Antoni Gaudí: la naturaleza hecha piedra

ImagenLos arquitectos suelen ser esos grandes olvidados. La gente contempla los edificios que han diseñado, pero pocas veces conocen los nombres de sus autores, o incluso tienen interés por saber quiénes son. Pero cuando esa barrera es traspasada y el nombre del artista supera al de su obra, nos encontramos con los grandes arquitectos de todos los tiempos. Y Antoni Gaudi es, sin duda, uno de esos grandes.

La obra de Gaudí es tan extensa, como lo es lo mucho que se ha escrito sobre el arquitecto catalán. Por ello, resulta prácticamente imposible resumir su carrera en unas pocas líneas. Imposible y, casi diría, irrespetuoso. Pues es tanto lo que este genio con mayúsculas ha legado al resto del mundo (y en concreto a la ciudad de Barcelona) que intentar quedarse con un par de obras como ejemplo de su trayectoria, me parece harto difícil.

Por supuesto, apenas se menciona su nombre, estoy segura de que vienen a la mente edificios por todos conocidos: Las casas Batlló y Milá, el parque Güell, el Capricho de Comillas, o la siempre eterna Sagrada Familia. Pero lo cierto es que estos ejemplos no son sino la punta del iceberg de una trayectoria tan extensa como rica, y que nunca dejó de evolucionar.

Por ello, creo que más que dedicarme a numerar todas sus obras y describir más o menos pormenorizadamente sus características; merece la pena conocer un poco más de este arquitecto que tanto impresionó en su época, y que noventa años después de su muerte lo sigue haciendo.

Un apasionado de la geometría

Uno de los detalles que más sorprende de este arquitecto con mayúsculas, fue su asombrosa capacidad para la geometría y las matemáticas. Algo que se supone que es innato para todo aquel que quiera dedicarse a construir edificios y que éstos no se caigan, cierto. Pero en el caso de Gaudí, estos conocimientos eran llevados a sus máximas posibilidades.

Nos encontramos así con un arquitecto que poseía una asombrosa capacidad imaginativa e intuitiva, lo que le permitía proyectar mentalmente sus obras, sin necesidad de dibujar planos. Por el contrario, Gaudí prefería construir maquetas tridimensionales, y en muchas ocasiones iba improvisando sobre la marcha. Algo que sus compañeros de profesión tildaron de locura, pero que en su caso se traducía a un método único y personal de trabajar.

Edificios como un todo global

Otras de las grandes peculiaridades del arquitecto catalán, era que siempre pensaba en sus edificios de una manera global. Es decir: No se limitaba a diseñar las plantas o las fachadas del edificio que le encargaban; sino que también lo hacía con el interior del mismo. Y en todos los más mínimos detalles: desde las formas de las ventanas y decoración de los techos, pasando por los muebles, los pomos de las puertas o los dibujos que formaban la cerámica de los suelos… Absolutamente todo.

En un principio podría pensarse que esta forma de actuar, era sinónimo de un ego infinito que le impedía dejar cualquier cosa fuera de su voluntad. Todo lo contrario: Lo cierto era que Gaudí, pese a su peculiar forma de trabajar (y a consecuencia de ella), siempre estaba rodeado de un nutrido grupo de ayudantes a los que les daba mayor libertad de la que podría pensarse. Pero, por supuesto, siempre partiendo de sus directrices.

ImagenPor tanto, la obsesión porque todo estuviera previamente diseñado y pensado, no partía de esa falta de confianza en sus ayudantes. Partía, por el contrario, de que Gaudí concebía sus edificios de una forma global, y donde todos sus elementos tenían a su vez una función estructural y decorativa. Por ello, nada podía dejarse al azar, por muy insignificante que pudiera parecer ese elemento.

Esta forma de actuar del arquitecto, también era consecuencia de unos amplios conocimientos del mundo artesanal, y gracias a los cuales dominaba a la perfección todo tipo de técnicas: cerámica, vidriería, forja de hierro, carpintería, etc. De este modo, tan pronto Gaudí diseñaba un edificio de 50 plantas, como realizaba farolas y sofás. Vamos. Un artista en todos los sentidos.

Un estilo único

En cuanto al estilo arquitectónico que Gaudí siguió, no se le puede enmarcar en un único modelo. Cierto es que, cuando ya había alcanzado fama mundial, su nombre siempre aparecía relacionado con el del modernismo. Pero el suyo era un modernismo que recibía constantes influencias de otros estilos a los que admiró desde pequeño.

