El Palacio de Linares: entre el lujo y el misterio

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El de Linares es uno de los palacios más conocidos de Madrid y casi del país entero. A su aspecto señorial y enclave nada discreto, en plena Plaza de Cibeles, junto al Palacio de Comunicaciones y al inicio de la Gran Vía, se añade otro detalle que le hace incluso más atractivo: la presencia de una de las leyendas urbanas más repetidas de la historia reciente de España, que asegura por sus pasillos deambula el fantasma de Raimundita, la hija del matrimonio incestuoso entre los marqueses de Linares…

Comencemos por el principio: su contrucción. Las obras se iniciaron en 1877, cinco años después de que los marqueses de Linares José de Murga y Reolid y Raimunda de Osorio y Ortega, compraran un solar que pertenecía al Ayuntamiento de Madrid, de 3.064 metros cuadrados, y que anteriormente había sido enclave de los antiguos Molinos de Plata y del Pósito Real de Madrid. Se trataba de un enorme almacén de cereal ideado para superar las posibles crisis de abastecimiento que pudieran asolar a una ciudad en rápida expansión.

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El arquitecto encargado de levantar este fastuoso palacio fue Carlos Colubi, siguiendo los diseños del arquitecto francés Adolf Ombrecht, que había sido también el responsable de diseñar el Palacio de Portugalete (hoy desaparecido) de los duques de Bailén. Se seguía así con la moda propia de los palacios en toda Europa, donde se inspiraban los unos en los otros, y motivo por el que la mayoría son muy similares entre ellos, existiendo realmente pocas originalidades.

Si bien, en el caso del palacio de Linares sí que se vio una mezcla de estilos, ya que el edificio principal fue diseñado por Ombrecht, pero la escalera de mármol que da paso al jardín fue obra de Manuel Anibal Álvarez, quien también diseñó las caballerizas o la famosa Casa de Muñecas, que es el escenario donde se congregan todas las supuestas presencias sobrenaturales que se han creído ver con el paso de los años. Los marqueses se mudaron en 1884, sólo siete años después de que comenzaran las obras, aunque estas no finalizarían hasta la entrada del siglo XX, en el año 1900.

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Siguiendo la tradición renacentista

Los palacios que abundan en las ciudades europeas (aunque también se ha llegado a América, gracias a las colonizaciones del Imperio Español) beben directamente del ideal renacentista, ya que fue la Italia del siglo XV (Quatrocento) la que comenzó a dar prioridad a la incipiente burguesía por encima de la monarquía propia del autoritarismo, presente desde la Edad Media. Por este motivo rápidamente se hizo necesario construir un nuevo tipo de residencia que siguiera las características del pensamiento renacentista, y donde la proporción en base al hombre (no a Dios) fuera la base de cualquier construcción. Se desarrolló así el palacio en vertical, donde quedaban perfectamente divididas las estancias destinadas a la vida familiar, de las del servicio… Y es que puede que la burguesía fuera más “humilde” que la monarquía, pero tampoco es que le faltaran comodidades.

La división en tres plantas se convirtió rápidamente en la norma a seguir, con una primera planta que servía de entrada a personas y caballos, una segunda para las estancias principales y la tercera más humilde para las habitaciones del servicio. Estas tres plantas se diferenciaban perfectamente desde el exterior, al cambiar el tipo de almohadillado (disposición de las piedras o sillares que forman la fachada), así como la decoración de las ventanas y columnas que dividían la fachada.

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Esta norma a seguir se mantuvo con el paso de los siglos, variando poco a poco el estilo para diferenciarse de los palacios más antiguos. Pero en el caso del Palacio de Linares, la diferenciación de estilo fue más evidente, ya que es de los pocos ejemplos de palacio que cuenta con cuatro plantas: el entresuelo, la planta noble y la planta del servicio, que conservan sus funciones, pero a ellas se añade un subsótano que alberga las caballerizas y el jardín y que también cuenta con galerías (hoy cerradas) que al parecer comunicaban con los edificios cercanos…

Tal vez esto parezca más propio de una novela de misterio, pero no olvidemos que ya existían estos pasadizos secretos en los palacios de la monarquía para que las queridas de los reyes (y queridos de las reinas) pudieran llegar rápidamente a las estancias de los monarcas sin ser vistos. Sin olvidar que estos pasadizos también cumplían con una función defensiva muy importante, pues en caso de asalto se podría poner a salvo rápidamente a los dueños del palacio, como por ejemplo le ocurrió al mismísimo Papa en el Vaticano, durante el saqueo al que sometió la ciudad el emperador Carlos I.

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En la planta del sótano se encuentran las cocinas, así como varias dependencias y oficinas para el servicio y los empleados del palacio. En la planta del entresuelo está la entrada principal, donde destaca la escalera ricamente decorada, así como el despacho del marqués, una completa biblioteca, el fumoir (sala de fumar), la sala de billar, el salón de música  y el comedor de diario, junto a los dormitorios de los marqueses (uno para él y otro para ella).

