Zamora: capital del románico

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Zamora goza de un enclave estratégico sin igual, junto al río Duero y en una meseta rocosa. Esta situación envidiada ha hecho que, desde que fuera fundada en la Edad del Bronce y ocupada por los celtas en la Edad de Hierro, la localidad haya sido objeto de deseo por cualquier imperio que se precie: desde los romanos a los árabes, pasando por los monarcas castellanos, que hicieron de Zamora una plaza siempre codiciada.

Gracias a esta lucha constante por ocupar Zamora, la historia de la localidad está llena de nombres propios. Tanto de los que quisieron conquistarla como los que lucharon con todas sus fuerzas por defenderla, dejándose incluso la vida en esa misión.

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Dentro del grupo de los segundos destaca, con mayúsculas, el nombre de Viriato. Conocido como el “terror romanorum”, venció hasta en ocho ocasiones a los romanos, celebrando cada victoria del mismo peculiar modo: arrancaba un jirón de los estandartes romanos y los colocaba en su lanza. Ello dio origen a la bandera de la ciudad, la “Seña Bermeja“, y que destaca por no ser un paño entero, como ocurre con el resto de banderas, sino estar hecha a base de jirones de tela.

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Pero sin duda fue durante la reconquista que Zamora se ganó un nombre. Destacó el año 939, cuando los cristianos se hicieron con el control de los valles del Duero y del Tormes, durante la batalla de Simancas, muy importantes desde un punto de vista estratégico. Con esta victoria Zamora se convirtió en una de las principales plazas para asegurar la frontera del territorio cristiano, frente a los continuos embates de los enemigos musulmanes.

Sin embargo, cuando siglos después tuvo lugar la famosa batalla de las Navas de Tolosa (1212), que marcó el inicio del fin de la reconquista, Zamora comenzó a ser olvidada ya que perdió su importancia estratégica en favor del sur de la península, siendo esta la última región que quedaba por arrebatarles a los árabes. De este modo, el río Tormes (afluente del Duero) sustituyó al propio Duero como defensa natural para los reinos cristianos, y lo mismo ocurrió con Salamanca o Ávila, que relegaron a Zamora.

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Como se intuye por el largo tiempo que transcurrió entre ambas batallas (939 y 1212), y por el año en que finalmente claudicaron los árabes, el famoso 1491 de la rendición de Granada ante los Reyes Católicos, la guerra no se ganó en un día. Por el contrario, la conquista y reconquista de las principales plazas fuertes de los dos reinos (el cristiano y el árabe) fue una nota constante y Zamora no fue precisamente la excepción: destruida primero por el emir Mohamed, luego reconquistada por el rey Alfonso II y finalmente repoblada por el rey Alfonso III con mozárabes toledanos (cristianos que vivieron en territorios árabes), Zamora siempre destacó sobre las otras localidades cercanas, hasta convertirse en una de las ciudades fortaleza más importantes de los reinos cristianos.

Prueba de ello es la presencia de unas murallas bastante bien conservadas, y con un sin fin de edificios religiosos levantados sobre palacios fortificados, con la catedral de Zamora como ejemplo más grandioso tanto por su envergadura y posición.

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Catedral de Zamora

Pero su posición privilegiada, siendo una de las plazas más importantes del Reino de León, también hizo que su interés en Zamora no desapareciera cuando los árabes fueron expulsados. De este modo, Fernando I de León y Castilla, el Magno, reconstruyó la ciudad en 1055 tras arrebatar el territorio a los árabes, la repobló con montañeses y se la entregó a su hija Doña Urraca para que la gobernara. En seguida el hermano de Doña Urraca, el rey Sancho II, demostró interés por tomar la ciudad de Zamora, pero un hecho inesperado cambió el curso de la historia: el asesinato del monarca, teóricamente a manos de un noble zamorano, Vellido Dolfos.

Fueron muchos los que sospecharon que el verdadero artífice del magnicidio no fue otro que el rey Alfonso VI, hermano de Sancho II, y que había sido encarcelado por el monarca Sancho II, acusado de traición. Este episodio ha sido uno de los más relatados (y posiblemente modificados) a lo largo de los años gracias a los cantares de gesta, que eran algo así como los periódicos de la época, ya que se dedicaban a cantar los hechos históricos más relevantes de la época en forma de juglares, debido al analfabetismo de la época. Y teniendo en cuenta que sólo en el Poema del mío Cid, cuyo autor sigue siendo un misterio, se menciona la falsa acusación de Alfonso VI a Rodrigo Díaz de Vivar por haber participado en la muerte del rey; es muy probable que este magnicidio nunca ocurriera. Y lo mismo sucede con el supuesto asesinato del rey a manos del noble Vellido, pues otras teorías apuntan a que murió durante el cerco del castillo, sin tratarse de ningún asesinato a sangre fría.

