Hablemos de belleza

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La exposición que el Museo del Prado de Madrid ofrecerá hasta el 10 de noviembre, es una que no me cansaré de recomendar. No sólo por la cantidad y calidad de las obras expuestas, 281, sino también por el propio placer de recorrer las 17 salas que la componen. Toda una experiencia que nos permite descubrir esa “belleza encerrada” en la más importante pinacoteca de la capital.

Lo cierto es que cualquier exposición que tenga lugar en el Museo del Prado, ya es sinónimo de éxito. Pues mucho tiene que fallar para que una de las colecciones más importantes de todo el mundo, que reúne entre sus salas a los artistas más conocidos desde la Edad Media hasta el Romanticismo, acabe ofreciendo una muestra que pase sin pena ni gloria.

En este caso, uno de los aspectos más llamativos de la muestra, y por la que invito a todo el que pueda ir a visitarla, es la propia configuración de la exposición. Es decir, la manera tan peculiar en la que se han colocado todas las piezas que el visitante puede contemplar.

Es absurdo negarlo a estas alturas. La mayoría de las veces, por muy importantes que sean las obras a contemplar, una exposición acaba convirtiéndose en un largo peregrinaje por cuadros y más cuadros que acaban colmando la paciencia del visitante. Y más cuando la muestra se centra en una temática muy concreta como pueden ser paisajes o retratos, donde al final uno tiene la sensación de haber visto cuadros suficientes como para toda una vida.

Imagen“Mesa de los pecados capitales” El Bosco (1500-1516)

Una de las obras que más interés despierta debido a su curioso soporte (una mesa) pero sin duda gracias a la mención de esta obra en el último libro de Javier Sierra “El Maestro del Prado”. 

Aquí, por el contrario, no ocurre nada de eso. Y es que un título tan sugerente como es “La belleza encerrada”, no es sino una excusa para presentar una pequeña muestra de la cantidad de obras que el Prado tiene la fortuna de albergar. Muchas de ellas son las que se han podido contemplar desde hace décadas en la exposición permanente, tras haberles dado un lavado de cara y haber pasado por el Taller de restauración; mientras que el resto son las últimas adquisiciones y obras que han permanecido años en los sótanos del museo, casi olvidadas.

Llegado a este punto, uno puede muy bien preguntarse: ¿Pero qué voy a ver en esta exposición? Y la respuesta es muy sencilla: de todo. Se podrán contemplar los cuadros más célebres del Renacimiento italiano, como “La Anunciación” de Fra Angelico, junto a otros de temática mitológica o simples desnudos que servían como estudios de Anatomía para los artistas durante su etapa de aprendizaje.

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“La Anunciación” de Fran Angelico (1425-28)

Una de las obras cumbres del Renacimiento italiano, al ser uno de los primeros intentos de mostrar dos escenas distintas por medio de la perspectiva: Adan y Eva siendo expulsados del Paraíso a la izquierda, y el Arcangel San Gabriel anunciando a la Virgen que está emabarazada, a la derecha

Pero no sólo habrá distinta temática. También cambiará el soporte: desde pinturas en lienzo, a esculturas de bronce y mármol, relieves hechos en marfil, o bocetos de grandes artistas como Rubens, realizados en tablas de madera. Y todo ello distribuido de tal manera, buscando siempre los contrastes, que permitirá un recorrido mucho más ameno de la muestra.

El único orden que se ha seguido a lo largo de las 17 salas que componen la exposición, es el cronológico. Así, tras franquear la estatua de Atenea, que nos recibe en toda su gloria como Diosa de la Sabiduría y las Artes que es; empezaremos por la sala del Quattrocento italiano para acabar con el Romanticismo de Fortuny, uno de los representantes españoles más destacados de esta época.

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“Villa Medicis” Diego Velázquez (1630)

Forma parte de la exposición permanente del Prado, pero suele pasar desapercibida junto a las otras obras más representativas del autor, como son “Las Meninas” o “Las hilanderas”, debido a su formato mucho más pequeño. De este modo, con esta exposición se descubren obras casi desconocidas del autor, y donde se observa una manera de pintar completamente distinta a sus obras cumbres.

El espectador es el que manda

Otro de los aspectos que sorprende de esta exposición, y que la hace tan distinta de la mayoría, es la inexistencia de esos cartelones que suelen colgar al principio de cada sala, donde se daba una idea general de lo que el observador va a encontrarse allí. Aquí, de nuevo, no hay nada de eso. Tan sólo se ofrece un folleto en formato libro al inicio de la exposición, donde están enumeradas todas las obras que se van a contemplar.

El resto, como quien dice, es labor del visitante. Visitante que podrá detenerse en las obras que más le gusten, ya sea por la temática presentada, el colorido de las figuras, su asombroso realismo, o simplemente que la escena derrocha un intimismo pocas veces contemplado.

