Ingres en el Prado

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Solo el Museo del Prado podía organizar una retrospectiva sobre Ingres tan completa como la que podrá verse hasta el próximo 27 de marzo de 2016. Jean-Auguste-Dominique Ingres (1780-1867) es uno de esos pintores con mayúsculas. De los que se reconoce su obra incluso sin conocer el nombre del autor, como ocurre con una de las piezas claves de la muestra: “La Gran Odalisca”.

Para los que conocen un poco de su obra, esta es la ocasión perfecta para descubrir a este artista de pleno Neoclasicismo (s. XVIII) pero que empezó a adentrarse en el Romanticismo. Y para aquellos que ya conocían un poco de su trayectoria, gracias a la muestra del Museo del Prado, podrán descubrir mucho más de Ingres.

Sus inicios

Ingres fue un genio muy precoz. Con solo diez años ya sabía pintar a la altura de artistas consagrados, con lo que su padre le ingresó en la Academia de Toulouse. De allí pronto fue a parar a la de París, la más prestigiosa del país, donde todo su esfuerzo se centró en un único objetivo: consseguir el Grand Prix.

Aquiles recibiendo a los embajadores de Agamenón

Aquiles recibiendo a los embajadores de Agamenón, 1801

El Grand Prix era el reconocimeitno con el que la Academia de París galardonaba a los mejores artistas clásicos. Esto es, los que realizaban los mejores cuadros históricos pero inspirados en la antigüedad clásica, y que en una época como el Neoclasicismo era lógicamente lo que más interesaba.

Gran apasionado de los artistas italianos cuyas obras adoraba casi como una religión (llegó a hablar de “la religión del arte” donde Rafael era su primer apostol) no tardó en alcanzar ese premio, gracias a la obra “Aquiles recibiendo a los embajadores de Agamenón”. La obra estaba extraída de un fragmento de la Iliada, donde destaca la perfección clásica de los desnudos masculinos y que bebían directamente de las esculturas clásicas romanas.

El desnudo masculino, y que era la manera perfecta de representar la grandiosidad del hombre gracias a un porte regio y unas formas anatómicas perfectas, se convirtió así en una constante en la obra de Ingres.

El sueño de Ossian

El sueño de Ossian, 1813

Pero Ingres se encontró entonces con un problema muy común entre los grandes artistas: Que no tenía clientes interesados en encargarle las obras que a él le gustaría hacer. Por ello no tuvo más remedio que sucumbir a la otra gran moda de la época, que eran los retratos.

Pese a que nunca quiso que le consideraran como un retratista, lo cierto que Ingres entró en este género por la puerta grande. A su excelencia artística se añadió que uno de sus primeros retratos fue el del por aquel entonces cónsul Napoleón. Este quedó gratamente impresionado y le metió en su nómina de artistas predilectos, donde ya se encontraban otros artistas como Jacques-Louis David ( El Juramento de los Horacio, Marat o La muerte de Sócrates), que pronto se convertiría en su maestro.

Gracias a Napoleón, para quien realizó numerosos retratos oficiales tras su nombramiento como Emperador, la fama de Ingres aumentó y con ella sus clientes, que se disputaban sus servicios.

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Napoleón Emperador, 1806

Las mujeres y los hombres de Ingres

Aunque no era su preferencia, en su obsesión por alcanzar la perfección en todo lo que hacía, Ingres siguió esforzándose en su labor como retratista, donde pronto se vio la diferencia entre su modo de representar a hombres y mujeres.

Para ellos su esfuerzo se centraba en mostrar un porte regio y viril, y que por otro lado le permitía entroncarlo con su pasión por lo clásico, para lo que se inspiraba en las poses escultóricas de la Roma clásica.

Jean-Auguste-Dominique Ingres (1780 - 1867)  Comtesse d’Haussonville, 1845 oil on canvas 51 7/8 in. x 36 1/4 in. (131.76 cm x 92.08 cm) Purchased by The Frick Collection, 1927. Accession number: 1927.1.81La

Condesa d’Haussonville, 1845

Pero con ellas la cosa cambiaba. A la hora de retratar a las mujeres Ingres pasaba largas jornadas conversando con ellas para conocerlas mejor, queriendo reflejar en el retrato su forma de ser. Y al mismo tiempo, en un deseo por acallar las malas críticas que le tachaban por ser “excesivamente idealista” se esmeró en realizar obras tremendamente realistas. Se centró así en los tejidos de las prendas que llevaban sus modelos, y que reflejó con un detallismo asombroso hasta el punto de convertirse en un gran entendido de la moda de la época.