El neogótico fue sin duda uno de los estilos arquitectónicos que más despertaron su interés. Siendo Viollet Le-Duc uno de sus principales abanderados, el neogótico buscaba recuperar el estilo de las grandes catedrales de la Edad Media, pero aplicado a una arquitectura mucho más funcional y actual.

ImagenSin embargo, pese a reconocerse como uno de los grandes seguidores de esta nueva corriente, desde siempre Gaudí señaló que el gótico era un estilo “imperfecto” que, pese a la eficacia de algunas de sus soluciones estructurales, era un arte que había que “perfeccionar”.

En efecto, Gaudí consiguió perfeccionar ese arte, por medio de la utilización de formas geométricas regladas. Tal era el caso del paraboloide hiperbólico, el hiperboloide, el helicoide y el conoide. Nombres que sin duda nos sonarán a chino, o como mucho recordaremos de nuestros años mozos en los que debíamos construir distintos tipos de poliedros. Pero no os preocupéis, que mi intención no es la de dar una clase de geometría.

Lo importante, llegado a este punto, es constatar que Gaudí nunca se conformó con los elementos estructurales que ya existían. Él consideraba que esas soluciones, pese a haber sido utilizadas durante siglos, podían dar una vuelta de tuerca más. Y para lograrlo, se valió de estas formas geométricas regladas que he comentado. Con ellas, conseguía que los distintos elementos que iba edificando (las bóvedas de la catedral, las gigantescas columnas con forma de árbol, o los enormes pináculos que coronaban muchas de sus obras) se sustentaran por su propio peso, a base de jugar con las distintas tensiones que participaban en dichas construcciones arquitectónicas. Dicha solución permitía que no fuera necesario introducir los llamados “elementos sustentantes”, que hasta ahora habían sido necesarios para que el edificio no se cayera.

ImagenPondré un ejemplo para que lo entendáis mejor: Cualquier catedral construida durante la Edad Media y hasta bien entrado el Gótico, contaba con una serie de “contrafuertes”. Estos contrafuertes son los arcos que, colocados en el exterior de la catedral, tenían como función la de sujetar las paredes de las naves de la catedral, para que estas no cayeran por su propio peso.

Sin embargo, si os fijáis en la Sagrada Familia, pese a su altura y tamaño, no ha sido necesario colocar estos elementos. Algo que no sólo ayuda a dar mayor estabilidad al edificio (un contrafuerte, pese a sujetar las paredes, también podía caerse, y así ha ocurrido en muchas ocasiones), consigue crear un resultado mucho más limpio. Pues no hay nada que distraiga de la visión completa del edificio.

Ahora que conocemos un poco más de la forma de trabajar de Antoni Gaudí, centrémonos en su estilo particular. En esos elementos que, da igual dónde los veamos (la fachada de un edificio, un plato de cerámica o una silla de madera), hagan que pensemos irremediablemente en Gaudí.

ImagenEste estilo inconfundible, se fue creando a lo largo de toda su carrera. Junto al gusto por lo neo gótico que ya hemos comentado antes, Gaudí se sintió muy atraído por las formas orientales que descubrió en sus años de Universidad.

Pero junto a estas influencias más comunes a todo arquitecto, Gaudí también se inspiró en otras “fuentes” menos habituales. Así ocurrió con la naturaleza. En ella encontró formas y estructuras que, señalaba, eran a la vez funcionales y estéticas. Como ejemplos tenemos los juncos, cañas o huesos. Gaudí señaló que no existe mejor estructura que un tronco de árbol o un esqueleto humano.

Sus primeros proyectos fueron los de las farolas de la Plaza Real de Barcelona, que todavía hoy se pueden contemplar. Su primer encargo importante fue la Casa Vicens, con la que empezó a adquirir renombre, y a recibir encargos cada vez más importantes. Pero sin duda parte de su éxito se debió a la figura de Eusebi Güell: un industrial catalán que quedó impresionado por la obra que Gaudí expuso en la Exposición Universal de París en 1878. A raíz de conocerse, comenzó una larga y fructífera amistad, donde Güell se convirtió en su mayor mecenas, además de ponerle en contacto con otras figuras destacadas: su suegro era el marqués de Comillas, para el que realizó el famoso “El Caricho”.