Una distribución del palacio muy peculiar

Precisamente esta curiosa duplicación de los dormitorios, y que cuentan con dos tipos muy distintos de decoración, entronca directamente con la leyenda que acompaña a los marqueses de Linares. Y es que no sólo hay dos dormitorios, sino que todo el palacio está perfectamente dividido en dos, ya que la decoración permite diferenciar un “ala de la marquesa” y otra ala con las dependencias del marqués.

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Esta división, si bien era común en los palacios de la monarquía, donde los matrimonios concertados ya dejaban intuir que las vidas del rey y la reina irían siempre por separado, especialmente cuando la reina ya había cumplido con su función de dar un heredero al rey. Sin embargo, en el caso de los palacios de la burguesía, como ocurre con los marqueses de Liria, en principio esto no debería ser así.

¿Por qué existe entonces esta división del palacio tan evidente? Pues bien, todo guarda relación con el supuesto matrimonio incestuoso que unía a los marqueses de Linares, y que resultaron ser hermanos de padre.

La historia (cuenta que el padre del marqués de Linares le prometió a su hijo que podría casarse con la mujer que deseara. Durante una larga estancia fuera del hogar familiar, pues el padre del marqués se dedicaba al comercio y viajaba mucho, José de Murga conoció a la hija de una cigarrera que vivía cerca y rápidamente se enamoró de ella. A la vuelta del padre le hizo saber sus deseos de casarse con Raimunda Osorio, que así se llamaba la muchacha, pero el hombre palideció y se negó en rotundo a que tuviera lugar ese matrimonio, sin dar ninguna explicación, tras lo que envió a su hijo a Londres para que se olvidara de ese amor imposible.

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Pero lejos de seguir las órdenes de su padre, José siguió viendo en secreto a Raimunda y finalmente se casaron… Poco tiempo después, cuando el marqués de Linarés falleció, José descubrió la trágica verdad al encontrar una carta de su padre que nunca envió, donde contaba que Raimunda era en realidad la hija que tuvo fuera del matrimonio, cuando conoció a una bella cigarrera de la zona y a la que dio una casa cercana para poder seguir viéndose. Por tanto, Raimunda y José eran hermanos de padre, por lo que el matrimonio era imposible.

Al conocer la verdad los marqueses hicieron uso de sus influencias para solicitar una bula papal que anulara el matrimonio, ya que ninguno de los dos conocía la verdad en el momento de casarse. El por aquel entonces papa Pio IX les concedió una bula denominada Casti convivere, por la que los dos podían vivir en el mismo palacio (los dos eran hijos del marqués, a fin de cuentas), pero con la obligación de no tener descendencia. Para ello se dividiría el palacio en dos y así cada uno viviría en una zona del palacio, evitando de este modo el deseo carnal que anteriormente habían compartido.

5098614707_b061f20b85_bSin embargo, la leyenda cuenta que al final sí que tuvieron una hija, Raimundita, a la que ocultaron en el palacio para que nadie conociera su pecado, y que incluso la madre acabó asesinando a su hija, ya que era una mujer muy cristiana y no soportaba ver al fruto de su pecado. Por ello mismo se cree que el cadáver de la hija está oculto en algún lugar del palacio, para que nadie conociera la trágica verdad.

El más lujoso de los palacios

Es la planta noble la que alberga las estancias más destacadas y que permite ver la moda del momento. El salón de baile ocupa un lugar principal, pues en él tenían lugar las recepciones más numerosas, junto al comedor de gala, la capilla y el saloncito chino.

El salón chino recuerda mucho a los que se pueden ver en otros palacios, incluido el de Versalles, pues por la época en la que se construyó seguía estando de moda el gusto oriental. El salón destaca por el oro que recubre todos los tapices, paredes y mobiliario, así como los numerosos dragones que decoran la estancia.

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Por su parte la capilla, de pequeñas dimensiones pero una decoración de lo más fastuosa, destaca por las representaciones de todos los apóstoles salvo el de Judas Tadeo, en cuyo lugar está la puerta de acceso a la sacristía. Este detalle remarca el hecho de que los marqueses eran personas muy cristianas pero que además tenían la fortuna de tener mucho dinero, lo que les permitía contratar a afamados artistas y arquitectos para que decoraran su capilla privada como ellos quisieran.

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Asimismo, de la capilla destaca un curioso mecanismo por el que la lámpara del techo da acceso a la cuarta y última planta, para que el niño que fuera a ser bautizado (que no podía entrar en lugar santo antes de ser bautizado, y motivo por el que los baptisterios siempre están fuera de las catedrales), pudiera bajar del techo, colocado en un canasto, y de paso viera los ángeles que decoraban el techo… Sí, los marqueses eran excesivamente piadosos, motivo por el que su peculiar situación se les debió hacer especialmente difícil.

Por último, en la tercera planta destacan las galerías pompeyanas, también muy de moda gracias a que no hacía mucho que se había descubierto la ciudad de Pompeya y la curiosa decoración de las villas romanas, que rápidamente crearon tendencia. En esta planta también se encuentran unos invernaderos, el coro de la capilla, junto a otro comedor y estancias para los invitados… Lamentablemente, esta planta es la única que no puede ser visitada.