La Cruz del Rey Don Sancho se levanta en el lugar exacto donde murió el rey Sancho II (imagen de Antonio Retamosa)

La Cruz del Rey Don Sancho se levanta donde murió el rey Sancho II (imagen de Antonio Retamosa)

Pero este no fue el único asesinato entre monarcas que vivió la ciudad. Fue durante la Primera Guerra Civil Castellana (entre los partidarios del rey Pedro I de Castilla y los de Enrique II de Castilla)  y habiéndose aliado Zamora con la causa de Pedro I. En 1369, tras la batalla de Montiel que dio la victoria a la causa de los Trastámara, Enrique de Trastámara asesinó a su hermanastro Pedro I y comenzó a reinar en Castilla bajo el nombre de Enrique II. Sin embargo, el asesinato de su rey no hizo que los partidarios de Pedro I se rindieran y hasta 1371 no cayó el último de los nobles de Zamora que se negaron a aceptar a Enrique como rey… Tal vez este hecho es el que dio origen al dicho popular de “Zamora no se conquistó en una hora”.

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Sin embargo, pese a que Zamora siempre dio muestras de ser una ciudad importante desde el punto de vista estratégico, además de económico, poco pudo hacer cuando dejó de ser importante como enclave estratégico. Por ello, muchos zamoranos emigraron en busca de otras oportunidades y uno de los destinos más elegidos, tras el descubrimiento de América, fue el de América del Sur; motivo por el cual allí existen muchas ciudades llamadas Zamora.

Hogar de Viriato

Esta historia tan rica es perfectamente visible en la ciudad por medio de edificaciones románicas que se cuentan por decenas entre sus calles, así como por las estatuas que recuerdan a sus personajes más ilustres.

Viriato, por supuesto, ocupa un lugar destacado, con una imponente estatua que preside la plaza del mismo nombre y que también nombra una de las calles con más vida social de la ciudad, llena de terrazas.

Viriato

Ocurre lo mismo con los restos del castillo y las murallas de Zamora, que desde el año 2009 han sido objeto de numerosos trabajos arqueológicos para sacar a la luz varias estructuras que reflejan el esplendor que vivió la ciudad durante la Edad Media, hasta el punto de que tuvieron que realizarse tres ampliaciones de la muralla para dar cabida a la ciudad, en rápido crecimiento.

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Y al igual que ocurre en muchos yacimientos arqueológicos, la persona que los observa debe hacer un esfuerzo de imaginación para reconocer en los cimientos y columnas derruidas lo que fue en su día el imponente castillo de Sancho II… Aunque muchos otros preferirán ese esfuerzo imaginativo a tener que ver la mitad del castillo  reconstruido con materiales modernos. Vamos, el eterno debate que surge en torno a cualquier restauración artística, donde siempre hay que elegir enntre respetar los restos que han quedado, sin importar su estado, o reconstruir los mismos y añadir más partes actuales que las que originalmente quedaron.

Huella del románico

En España son muchísimas las provincias en las que se pueden ver arquitecturas del estilo románico y que caracterizó los primeros siglos de la Baja Edad Media: Asturias, León, Soria, Teruel, Galicia, Palencia… Prácticamente, toda la mitad norte de la península cuenta con construcciones románicas muy bien conservadas.

Pero lo que caracteriza a Zamora es el sorprendente número de ejemplos con los que cuenta y que estén tan cerca los unos de los otros, hasta el punto de que se pueden ver todos recorriendo sus principales calles: La rua de los Francos, que continúa por la calle Ramos Carrión y San Torcuato. Si a esto le añadimos que prácticamente todo el centro histórico es peatonal, y que al estar cerca de un río no hay apenas desnivel, Zamora se convierte en el escenario perfecto para descubrir este estilo único dando un agradable paseo por sus calles.

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Es cierto que el románico, en comparación con los otros estilos artísticos que le sucedieron, como el Gótico o el Renacentista, destaca por su sencillez. Si en el Gótico encontramos grandiosas catedrales llenas de vidrieras, en las iglesias románicas como mucho son dos plantas sin apenas ventanas y con gruesos muros que confieren a todo el lugar de un ambiente mucho más cerrado y oscuro… Pero es precisamente esta sencillez lo que le da ese toque distintivo, con lo que tampoco sería justo decir que, al lado de las catedrales o los palacios, las iglesias románicas no son hermosas. Porque lo son, y mucho.

Porque entrar en una iglesia románica es entrar en un lugar sagrado pero también oscuro y sobrecogedor, donde resulta imposible no sentirse pequeño y oprimido, temeroso de ese Dios vengativo que nos estará esperando a todos en el día del Juicio Final. Con las iglesias románicas se entiende perfectamente el fervor religioso que había en aquella época, pues resultaba imposible no temer al Dios que se representaba en aquellos escenarios tan bien diseñados para infundir temor al Todopoderoso.