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La Casa Vicens, en Barcelona (izquierda) fue la residencia de Verano del industrial Manuel Vicens. Mientras que “El Capricho” (Comillas) surgió como un pequeño hotel de lujo anexo al palacio del marqués de Comillas

Fue en 1883 cuando aceptó hacerse cargo de la continuación de las recién iniciadas obras del Templo Expiatorio de la Sagrada Familia, en Barcelona. Nada más llegar, modificó por completo el proyecto inicial, y en ella reunió todas las formas, técnicas y teorías que fue aprendiendo en vida. Sin embargo, no sería hasta 1915 que se dedicó casi por completo a este proyecto, hasta que murió.

Pero antes de centrarnos en su obra más conocida (también por toda la polémica que rodeó a la Basílica de Barcelona), bien merece la pena mencionar algunos de sus otros proyectos más conocidos, así como los más espectaculares: A principios de los 90 del siglo XIX, recibió el encargo del Palacio Episcopal de Astorga, y la Casa Botines de León.

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Palacio Episcopal (Astorga): nueva residencia del episcopado de la ciudad, que sustituyó al antiguo edificio, arrasado en un incendio. Gaudi utilizó piedras de la zona para que la construcción fuera respetuosa con el entorno, y en concreto con la Catedral que hay justo al lado. 

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Casa Botines (León) Construido originariamente como almacén comercial y residencia del empresario Joan Homs i Botinàs, del que se deriba su nombre

Ya en las primeras décadas del XX, se centró en un proyecto que, pese a no realizarse por completo, es uno de los más conocidos y visitados por turistas locales y foráneos. Me refiero al conocido como Parque Güell. Un parque (público de momento) pero que en su día se diseñó para que fuera toda una urbanización inspirada en las colonias inglesas.

ImagenVista desde la terraza principal del Parque Güell, decorada por los típicos ornamentos de cerámica que empleaba Gaudí. Abajo a la izquierda se encuntra la actual Casa-Museo Gaudí. Residencia del arquitecto durante años, y única vivienda que se construyó de la que debería haber sido una auténtica ciudad jardín al estilo inglés.

Como he comentado, del proyecto sólo se realizó una mínima parte, ya que de 60 parcelas en que se dividió el terreno sólo se vendió una. Pese a ello, se construyeron los accesos al parque y las áreas de servicios, Destaca la Sala Hipóstila, que habría servido de mercado de la urbanización, hecha con grandes columnas, y la que es hoy la Casa-Museo Gaudí, donde el arquitecto vivió hasta pocos meses antes de su muerte, y que servía como casa piloto de la urbanización.

Entre 1904 y 1910 construyó la Casa Batlló (izquierda) y la Casa Milà, dos de sus obras más emblemáticas de la ciudad condal

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La Sagrada Familia: Su obra cumbre

El éxito que consiguió el artista, llevándole a realizar proyectos por todo el mundo (incluido el de un hotel en Nueva York que, de haberse construido, sería más alto que el Empire State, con 360 metros de altura), sufrió un cambio radical a partir de la primera década del siglo XX.

Antes he comentado que no sería hasta 1915 que Gaudí se dedicó por entero a la Sagrada Familia, olvidándose del resto de proyectos. Esta forma de actuar, tan opuesta a como había desempeñado el resto de su labor profesional, se debió a varios hechos.

El primero de ellos fue la Semana Trágica de Barcelona, en 1909, donde la quema de conventos y la persecución de religiosos por parte de unos radicales anticlericales, conmocionó visiblemente a Gaudí. Obligado a permanecer recluido en su casa del Parque Güell por un tiempo, acabó temiendo por la integridad de la Sagrada Familia. Fue por ello que decidió dejar su residencia actual, y mudarse al taller de la Sagrada Familia, donde vivió hasta su muerte en 1926.

ImagenEspectacular vista de la nave central y altar de la Basílica. Destacan las enormes columnas con forma de árbol, y la bóveda compuesta por elementos geométricos. Todo desprende ese estilo único creado y perfeccionado por Gaudí

El otro hecho que le motivó para dedicarse por entero a este edificio, fue también uno trágico. Y es que en apenas siete años, vio como todos sus seres queridos morían y algunos de sus proyectos más importantes, eran interrumpidos: En 1912 murió su sobrina Rosa, con quien vivía desde hacía años. En 1914 falleció su principal colaborador, Francesc Berenguer, y dos años después otro gran amigo: el obispo de Vich. Por último fue el turno de Eusebi Güell, en 1918, que murió un año después de que se interrumpieran las obras de la colonia Güell.