Ni un sólo centímetro sin decorar

Si una palabra viene a la mente nada más cruzar las puertas del palacio de Linares, esa es la de lujo. Y es que los marqueses no escatimaron en gastos a la hora de elegir los mejores materiales para su peculiar residencia. Una impresionantes escalera realizada en mármol de Carrara recibe al visitante, destacando también las decoradísimas galerías que dan acceso a todas las estancias de las dos planta principales, muy del gusto Rococó. Es decir, donde nunca hay suficiente decoración y las paredes recargadas es la nota dominante, destacando un elemento que se repite de manera obsesiva: la L y la M, como siglas de los Marqueses de Linares, recuperando así una costumbre propia de las monarquías más antiguas, por ejemplo con la I y la F de los nombres de los Reyes Católicos.

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Precisamente la recargada decoración de todas las estancia consigue que el visitante se pierda entre todos los elementos, pero aun así merece la pena observar tanto las paredes como el techo, ya que sólo así se ve que, entre tanto gusto por el lujo y la decoración por la decoración, también existe una relación entre todos los elementos. Por ejemplo, los diseños del suelo de las estancias, ya sea en mármol o con lujosas alfombras, guardan una relación geométrica perfecta con los elementos que se ven en el techo.

Asimismo, en el techo destacan las pinturas con motivos que guardan relación con la sala en la que se encuentran. De este modo, en la sala destinada al baño de la reina se observa una Venus en el baño, mientras que en la biblioteca principal están representados los literatos más importantes de todos los tiempos, con la figura central de Cervantes.

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No hay ningún material que no esté presente en el palacio de Linares, dejando claro que no había nada que los marqueses no pudieran tener: óleos con motivos pompeyanos, tapices y alfombras de la Real Fábrica de Tapices, suelos de maderas exóticas, lámparas francesas, sedas traídas directamente de China, láminas de oro puro en las paredes imitando las teselas de los mosaicos… y hasta escayola ricamente decorada, no porque de repente se hubieran quedado sin dinero y ese material fuera mucho más barato, sino simplemente porque el descubrimiento de Pompeya había puesto de moda la escayola y el marqués no quiso prescindir de un material tan en boga… Lo dicho, todo para los marqueses.

Destino y actual situación del palacio

Con la muerte de los marqueses, al no tener descendencia (o eso decían), el palacio pasó a la ahijada de los marqueses, Raimunda Avecilla y Aguado, que era la hija del administrador de los marqueses. En la década de los treinta del siglo XX, como la mayoría de los edificios de Madrid, sufrió los estragos de la Guerra Civil y a punto estuvo de ser destruido (El Museo del Prado, situado un poco más abajo, fue usado como polvorín). Por fortuna, pese a su mal estado fue declarado Monumento Histórico Artístico en 1976, lo que le libró de ser derruido y a su vez de pasar por distintos propietarios: la compañía marítima Trasmediterránea, la Confederación Española de Cajas de Ahorro y el Ayuntamiento de Madrid.

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Después el edificio fue abandonado a su suerte durante casi cien años, pero esto permitió que su mobiliario llegara casi intacto hasta nuestros días. La construcción de la Casa de América, con motivo del quinto centenario del descubrimiento de América, en 1992, y que utilizó parte del palacio, consiguió que volviera a ser recordado tras una intensa rehabilitación.

Precisamente, con motivo de la restauración del palacio, en mayo de 1990 varios obreros aseguraron oír la voz de una niña y salieron a la luz unas inquietantes (y a día de hoy no reconocidas oficialmente) psicofonías, que incluso salieron en los telediarios. Rápidamente la noticia se extendió, siendo muchos los curiosos que se acercaron al palacio para ver qué había de cierto en aquellas grabaciones, y que en cuestión de poco tiempo pasaron de ser confirmadas a asegurar que todo se había tratado de un engaño.

DSCN0526Pero engaño o no, lo cierto fue que el supuesto fantasma de Raimundita, la hija de los marqueses de Linares, consiguió que el palacio de Linares empezara a ser más conocido que el centro cultural al que supuestamente daba cobijo.

Hoy en día puede visitarse y, aprovechando que el supuesto fantasma es perfecto para dar espectáculo, en ocasiones se realizan visitas teatralizadas donde actores vestidos de época explican todo lo concerniente al palacio de los marqueses de Linares: tanto la parte artística como la más sobrenatural. Un espectáculo que bien merece la pena ver… pero mejor si es dentro de un grupo numeroso y no hay riesgo de perderse entre las muchas estancias del palacio.

Más info:

Horarios de las visitas: Sábados y domingos a las 11:00h, 12:00h 13:00h.

Precios: Entrada general, 8€. Mayores de 65 años, estudiantes y desempleados, 5€. Menores de 12 años, gratis.

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Acerca de barbaracruzsanchez

Leo y veo de todo. Y cuando digo de todo es de TODO. Nunca sabes qué serie o libro hay por ahí escondido que va a acabar convirtiéndose en tu favorito...
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Una respuesta a El Palacio de Linares: entre el lujo y el misterio

  1. tabora dijo:

    Me encanto la visita, y la compañía ayudó un montón. El palacio es precioso y tu información es toda muy interesante

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