Los desnudos femeninos

Fueron sus mujeres desnudas las que acapararon toda la atención en la obra de Ingres, siendo hoy en día uno de los elementos más llamativos de su estilo aunque en su época fue objeto de grandes críticas.

De entrada, el desnudo femenino no tenía un gran interés para los Academicistas de la época (los grandes maestros que regían el estilo clásico de la época), lo que tenía su lógica después de todo: En el estilo clásico los temas predilectos eran los mitológicos, donde siempre aparecían héroes desnudos y alguna que otra diosa muy vestida; o episodios de la Historia Antigua romana en la que directamente no aparecían mujeres.

Edipo y la Esfinge, 1864

Edipo y la Esfinge, 1864

Pero Ingres siempre quería evolucionar en su estilo y no perdiór la oportunidad de probar algo nuevo. Por ello, del mismo modo que de un estudio de anatomía que debía realizar en la Academia de Roma, donde fue tras estudiar en París, hizo ni más ni menos que el “Edipo y la Esfinge”, una de sus obras más reconocidas; para ellas ideó directamente un nuevo prototipo de mujer.

Lo que ocurría era que, como no existían representaciones de mujeres desnudas en la mitología o Historia Antigua, Ingres tuvo que improvisar. Decidió así que si el desnudo masculino era el ejemplo perfecto de virtud, rectitud y dominancia, el de la mujer sería todo lo contrario. Es decir, una mujer dominada y cautiva donde su sensualidad era lo único que podía ofrecer.

Ruggiero Rescatando Angélica

Ruggiero Rescatando Angélica, 1819

Esta manera de retratar a la mujer, y que por supuesto fue muy criticada entonces y hoy, llevó a Ingres a aplicar dos constantes en sus representaciones de las mujeres desnudas. Por un lado el hecho de que siempre aparecen en terribles situaciones donde están a punto de morir o presas, lo que servía para exagerar aún más esa sensación de debilidad y sumisión de la mujer.

Ejemplos clave de ello lo tenemos en “Ruggiero Rescatando Angélica”, “El baño turco” y “La Gran Odalisca”, considerada como la primera obra erótica del arte moderno, en tanto que todo lo que aquí se muestra incita al deseo: la pose de ella, recostada y mirando directamente al espectador, y el estar rodeada de elementos orientales (las plumas, las sedas y los perfumes) que se relacionan directamente con el erotismo.

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El baño turco, 1862

Pero junto a este elemento común en sus desnudos femeninos, Ingres añadió algo más. En su deseo por hacer de la mujer un objeto al que poseer no tuvo reparos en deformar su cuerpo para que así quedara clara su posición de ser algo ficticio e irreal, en comparación con la presencia del hombre que es quien posee y domina a ese objeto.

Es decir, lo que hacía era deformar la anatomía de la mujer (de un modo bello, evidentemente), para que así quedara claro que ese objeto representado no era el de una persona real, como ocurría con los hombres o en todos sus retratos, sino un objeto irreal y que solo existía para ser contemplado y adorado por el hombre.

La-grande-Odalisque-J.-A.-D.-Ingres-1814.

Visto hoy en día no hay duda que esta forma de pensar deja mucho que desear. Pero siendo Ingres de un siglo bastante conservador, dejo que sea el propio pintor quien defienda su forma de pensar, ya que dejó por escrito lo que opinaba de sus desnudos femeninos:

“Para expresar el carácter se puede consentir una cierta exageración, que a veces resulta incluso necesaria cuando se trata de captar y resaltar un elemento de lo bello”.

Más info

Lugar: Museo del Prado

Fecha: Hasta el 27 de marzo de 2016

Precio: General: 14 €. Reducida (mayores de 65, carnet joven y familia numerosa): 7 €. Gratis: menores de 18 años, estudiantes y desempleados.

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