Con toda la tragedia vivida, el propio Gaudí confesaría a sus colaboradores: ”Mis grandes amigos están muertos; no tengo familia, ni clientes, ni fortuna, ni nada. Así puedo entregarme totalmente al Templo”.

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El dedicarse por entero a la “Catedral de los pobres”, como es popularmente conocida, vino acompañado por un cambio radical en su apariencia personal. Sin pertenecer a una familia de alta cuna, Gaudí siempre fue asiduo de la vida lujosa de la ciudad y las grandes personalidades. Sin embargo, los últimos años de su vida los pasó en la más estricta sencillez, vistiendo ropas viejas y gastadas, que más de una vez le sirvieron para ser confundido por un mendigo… Incluido el día de su muerte.

Fachada principal de la Basílica, coronada por un colorido y poco común árbol, junto a cuatro de los dieciocho pináculos que finalmente deberán construirse.

 Una muerte extraña

Los detalles que acompañan su muerte, sin duda serán conocidos por todos: El 7 de junio de 1926 Gaudí, a la altura de la Gran Vía de las Cortes Catalanas, fue atropellado por un tranvía. Se ha rumoreado que el arquitecto iba bastante tocado en cuanto a alcohol se refiere, y por ello no fue capaz de ver a un vehículo que, huelga decir, no es precisamente de los más rápidos. Sin embargo existe otra teoría referente a su muerte, que no deja sino entrever lo más oscuro del ser humano.

Esta segunda teoría afirma que Gaudí no murió en el acto, sino que quedó sin sentido. Pero que, al tener el aspecto de un mendigo, y además ir indocumentado, no fue socorrido de inmediato. Pasaron horas hasta que un guardia civil paró a un taxi que lo condujo hasta el Hospital de la Santa Cruz. Sólo al día siguiente sería reconocido por el capellán de la Sagrada Familia, pero entonces ya era tarde y no pudo hacer nada por salvarle.

Pero junto a su muerte, una gran pérdida para los pocos allegados que tuviera, triste fue el hecho de que Gaudí no dejó ninguna escuela. Y es que, pese a contar con muchos ayudantes, ninguno de ellos fue considerado como un seguidor, dispuesto a seguir los pasos del maestro. A lo que se añade que el propio Gaudí tampoco dejó ningún escrito sobre su estilo. Tan sólo existe el conocido como Manuscrito de Reus: una especie de diario de estudiante donde recogía diversas impresiones sobre arquitectura y decoración, exponiendo sus ideas al respecto.

Tal vez por ello, ha resultado tan difícil continuar con su obra una vez nos dejó su artífice. O eso quisiera pensar yo. Porque resulta cuanto menos chocante la estrambótica historia que ha rodeado a la Sagrada Familia desde aquel fatídico 10 de junio de 1926. Chocante sobre todo el hecho de que durante más de 50 años las obras apenas avanzaron, en teoría porque eran financiadas por la limosna de los fieles, lo que hacía que el trabajo fuera más que lento. Y sin embargo, a raíz de la visita del papa Benedicto XVI, para consagrar la Iglesia como basílica, las obras han avanzado una auténtica barbaridad.

Pero, por si no basta ver que en diez años se ha avanzado más que en los últimos setenta, asombra muchísimo más descubrir que se pretende terminar la construcción de la Basílica para el 2026. Menos de 13 años por delante, pero donde no es precisamente poco lo que queda por hacer. Para mostrarlo, echar un vistazo a este video donde se puede ver las que esperan ser las siguientes fases de la catedral.

No estoy aquí para negar que se pueda hacer algo así. Y está claro que el año elegido para su culmen no sería otro que el centenario de la muerte de su creador. Sería el punto final perfecto para una obra que ha dominado (con permiso de la torre Akbar) el skyline de Barcelona durante décadas, aunque siempre rodeada de andamios.

Pero, como decía, resulta difícil de creer que, precisamente en esta época de crisis donde todo son recortes, haya dinero y material suficiente para hacer en 13 años, lo que no se pudo hacer en 80.

Como se suele decir, el tiempo dará la razón.

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Acerca de barbaracruzsanchez

Leo y veo de todo. Y cuando digo de todo es de TODO. Nunca sabes qué serie o libro hay por ahí escondido que va a acabar convirtiéndose en tu favorito...
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