, las calles de la ciudad de la luz no podían faltar dentro del repertorio artístico de los impresionistas. Así, dentro de la obra de Caillebotte también encontramos algunas instantáneas de las calles de París.

Boulevard Haussmann

Balcones del Boulevard Haussmann (1880)

Destacan, eso sí, las calles del Boulevard Haussman, caracterizadas por un urbanismo que no se había visto hasta entonces en la capital francesa, caracterizado por la homogeneidad de sus calles, el negro de las pizarras que cubrían los tejados abuhardillados o el verde de la arboleda que crecía en las amplias avenidas, dotándole de un aspecto de lo más bucólico que todavía hoy se contempla en la capital francesa.

Así, en las obras que Caillebotte hizo sobre París las calles son el único protagonista de su pintura. No hace falta contar una historia cuando la simple imagen de una calle parisina, incluso en un día lluvioso, es más que suficiente para retratar la ciudad.

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El boulevard visto desde arriba (1880)

Y qué decir de la genialidad de “El boulevard visto desde arriba”, un cuadro que destaca por su punto de vista cenital de lo más original. De este modo, un sencillo trozo de acera, un árbol rodeado de adoquines y unos cuantos hombres de los que sólo podemos ver sus sombreros y chaquetas son más que suficientes para trasladarnos a esa ciudad… ¡y encima dando la sensación de que lo ha hecho sin esfuerzo!

Los acuchilladores

Y es que un artista demuestra su genialidad gracias a obras en las que aparentemente no se está representando una escena trascendental, pero a la que consigue darle una importancia sin precedentes. Así ha ocurrido durante toda la historia del arte, por ejemplo con esculturas de niños que se quitaban una espina (hay miles de representaciones de spinarios en todos los museos de Europa debido al éxito que tuvo esta escultura), o con una “simple” estancia donde se ve a las damas de compañía de la futura reina de España, como ocurre con Las Meninas.

Los acuchilladores (1875)

Los acuchilladores de parqué (1875)

Algo similar ocurre con uno de los cuadros más conocidos de Caillebotte. Y aunque en la exposición del Thyssen no podemos contar con el original (imagen), sí que tenemos una obra similar que refleja igualmente esa idea de que algo tan sencillo como dos hombres acuchillando un suelo de madera, es tema más que suficiente para realizar un cuadro que ha pasado a la historia.

Girasoles_GRND

Los girasoles, jardín de Petit Petit Gennevilliers (1885)

Por supuesto, como ha sido costumbre dentro de esa historia del arte, en su día el cuadro de Caillebotte fue rechazado y criticado por todos porque el tema representado era demasiado bulgar… sólo par que años después su autor fuera considerado como uno de los mejores pintores impresionistas del momento. Eso sí, primero tuvo que participar en una exposición de pintores franceses en Estados Unidos para que los críticos parisinos le concedieran la importancia y mérito que se merecía el artista.

El Affaire Caillebotte

Fue gracias al prestigio obtenido tras su paso por Estados Unidos que Caillebote consiguió hacerse un nombre dentro del impresionismo. Sin embargo, un estilo artístico en el que se dieron a la vez tantos genios en vida como Monet, Degas, Renoir o Cezanne (Van Gogh no cuenta, porque el pobre murió antes de que se reconociera su genio), estaba condenado a hacer aguas tarde o temprano. Así, las diferencias de opinión en cuanto a estilo que separaban a Degas de Caillebotte obligaron a este último a dejar el grupo de impresionistas y dedicarse a pintar por su cuenta, lo que explica que sea menos conocido que sus coetáneos .

Por último, una curiosidad que confirma, una vez más, esa gran verdad que es que deben pasar años para que los grandes artistas sean reconocidos: Además de pintar por su cuenta, lejos de los grandes círculos de artistas parisinos, Caillebote se dedicó a comprar obras de los pintores coetáneos. De este modo, acabó contando con una impresionante colección de Cezannes, Degas, Van Goghs y Monets que, a su muerte, quiso ceder al Estado de Francia.

Pero sorprendentemente el estado de Francia no creyó en la autenticidad de esas obras y debieron pasar más de 20 años hasta que finalmente se reconoció que Caillebotte fue quien había comprado y regalado unas obras que hoy en día se encuentran en el museo D’Orsay, la pinacoteca del siglo XIX más importante de Francia y del mundo entero… Este escándalo se conoció como “el Affaire Caillebotte” pero desgraciadamente en ningún sitio del museo D’Orsay se explica que esos cuadros están allí gracias a un pintor llamado Caillebote.

Más info

Lugar: Museo Thyssen-Bornemisza.

Fechas: Hasta el 30 de octubre.

Precio: 12 € entrada general, 8 € (mayores de 65 años y estudiantes), gratis (menores de 12 años y desempleados).

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