Imagen“Meleagro” Silvio Cosini (1540)

Personaje de la mitología griega, considerado un semidios (hijo de un mortal y una diosa) muy diestro con el arco, que pereció por culpa de su soberbia a manos de Apolo

Y es que, a la hora de hablar de belleza, quién puede vanagloriarse de decir que lo que él entiende por belleza, es lo que el resto del mundo debe aceptar. En mi caso, por ejemplo, reconozco que las estatuas clásicas me quitan la respiración, y por eso estuve largos minutos contemplando el “Meleagro”, o las dos alegorías enfrentadas de “La escultura” y “El Arte de la guerra”, ambas en bronce.

Sin embargo, a mi lado pasaron muchos personas que no quisieron detenerse en estas obras más de un segundo, y prefirieron sentarse a contemplar los cuadros de la época del Barroco como “El archiduque Leopoldo Guillermo en su galería de pinturas en Bruselas”, para asombrarse ante el realismo y detallismo de todos los objetos representados.

Imagen“El archiduque Leopoldo Guillermo en su galería de pinturas en Bruselas”, David Teniers 1651-53)

Ejemplo del detallismo y recargamiento propio del Barroco, donde toda la pintura que se realizaba siempre era dentro de los talleres del artista. Sería dos siglos más tarde cuando decidieron salir al aire libre, para pintar al natural temas más mundanos como podían ser paisajes, marinas o puestas de sol.

Un recorrido lleno de escondites

A su lado, hay piezas que son bellas por la sencillez de las mismas, sin estar recargadas de tanto oro como ocurre con las obras religiosas de la Edad Media. Otras lo son por la ternura que desprenden, al mostrar a la Virgen con el niño Jesús como si fuera simplemente una madre con su hijo. E incluso, por qué no decirlo, hay obras en las que es el propio marco que las protege lo que más sorprende de ellas, al estar labrados como si fueran arcos del triunfo.

Imagen “La Virgen poniendo al Niño dormido sobre la paja” Carlo Maratti (s.XVII)

En ese sentido, mi recomendación es la de recorrer cada sala con calma, deteniéndose más tiempo del normal en aquellas obras que más nos gustan, pero siempre esperando a ser sorprendidos. Porque tan pronto veremos una sencilla sala llena de obras de Goya, como nos encontraremos con otra sala en forma de capilla, y en cuya parte más alta hay representada una escena que fue hecha para ser contemplada desde lo alto.

Y es que los significados de las obras no sólo dependen de lo que se está representando, o de lo que se ha ocultado de forma inteligente (esto de seguro que gustará mucho a los seguidores de las teorías de la conspiración), sino también por el sitio exacto en que iba a ser colocada dicha obra. Pues no es lo mismo un cuadro religioso diseñado para ser contemplado desde la cama de un monarca, que la representación de una hermosa mujer desnuda, y que se hizo sabiendo que iba a ser colocado tras los muros ocultos de dicha cama del monarca.

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“La reina Doña Juana “la Loca” recluida en su palacio de Tordesillas con su hija, la infanta doña Catalina” Francisco Pradilla (1909)

Ejemplo monumental de cuadro histórico, muy de moda a inicios del s.XX entre los pintores españoles

Estas curiosidades también se puede descubrir en la exposición: agujeros en mitad de las paredes a través de los que se puede mirar, convirtiéndonos así en todo un Voyeur del siglo XVIII; junto a otros huecos que aparecen de repente, entre dos retratos por ejemplo, pero que nos permiten ver otra obra de un modo totalmente distinto. Porque es como si estuviéramos espiando el cuadro de al lado pero, al ser ese hueco más pequeño, lo que conseguimos es centrarnos en detalles que probablemente nos habrían pasado desapercibidos si hubiéramos visto el cuadro entero a la primera.

Por ello, les animo a que no sean tímidos, y que espíen a través de todos esos huecos, oberturas y casi pasadizos, que hay estratégicamente colocados en toda la exposición. Porque además de ayudarnos a ver las obras como nunca antes las habíamos visto, de seguro ayudará a que la visita sea mucho más entretenida.

ImagenMaqueta en madera del edificio del Museo Nacional del Prado (1787)

Situada en la sala 16, junto a obras de Francisco de Goya, que de nuevo tienen aquí su protagonismo merecido, al estar lejos de los cuadros más conocidas del autor como “Los fusilamientos del 2 de Mayo” o el “Retraro de la familia de Carlos IV”

Más info:

Lugar: Museo Nacional del Prado

Fecha: hasta el 10 de noviembre

Precio:

General: 14€

Reducida: para mayores de 65 años, y con carnet joven: 7€

Gratuita: para desempleados que acrediten la tarjeta del paro, menores de 18 años y estudiantes. Para todos, de lunes a sábado de 18:00 a 20:00, y todos los domingos de 17:00 a 19:00 horas.

Las imágenes han sido obtenidas del catálogo interactivo, donde se pueden ver todas las obras de la exposición.

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Acerca de barbaracruzsanchez

Leo y veo de todo. Y cuando digo de todo es de TODO. Nunca sabes qué serie o libro hay por ahí escondido que va a acabar convirtiéndose en tu favorito...
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