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Dicho esto, si algo en común tienen el Románico y el Gótico, es que no hay una iglesia igual, como consecuencia de un sin fin de factores. El principal solía ser la falta de dinero, lo que obligaba a que el proyecto inicial de construir una iglesia con tres naves y dos torres a los pies, por ejemplo, se tuviera que convertir en una iglesia mucho más modesta, con una sola nave más ancha y sólo un piso de altura.

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Como consecuencia de estos cambios siempre resulta curioso entrar en una iglesia y ver las huellas de lo que quería haber sido y al final no pudo ser. En ese sentido son muy curiosas la iglesia de Sal Ildefonso, la iglesia de San Cipriano o la iglesia de San Juan de la Puerta Nueva (las tres se pueden ver en un recorrido de tan sólo trescientos metros), donde se distinguen perfectamente los cambios que se hicieron sobre la marcha, por ejemplo con arcos que tendrían que haber servido de apoyo a un segundo piso que no terminó de levantarse, o con grandes rosetones que al final se quedaron en pequeños ventanucos por donde apenas pasa la luz… ¿Que esto hace que se pierda un poco la grandiosidad del edificio? Puede ser, pero también es lo que le da su encanto.

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La catedral de Zamora

Lo mismo ocurre con la catedral de Zamora, situada junto al Duero, y que se diseñó para que fuera bastante más grande de los que es hoy. Su elemento más característico, que lo diferencia del resto de catedrales de la época, es el cimborrio que se eleva sobre las naves de la catedral.

El cimborrio es la parte superior del crucero (lugar donde se juntan los brazos de la cruz latina que forman todas las plantas de las iglesias católicas). En esta ocasión el cimborrio se compone de 16 ventanas sobre las que a su vez se elevan dos cúpulas: una interna y gallonada (en forma de media esfera compuesta por la unión de nervaduras que dejan espacios cóncavos entre sí, como si fueran gajos de naranja o gallones), y otra externa y ligeramente apuntada, que además tiene cuatro capulines en las esquinas, intercalados con cuatro frontones, que confieren ese aspecto tan recargado que le hace inconfundible.

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Imagen: De Outisnn – Trabajo propio, CC BY-SA 3.0

La importancia del Duero

No podemos olvidarnos, al visitar Zamora, de otorgarle al Duero su merecido protagonismo. Y más si tenéis la ocasión de visitar la ciudad en época de lluvias, lo que hace que baje bien crecido y resonando, demostrando por qué es una muralla natural sin igual. El imponente puente de piedra permite cruzarlo sin peligro y de paso ver de cerca las famosas aceñas: un sistema de ruedas que accionaban gigantescas piedras de moler para la industria harinera y de paños de lana, cuyo prestigio permitió que Zamora creciera económicamente.

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Del románico al modernismo

Pese a que la ciudad perdió parte de su importancia estratégica al final de la reconquista, y que fueron muchos los zamoranos que emigraron al Sur o incluso al nuevo continente, la ciudad nunca dejó de crecer.

Casino de Zamora

Casino de Zamora

Prueba de ello son las construcciones modernas que se elevan a continuación de las iglesias románicas, consiguiendo así crear una mezcla de estilos propia de esas ciudades que han pervivido a lo largo de los siglos.

Como ejemplos más llamativos destacan el edificio del casino, propio del modernismo de los años 20 del siglo XX, junto al Teatro Ramos Carrión, muy reconocible por el tono azul claro de su fachada, muy del gusto de esa época, y que se sitúa justo enfrente de la casa donde nació Miguel Ramos Carrión, poeta y letrista de zarzuela.

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Teatro Ramos Carrión

Por último, dentro del arte contemporáneo, destacan las esculturas de Baltasar Lobo, artista zamorano que regaló a la ciudad un sin fin de esculturas de bronce y que pueden verse tanto en las calles de la ciudad como en su propio museo, antes de tener que exiliarse a Francia durante la Guerra Civil.

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En resumen, Zamora es un destino que merece la pena visitar por muchos motivos. Para los amantes del arte será como recibir una clase de arte románico, mientras que los apasionados de la historia podrán descubrir las huellas dejadas por importantes episodios históricos que cambiaron el porvenir de España. Y todo ello amenizado por unas calles llenas de vida, un río Duero que observa impertérrito el paso del tiempo y a los viajeros y, por si eso fuera poco, una gastronomía que quita el sentido… ¿Se puede pedir más?

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Acerca de barbaracruzsanchez

Leo y veo de todo. Y cuando digo de todo es de TODO. Nunca sabes qué serie o libro hay por ahí escondido que va a acabar convirtiéndose en tu favorito...
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